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viernes, 26 de agosto de 2016

Muere la última beguina



     Durante el proceso de escritura de mi última novela, El secreto de las beguinas (Trifaldi, 2016), manejé una abundante documentación sobre el “fenómeno beguinas” y la importancia de su labor y modo de vida, sobre todo porque siempre se consideraron mujeres independientes dedicadas al culto y al cuidado de enfermos y desvalidos. El secreto de las beguinas no pretende ser un retrato de estas comunidades que se establecieron en los Países Bajos, y sobre todo en ciudades belgas como Lieja, Gante y Brujas, donde está ambientada la novela y cuenta el proceso de investigación de dos jóvenes españoles y la relación de las beguinas y los Tercios españoles durante el asedio de Ostende. Cuando ya estaba redactada la novela, y en ese proceso de revisión que se lleva a cabo, me sorprendió la noticia de la “última beguina” y la prensa se ocupó del personaje y del fenómeno como se reproduce en este amplio artículo de El País. 


Muere la última beguina
El País, 23/04/2013

     Murió mientras dormía sin saber que cerraba la última puerta de la existencia de las beguinas. La hermana Marcella Pattyn, fallecida el 14 de abril a los 92 años, era la última representante de la una de las experiencias de vida femeninas más libres de la historia, según los expertos. En la Edad Media, entre la rigidez de los estamentos religiosos, empezaron a aparecer comunas de estas mujeres que iban por libre, eran democráticas y trabajaban para obtener su propio alimento y hacer labores caritativas. Eran comunidades de mujeres espirituales y laicas, entregadas a Dios, pero independientes de la jerarquía eclesiástica y de los hombres.
















Surgieron en un momento de sobrepoblación femenina, cuando dos siglos de guerras habían acabado con una gran proporción de los hombres y los conventos estaban colmados como la alternativa al matrimonio o a la clausura. Corría el siglo XII y las comunidades de beguinas, mujeres de todas las clases sociales, empezaron a extenderse en Flandes, Brabante y Renania. Gracias a las labores que hacían para la comunidad, eran enfermeras para los enfermos y desvalidos y maestras para niñas sin recursos, e incluso fueron responsables de numerosas ceremonias litúrgicas, muchas familias adineradas les dejaban herencia y mujeres ricas se instalaban en beguinajes.
La mayoría de hermanas practicaban algún arte, especialmente la música –Pattyn tocaba el banjo, el órgano y el acordeón-, pero también la pintura y la literatura. Los expertos consideran a poetas como Beatriz de Nazaret, Matilde de Madgeburgo y Margarita Porete precursoras de la poesía mística del siglo XVI, además de las primeras en utilizar las lenguas vulgares para sus versos en lugar del latín.
Vivían en celdas, casas o grupos de viviendas, declaradas patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1998, y podían abandonarlas en cualquier momento para casarse y formar una familia, pero a nivel espiritual no se casaban con nadie más que con Dios y los más desfavorecidos. También formaban partes de estos grupos mujeres casadas que se identificaban con el deseo de llevar una vida de espiritualidad intensa en los beguinajes de sus ciudades.

                                 Beguinato de Brujas
Elena Botinas y Julia Cabaleiro definen el movimiento en Las beguinas: libertad en relación como lugar espiritual y pragmático a la vez, que rompe con la diferenciación que la Iglesia imponía entre la oración y la acción: “Un espacio que no es doméstico, ni claustral, ni heterosexual. Es una espacio que las mujeres comparten al margen del sistema de parentesco patriarcal, en el que se ha superado la fragmentación espacial y comunicativa y que se mantiene abierto a la realidad social que las rodea, en la cual y sobre la cual actúan, diluyendo la división secular y jerarquizada entre público y privado y que, por tanto, se convierte en abierto y cerrado a la vez”, explican.
Según la versión más extendida, un grupo de mujeres construyeron el primer beguinaje en 1180 en Lieja (Bélgica), cerca de la parroquia de San Cristóbal y adoptaron el nombre del padre Lambert Le Bège. Otras versiones apuntan a que “beguina” significa, simplemente, rezadora o pedidora (de beggen, en alemán antiguo, rezar o pedir) e incluso, en la versión menos compartida entre los historiadores, a que su existencia se remonta al año 692, cuando santa Begge habría fundado la comunidad.
Tuvieron dos siglos de expansión rápida pero las denuncias de herejía las frenaron cuando la Iglesia empezó a ver que atraían donaciones “que les pertenecían”. Se instalaron en todas las grandes ciudades francesas y alemanas, pero la persecución las hizo volver a recogerse en Bélgica, de donde venían. Pagaron por las libertades que habían adquirido, económica, social y religiosa incluso con la muerte. Marguerite Porete fue quemada viva en 1310. Las acusaban de aturdir a los monjes y de encandilarlos cuando acudían a confesarse a los monasterios vecinos y las trataron como a las únicas mujeres libres de la época: las brujas. “El movimiento de las beguinas seduce porque propone a las mujeres existir sin ser ni esposa, ni monja, libre de toda dominación masculina”, explica Régine Pernoud en el libro La Virgen y sus santos en la Edad Media. Y así como sedujo a las mujeres, inquietó a los hombres.

                                   Exterior beguinato de Brujas
Con sus conquistas volvieron a casa. Regresaron a los Países Bajos y Bélgica, aunque resistieron algunos beguinajes alrededor de Europa. La mayor comunidad se recluyó en un gran beguinaje en Cortrique la población del sur belga donde murió Marcella Pattyn la semana pasada. Después de que su modo de vida sin reglas y sin amos hubiera enfurecido a los garantes del orden, renunciaron a cierto radicalismo y optaron por convivir con la Iglesia para asegurarse la subsistencia, durante siglos, hasta morir hoy en silencio.


lunes, 22 de agosto de 2016

In Memoriam



(Ignacio Padilla, México D.F., 1968-2016)  

        
MONSTRUOS IMAGINARIOS


       Tres autores mejicanos decidieron mediada la década de los noventa formalizar, sin pretensiones de escuela o grupo, una especie de nombre de guerra que los vinculaba en actitudes y circunstancias que, en realidad, se resumían en una profunda amistad o camaradería y, técnicamente, en un deseo de cambio o inflexión en la literatura mejicana dominante en aquellos momentos, aunque fundamentalmente intentaban expresar perspectivas y temas muy diferentes en el mercado editorial imperante. Los tres jóvenes en cuestión, Jorge Volpi (México, D.F., 1968), Ignacio Padilla (México, D.F. 1968) y Eloy Urroz (Nueva York, 1967), iniciaron una prometedora carrera de narradores, cuya perspectiva literaria se ha extendido por toda Europa y en estos últimos años a España, avalados por una interesante obra publicada en su país. A la iniciativa se sumó muy pronto Pedro Ángel Palou (Puebla, 1966) y, en 1995, el grupo se convertía en un quinteto porque Ricardo Chávez (México D.F. 1961) rivalizaba, igualmente, contra la cerrazón editorial vigente y abogaba por el magisterio de la generación del Medio Siglo mexicano para «combatir la ofensiva mediocridad de los padres literarios del realismo con una alianza inédita entre hijos y abuelos». El grupo, no obstante, no tuvo mucha suerte porque se enfrentaba a todo un imperio editorial y tan sólo el sello Nueva Imagen se decidió a publicar los primeros libros de estos jóvenes: Si volviesen sus majestades (1996), de Padilla, Bolero (1996), de Palou, Las Rémoras (1996), de Urroz, El día del hurón (1997), de Chávez y Sonar tu piel amarga (1997), de Volpi. Al mismo tiempo, según Chávez, el grupo quedaba definido, según su opinión, por una visión común y cinco individualidades distintas y contundentes: «La palabra de Padilla, el brío de Urroz, la inteligencia de Volpi, el saber de Palou y el propio lamento de Chávez». El «crack» se convirtió así en la primera manifestación narrativa seria en las letras mexicanas del siglo XXI o, al menos, lo más novedoso en cuanto a experimento lingüístico y relato polifónico que abarcaría muchas voces narrativas. Lectores, además, de Collins, Machen, Brod, Musil, Broch, también de los mejicanos José Emilio Pacheco y Sergio Pitol, el primer autor que escribe sobre Europa Central, traduce a rusos y polacos, conoce el viejo mundo y es, en realidad, una especie de abuelo literario de toda la generación.
      Ignacio Padilla (México D.F. 1968) es un joven pero prolífico autor de varias novelas, colecciones de relatos, ensayos y alguna incursión en la narrativa juvenil. En España consiguió, en el año 2000, el Premio Primavera de Novela con Amphitryon; se trata de una nueva versión de Anfitrión, el mítico rey de Tirinto, que, por el arte del narrador mexicano, se convierte en la historia de un problema de identidad como se pone de manifiesto en las pesquisas en torno a la verdadera personalidad del criminal de guerra Adolf Eichmann, secuestrado en 1960, en la ciudad de Buenos Aires y juzgado en Tel Aviv, en 1962. La novela relata una auténtica partida de ajedrez, sobre todo por los elementos que intervienen en torno al azar, lo previsible o, incluso el futuro. Se trata, en realidad, de una ficción de intriga que sobresale por encima de la creación de los personajes que van apareciendo a lo largo del relato y de la que no se esperan respuestas, aunque se pide la participación del lector y el esfuerzo de su memoria. Un relato para lectores de novelas, en su sentido estricto. Para Padilla,  habitual en su obra, el estilo y el ritmo marcan la musicalidad de un lenguaje sobre el que se fundamentan sus historias.
        La producción de relatos hasta el momento del mexicano se concreta en Subterráneos (1989), cuentos sobre la realidad cotidiana, con un entorno urbano, que incluye el mundo de las oficinas y el metro, espacios cerrados y asfixiantes, frente a esa otra sensación que produce la vida al aire libre; en 1991 publica, Trenes de humo bajo alfombra, con un lenguaje mucho más elaborado, protagonista, de una colección de relatos de corte fantástico donde la muerte, la fantasía y la lucha por el poder se convierten en los temas dominantes; Las antípodas y el siglo (2001) es su tercera entrega y con ella rinda homenaje a los exploradores ingleses de todos los tiempos, en realidad, recuento de vidas románticas que tenían una enorme pasión por lo desconocido, sentimiento hoy en día muy alejado de la realidad. Su estancia en España e Inglaterra le llevó a un mayor conocimiento de la literatura europea, cuya devoción había expresado en sus primeras lecturas, huellas de Stevenson, Joyce o Dostoievski. Con esta colección inicia su serie titulada Micropedia.
         En su última entrega, El androide y las quimeras (2008), explora el universo femenino y el mundo de la fantasía, donde mezcla tragedia y realidad para contar, en definitiva, el mundo de las relaciones humanas. Ficción y realidad se mezclan de la mano de Padilla porque, en algunos de los cuentos de esta colección, identificamos la obsesión de Edison por crear una muñeca parlante e introducirla en le mercado estadounidense, o la enfermiza afición de Carroll por fotografiar adolescentes o rememorar el autómata de Kempelen. Muñecas y autómatas se convierten en protagonistas de estos relatos para ejemplificar, de alguna manera, lo siniestro frente a esa denotada belleza e inocencia de las niñas que provocan esa desazón moral e intelectual. Y frente a todo, las quimeras como monstruos imaginarios para subrayar ese sentido de denuncia de la crueldad humana. El libro está dividido en dos partes: El androide en nueve tiempos y Quimeras de tres orillas. En ambos casos, los cuentos recrean fabulosas reinterpretaciones de historias que apelan a una incredulidad, con una sólida base en la tradición que bien puede confundirse, aunque Padilla maneja sus recursos con esa habilidad que se le otorga a la buena literatura pero, sobre todo, con esa sutileza y con esa habilidad logra integrar referencias banales para construir sus relatos y sorprender al lector sintiendo este cómo el narrador juega con la suspicacia y se recrea en nimiedades y detalles que conforman su literatura y provocan ese sentido de auténticas denuncias sociales, como ocurre en los cuentos «Las furias de Menlo Park» y «Antes del hambre de las hienas». El primero avalado por el premio NH de Relatos 2003 y «Viaje al centro de una chistera» reconocido con el XXI Premio Internacional de Relatos Policíacos Semana Negra Ateneo Obrero, 2008. 
      Singulares, especialmente, los relatos de la segunda parte, los mitos de «Galatea en Brighton», el desdoblamiento y la extraña transformación de la adolescente, Sibhoan Kearney, o la historia de «Miranda en Chalons», recreación del caso de los niños salvajes que tanto han interesado a la opinión pública y que en este cuento se remonta al XVIII francés, la niña esquimal, que cuando aprendió a hablar contaba cómo había visto a grandes animales marinos que comían peces, un ejemplo donde consciencia y destino se truncan en culpa; y «Circe en Galápagos», la hechicera que transformaba a sus enemigos, conocida por sus conocimientos de herborística y medicina.
    Lo gótico, lo sórdido, imágenes en apariencia ingenuas, casi infantiles, se diluyen en las páginas de El androide y las quimeras para conseguir una cadencia en la prosa de estilo compacto, casi artesanal en su ejecución, profusa en alusiones y en sugerencias, repleta de posibilidades para construir diversos mundos tras una idea obsesiva, recurrente que desemboca en una o mil imágenes para hilvanar sus historias. Sorprende la unidad de estos relatos en cuya primera parte se recogen nueve del total de los doce para poner de manifiesto esa visión de la niña o de la mujer amada, incluso destruida por la voluntad del hombre. Pese a todo, se trata de una convivencia pacífica, ellas se ha convertido en esa presencia inequívoca de un mundo enigmático, tan apasionante como bello, tan repleto de paradojas como las que han rodeado a la vida de estos singulares seres que, de la mano de Padilla, se muestran como víctimas y verdugos al mismo tiempo. Pedro M. DOMENE

Ignacio Padilla; El androide y las quimeras; Madrid, Páginas de Espuma, 2008; 114 págs.

Publicado originariamente en Turia, núms..., 89-90 (2009).

sábado, 20 de agosto de 2016

Caricaturas



         Llámase caricatura el retrato moral o físico que se hace de una persona, exagerando sus caracteres principales, con intención humorística. Las caricaturas literarias son propias de las obras festivas y humorísticas.


 Mingote

viernes, 19 de agosto de 2016

Adiós a Víctor Mora




               Víctor Mora Pujadas (Barcelona, 6 de junio de 1931-ibídem, 17 de agosto de 2016)

Las páginas leídas en una ávida niñez lectora, la fantasía de los tebeos españoles que educaron a toda una serie de generaciones que hoy gozan de una estupenda salud aventurera.





miércoles, 17 de agosto de 2016

Juan Eslava Galán



… me gusta

LUJURIA

               Hubo un pasado en que todo era pecado de lujuria, según las predicaciones de la Santa Madre Iglesia. Y como Juan Eslava Galán (Arjona, Jaén, 1948) nos tiene acostumbrados a sus ingeniosos y documentados guiños literarios sobre la extravagante, inexplicable y singular sociedad española reciente, y es capaz de entregarnos unos textos repletos de humor, una aguda ironía y aires de sarcasmo, concluimos que en sus lecturas subyace fundamentalmente la más absoluta honradez y sinceridad. Con su última apuesta nos regala una serie de pecados capitales, y empieza por el primero de ellos, Lujuria (2015), un repaso de la historia de la sexualidad en España, desde el siglo XIX hasta la Transición, pasando por las aficiones de Isabel II y Alfonso XIII, y la constancia de unas épocas más liberales durante las dos Repúblicas a las situaciones “absurdas e hilarantes” provocadas por la Iglesia y la censura franquista en su cruzada antilujuria, para llegar a la más reciente y denominada época del “destape”.
               El documento refleja una España de doble moral durante años, y así la pornografía estuvo muy bien vista y se consideraba elegante como costumbre de las clases altas pero en cuanto se abarató su consumo y se extendió a las clases medias, se convirtió en algo insano y pernicioso, recuerda Eslava Galán, que ha incluido en el libro fotografías y material de época. Se trata, pues, del relato de todo aquello que pudiera parecer “lujurioso y pecaminoso de por sí”, que era mucho, en realidad, como se explica en los curiosos capítulos dedicados al baile, calificada como “la feria predilecta de Satanás”; las playas, como “ocasión próxima de pecado”, o el cine, en esas ansiadas últimas filas de butacas, auténtica “escuela de perversión”, para las autoridades de la época. Tal vez, tras este ameno repaso por los tiempos oscuros de una férrea dictadura, en todos los sentidos, quienes desconozcan los datos y las anécdotas de ese otro tiempo, no tan lejano, sabrán que entonces hubiera sido imposible hablar y escribir sobre tema tan escabroso, una época en la que, paradójicamente, la gente de las clases menos pudientes vivía con una abundante frustración los asuntos relaciones con la sexualidad y/ el erotismo. Hoy Eslava Galán, en cuarenta y cinco breves capítulos, ilustrados y documentados, pone el contrapunto de esos tabúes, costumbres y prohibiciones respecto al sexo y su mundo, y lo hace en clave de humor, con abundantes dosis de ironía y jocosidad, aunque no pasa por alto ese halo de tristeza y de pena, o aun mejor calificada de profunda frustración de tantas generaciones marcadas por las imposiciones de la Iglesia y la falsa moral del Régimen. Presupone, además, una no menos espectacular circunstancia histórica de quienes vivieron aquellos tiempos de represión y beatería, un período que solo puede equilibrarse transcurrido el suficiente espacio temporal para que podamos hacer balanza de aquellas oscuras décadas con una sonrisa en los labios.
               Una no menos curiosa, amplia y explícita bibliografía acompaña a este singular tratado sobre la “lujuria” que en su definición académica señala como “vicio consistente en el uso ilícito o en el apetito desordenado de los deleites carnales”; eso sí, sin un aparente juicio, este concepto se traduce como el simple testimonio del uso de la lengua.







LUJURIA
Juan Eslava Galán
Barcelona, Planeta, 2015; 241 págs.



domingo, 14 de agosto de 2016

Desayuno con diamantes, 75



LAS AVENTURAS DE HUCKLEBERRY FINN
EN SEXTO PISO ILUSTRADO


El año pasado, la colección “Sexto Piso Ilustrado” editaba Las aventuras de Tom Sawyer, en traducción de Mariano Peyrou e ilustrado por Pablo Auladell, y anunciaba para el presente 2016, repiten traductor e ilustrador, la edición de Las aventuras de Huckleberry Finn, que acaba de aparecer. Ambos textos completan la visión de la sociedad sureña del clásico estadounidense, y nos devuelven la tierna sonrisa de nuestra infancia, alejándonos de un mundo de adultos empobrecido por esa visión de claroscuros que significan nuestras preocupaciones, o las obligaciones cotidianas, sin olvidar que aquel tiempo fue tan vasto como misterioso, aunque tan ajeno como puro para una visión contemporánea.

La obra
Cuando Mark Twain publicó Tom Sawyer en 1875 quiso que los lectores mayores trataran de recordar cómo habían sido sus años de juventud. En el libro encontramos numerosas aventuras y anécdotas vividas personalmente por el autor durante sus viajes por el mundo. La obra lo consagró de manera rotunda y duradera como escritor. Animado por la entusiástica acogida de Tom Sawyer, se puso afanosamente a escribir la que con el paso del tiempo muchos consideraron su obra cumbre: Las aventuras de Huckeberry Finn. Pero ocupado en otros proyectos, no dudó en dejar a un lado el manuscrito, convencido de que no tenía maduro todavía el tema. Hasta el año 1884 no volvió a trabajar en él, y eso después de un viaje por el Mississippi, para refrescar los recuerdos y los paisajes de su niñez y juventud, y así dejar ambientada definitivamente la obra. Por fin, y a lo largo de ese mismo, 1884, terminó de escribir Las aventuras de Huckleberry Finn, que se publicaría al año siguiente. La novela desarrolla el viaje del personaje, Huck, que ya aparecía en Tom Sawyer, acompañado por el esclavo prófugo Jim. Ambos tratan de llegar a Ohio, el primero huye de su malvado padre y el segundo busca la libertad soñada. Realizan el viaje en una pequeña balsa y en su peligrosa huida viven un sinfín de aventuras juntos hasta que llegan al inesperado y sorprendente final en el que reaparece el mismísimo Tom Sawyer.
Esta obra es un punto de inflexión en la literatura de Twain, marca el inicio de una etapa en la que el pesimismo existencial del autor se ve reflejado en todas las obras que le seguirán. Con todo, esta historia sureña de racismo, superstición y amistad redondea la filosofía y el costumbrismo innatos en el paisaje de Twain y refleja una época y un mundo que, pareciéndonos tan lejano en pleno siglo XXI, estremece porque aun consideramos que esté cercana en el tiempo.



Un clásico

Un libro como Las aventuras de Huckleberry Finn se convierte en ese tipo de lectura divertida que nos asegura cómo la literatura puede aunar humor e inteligencia, denuncia y acción por igual. Esta novela es un canto a la vida y a la libertad, pero sobre todo al ser humano; un himno a la existencia repleto de sorpresas que sólo depara momentos de alegría. Considerada una de las primeras grandes novelas estadounidenses, quizá resulte una visión más oscura y desencantada que la novela anterior de Twain, Las aventuras de Tom Sawyer, y aunque comparte personajes e intercambia protagonistas, en ella se profundiza en temas como el maltrato infantil o la esclavitud; aunque la trama está llena a rebosar de picaresca y de ese sentido del humor que tan bien dominaba Mark Twain. Así, Huckleberry, pese a los denodados intentos de la viuda Douglas por «civilizarlo», sigue siendo ese pequeño canalla entrañable y asalvajado. La aparición final de Tom Sawyer, con sus estrambóticos planes de siempre, pone la guinda al pastel. Huck siempre usará el sentido común y sabe que ciertas cosas son estúpidas pero no cuestiona nunca nada. Y es así como se convierte en una dura crítica a la sociedad del siglo XIX que suscribimos en nuestros días, porque aun sigue implícita esa concepción del bien y del mal, y como Huckleberry se debate entre esos dos conceptos.
Canto a la amistad, la libertad, los sueños y el idealismo, Las aventuras de Huckleberry Finn, se convierte así en una obra inmortal, y en una lectura inolvidable que pasa de generación en generación.

Los autores
De una inigualable fuerza las ilustraciones de Pablo Auladell que multiplican por dos el placer de releer o incluso descubrir este clásico. Pablo Auladell (Alicante, 1972) es un reconocido ilustrador que desarrolla su trabajo en el ámbito editorial. Ganó el Premio del Ministerio de Cultura a las Mejores Ilustraciones de Libros Infantiles y Juveniles en 2005 y el Premio al Autor Revelación en el Saló del Cómic de Barcelona de 2006 por La Torre Blanca (Ed.de Ponent). Cuenta ya con una larga bibliografía de más de treinta obras. En Sexto Piso había publicado anteriormente, El Paraíso perdido (2014) y Las aventuras de Tom Sawyer(2015).

Mark Twain (1835-1910) es uno de los grandes narradores estadounidenses del siglo XIX, y universalmente conocido por novelas como Las aventuras de Tom Sawyer o Las aventuras de Huckleberry Finn. Twain trabajó de cajista, impresor, minero y reportero. A través del periodismo encontró su vocación como escritor. Dotado de un gran ingenio, y con una gran facilidad para el humor, fue también admirado como conferenciante y un gran orador.







Mark Twain, Las aventuras de Tom Sawyer; trad., de Mariano Peyrou, ilustr. de Pablo Auladell;  Madrid, Sexto Piso, 2015; 272 págs.



sábado, 13 de agosto de 2016

Caricaturas



     “La Caricatura tiene una función artística y una periodística de crítica y denuncia social y política como instrumento mediático.”