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domingo, 22 de octubre de 2017

Desayuno con diamantes, 121



PIONEROS DE LA BREVEDAD

       Cuentos norteamericanos del siglo XIX (2011), la nueva apuesta de Menoscuarto que intenta reconsiderar el canon literario, tanto con nombres conocidos, como otros menos difundidos entre lectores hispanos.

       A lo largo del siglo XIX y principios del XX, la definición esgrimida por Edgar Allan Poe sobre las características del relato han servido para que la crítica norteamericana, y sobre todo los escritores surgidos posteriormente, pensaran que «un cuento requiere unas reglas como si éste fuera el más volátil de los géneros». Tanto es así que el narrador norteamericano llegó a afirmar que «un cuento tiende a dejarse leer de una sentada» y, aun añadía, que «las características formales del relato (incluidos los personajes, la estructura narrativa o el tono) debían conservar una unidad y subordinarse a conseguir ese efecto preconcebido por el autor (...). Con ese cuidado y con esa habilidad se logra una imagen y un sentimiento de plena satisfacción». Años después, Richard Ford, extraordinario novelista, sostiene que en la actualidad la «historia del relato en Norteamérica se concibe más bien como la historia de una actitud que se manifiesta de distintas formas: inicialmente «siendo algo crucial acerca de la vida que puede ser imaginado y expresado mejor—más claramente, más provocadoramente, más bellamente—en los relatos más bien breves que en los que son un poco largos (...)». Insiste el narrador norteamericano contemporáneo en que, efectivamente, «no hay en la actualidad ninguna tendencia estable, lo que hace del género que se muestre vibrante y que el resultado de las historias que se cuentan resulten buenas».


              
Cuento norteamericano

       El inicio de la producción narrativa norteamericana tuvo lugar en el primer cuarto de siglo del XIX, cuando Thomas Jefferson, ese gran animador renacentista de espíritu libertador y padre de la independencia, convivía con Washington Irving, gran viajero y escritor singular que había reunido sus relatos en 1820, en un libro titulado The Sketch Book. Pero, sobre todo, había contribuido a introducir la importancia de la cultura europea en la incipiente literatura norteamericana. Desempeñó durante muchos años misiones diplomáticas en España y de esa época son algunos de sus libros Crónica de la conquista de Granada (1829) y Cuentos de la Alhambra (1832). Hoy está considerado como uno de las padres de la moderna novela breve en Estados Unidos. Desde los textos del propio Irving y Hawthorne, Meville o Twain hasta los de Anderson, Welty, Faulkner, O´Connor, Capote, McCullers, Peter Taylor o incluso la joven Lorrie Moore, la esencia misma del cuento, proporciona el ritmo extra que la vida durante todos estos años ha omitido con el paso del tiempo. Hace casi una década aparecía,  Antología del cuento norteamericano (Círculo de Lectores, 2002), que cubre, según señala Richard Ford en su introducción, unos 175 años de historia del género, y se antologan textos tan clásicos como los de Irving (1783-1859), Hawthorne (1804-1864) o el excéntrico Bret Harte (1836-1902, o los que representan a las más jóvenes promesas como Coraghessan Boyle (1948-), Kincaid (1949-) o la propia Moore (1957-). Eso sí, son importantes por su esencia narrativa, por sus cualidades, por sus contornos esmerados, por su brevedad y su capacidad de moderación contra esa idea esgrimida de decir más cuando es mejor contar menos, fundamentándonos en el hecho esgrimido en las últimas décadas de que nuestra vida puede ser minimizada. Para Ford, «estos relatos afirman que en medio del gran tumulto aparentemente indistinguible de la vida, se puede encontrar lo primordial». Sesenta y cinco relatos en total y cada uno de ellos ofrece la perspectiva de una extraordinaria visión de la vida en su concepto más universal. Desde el clasicismo de Irving, Hawthorne, Poe, Melville o Twain, el realismo de London y O´Henry hasta el mismo comienzo de siglo con Katherine Anne Porter, Dorothy Parker o Francis Scott Fiztgerald, un autor de la denominada «generación perdida» junto con Hemingway, seleccionado también. Bowles, Cheever, Malamud, muestran que lo cotidiano es cada vez más frecuente y se percibe cómo técnicamente el lenguaje ha experimentado una evolución hacia la realidad de la vida misma. Los sesenta están retratados por Vonnegut, Baldwin, Barthelme, Updike hasta los setenta y ochenta de cuyo espacio narrativo son indiscutibles protagonistas Roth, Carver, el propio Ford, Wolff, Beattie y Moore. Barthelme inició la denominada literatura minimalista que tan buenos frutos proporcionó a toda una generación de autores, Beattie, Wolff, Robinson, Carver, aunque es verdad que posteriormente los métodos minimalistas han sido acusados de ser una excusa o un disfraz para ironizar sobre la sociedad norteamericana. Sin embargo, esta corriente, que tiene mucho que ver con autores tan universales como Hemingway o Chejov, permite la construcción económica de escenas de gran viveza literaria y de una profundidad emocional sin demasiados adornos que sugieran o lleven a un detallado análisis. Hablamos de un especial énfasis en las tramas ligeras, el desarrollo elíptico de conflictos dramáticos y la recreación meticulosa y detallada de lenguajes lingüísticos locales que muestran el aspecto de toda una estética realista. Actitudes que llevan a sus autores al análisis formal de ese realismo que pretenden reproducir. Faltarían, por motivos ajenos al editor, autores de renombre indiscutible, Salinger y Carol Oates.


      
El cuento joven actual
              
       Juan Fernando Merino señala en el prólogo a Habrá una vez (Alfaguara, 2002) que, pese a lo que pueda pensarse, Estados Unidos, ofrece abundantes facilidades para los jóvenes narradores que una vez demuestran su valía consiguen becas en la numerosas universidades. En los departamentos se ofertan cursos y talleres de escritura, así como espacios donde publicar sus primeras obras. The New Yorker, Atlantic Monthly o Esquire se convierten en las plataformas de prestigio donde publicar, con la ventaja de ser revistas de gran tirada que se distribuyen por todo el territorio. Existe toda una red de excelentes bibliotecas públicas donde acuden a solicitar sus préstamos numerosos norteamericanos. Incluso, Merino, señala como PlayBoy, una revista de alto contenido erótico presta sus páginas a jóvenes promesas donde la única condición es que los textos sean de primera calidad. Dos autores de los seleccionados en esta antología han visto publicados sus cuentos en la prestigiosa revista: Brady Udall y Joshua Henkin. En esta antología del cuento joven no queda nada del sueño americano de décadas anteriores y los jóvenes escritores dejan traslucir en sus textos el amargo retrato de una sociedad que se descompone por momentos, lejos ya de ser los líderes de un imperialismo que ha visto sacudidos sus más entrañables símbolos, incluidas las Torres Gemelas tras el famoso 11 de septiembre. Es ésta una generación que se siente alejada de los mitos de Hollywood de los 40 y los 50, los famosos presidentes de los 60, de la posterior guerra fría y de la del Vietnam, y se encuentra más cercana a los sucesos del Golfo o de la reciente incursión en Afganistán. Pero es una generación sabia que hunde sus raíces en la tradición de sus clásicos y mira con lupa a escritores como Hemingway, Faulkner, los autores de novela negra, Hammet o Chandler, incluso los narradores más cercanos y que, de alguna manera, renovaron el concepto del cuento, Carver, Wolf y Ford. Los relatos de D´Ambrosio, Jen, Wald, Udall, Thon, Piazza, recrean su propia sociedad de los ochenta, con sus aciertos y sus miserias, el escándalo del presidente Clinton, la incomunicación entre padres e hijos, los divorcios, las matanzas escolares, la violencia callejera que salpica a una sociedad acostumbrada a la angustia, la ansiedad y la indefensión. Muchos de los protagonistas son jóvenes inconformes con su forma de vida, y la antología plantea el grito común de una juventud que ha perdido sus valores más elementales, incluida una moralidad que les lleva a replantear su sistema de vida. La sociedad capitalista corrompe el sistema de vida, el dinero salpica a la vida política, el egoísmo y la falta de solidaridad, se convierten en el fin de todos los sueños. Habrá una vez que reúne veinticinco relatos cortos, escritos a lo largo de la década de los noventa, complementa, de alguna manera, la anterior antología y muestra el multiculturalismo imperante en el país, y una mayor perspectiva de la mujer de tanta raigambre y buena literatura, si volviéramos la vista a los siglos anteriores, tanto al XX como el XIX de profunda raigambre feminista en ambos, con aporataciones indiscutibles como podemos apreciar en estas antologías.  


Cuento norteamericano del XIX

       Santiago Rodríguez Guerero-Strachan propone en, Pioneros. Cuentos norteamericanos del siglo XIX (Menoscuarto, 2011), un amplio repaso por, los orígenes del cuento y una nueva exploración de territorios que empezarían, como cabría suponer, con los clásicos Poe y Hawthorne, que de alguna manera abrieron la explotación de nuevos territorios, tanto en el ámbito geográfico como en el literario. Sin una tradición donde volver la vista y de donde inspirarse, Europa seguía siendo para la joven literatura norteamericana su referente cultural, aunque Ralph Waldo Emerson ya exhortaba a sus compatriotas a alejarse de los modelos británicos, sin que este hecho supusiera una independencia total de los temas y las estructuras literarias imperantes en la época. Tanto es así que James F. Cooper siguió en sus inicios los modelos de Walter Scott y Jane Austen, y Washington Irving explotó su costumbrismo británico hasta que no consiguió una voz propia, como puede verse ya reflejado en los títulos, «Rip van Winkle», que se reproduce en la presente antología, y sobre todo, «La leyenda de Sleepy Hollow», agudas reflexiones sobre la identidad estadounidense durante la Guerra de la Independencia, y modelos de cuentos modernos. Sin embargo, Poe, como señala Santiago Rodríguez, fue quien emprendería la renovación de la literatura norteamericana, conocedor del mundo británico, e incluso el universal, supo ver en la tradición su fuente de inspiración: leyendas, alegorías, fábulas, cuentos de hadas, cuadros de costumbres, como el germen del nuevo cuento que él mismo puso de moda, y cuya estructura se basaba en el uso del narrador y la distancia narrativa. Su contemporáneo, Nathaniel Hawthorne fue, sin embargo, un escritor obsesionado por el puritanismo y la maldad humana. Aunque se alejó de mostrar una modernización del género cuento, consiguió nacionalizar los argumentos que esgrimía en sus textos utilizándolos como alegorías que más tarde supo aprovechar otro clásico, Herman Melville para su literatura. Experimentará las formas y el punto de vista del narrador, como bien puede verse en «Bartleby, el escribiente», o «Benito Cereno». En esta antología se publica, «La mesa de manzano», de 1856.
       La Guerra Civil norteamericana provoca que las cosas cambien: la abolición de la esclavitud, o la progresiva industrialización y la conquista de nuevos territorios modificará la sociedad y el paisaje salvaje de los modernos Estados Unidos. La pérdida de la vida tradicional sureña, la guerra como tema, los viajes a la vieja Europa con el conocimiento y la lectura de escritores franceses, españoles, rusos, favorecerán nuevas perspectivas sobre el relato que con el tiempo daría maestros en el género: Stephen Crane, Henry James, o Charles Chesnutt, un desconocido en España, que añadiría elementos negroamericanos al género. Sobresale el cuento regionalista por la propia identidad de la geografía norteamericana, pequeñas ciudades o pueblos donde apenas pasa nada y se recurre a una vida rural modesta, a veces dominada por un matriarcado, motivo quizá por el cual se incorporan al mundo literario abundantes mujeres, cuya nómina resulta curiosa y que Rodríguez Guerrero- Strachan incorpora, entre las que sobresalen, por conocida y ampliamente editada, Edith Wharton (1862-1937), aunque abunda una nómina de desconocidas, Kate Chopin, Sarah Orne Jewett, Rebecca Harding Davis, de quien se publicó en nuestro país, La vida en los altos hornos (2001, Univ. de León), Mary E. Wilkns Freeman y Charlotte Perkins Gilman, de quien conocemos Si yo fuera un hombre y otros relatos (2008, El Nadir Ediciones). Las mujeres, como bien explica el editor, muestran en sus cuentos un intento de conocimiento del mundo, es un campo de experimentación y, sobre todo, una exposición del lugar de la mujer en la sociedad que les tocó vivir, incluso la denuncia social que más tarde marcaría toda una época, en la década de los años 30 del siglo XX cuando se cataloga esta literatura como «realismo social politizado», al tiempo que se alternan los relatos con la descripción de lugares, costumbres e incluso los distintos giros populares de las jergas del lenguaje. La nómina completa de estos Pioneros (2011), se enriquece con otros nombres y excelentes muestras del buen cuento como, Mark Twain, Ambrose Bierce, o Jack London, además de los citados. Una bio-bibliografía sucinta, aunque suficiente, completa el volumen que junto a anteriores aportaciones sobre el cuento norteamericano ofrece una perspectiva tanto clásica como actual para valorar un género de singulares representantes en el panorama universal.



sábado, 21 de octubre de 2017

viernes, 20 de octubre de 2017

Mo Yan



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PRINCIPIOS DE AUTORIDAD
              
       Dos años después de publicar Cambios (2012), Mo Yan (Gaomi, China, 1955), recibe el Premio Nóbel de Literatura, un autor que se mueve, según la crítica, “entre la tradición china y la occidental, entre la literatura de la parábola y una literatura realista”. La obra del escritor chino no era totalmente desconocida en nuestro país, y hasta el momento se habían publicado sus obras más significativas, Sorgo rojo (1987, trad., 1992), Las baladas del ajo (1988, trad., 2008),  Grandes pechos, amplias caderas (1996, trad., 2007) o La vida y la muerte me están desgastando (2006, trad., 2010).
       Este libro, Cambios, ofrece una introducción perfecta para quien desconozca, o nunca haya leído al Nóbel novelista chino porque es, sin duda, un pequeño artificio literario que nos lleva hasta los orígenes mismos del niño y del adolescente Guan Moye, nacido en la región norteña de Shandong, de familia campesina y humilde, y quien más tarde, a lo largo de la narración, se convertirá en un prometedor narrador. Solo así, el joven es al mismo tiempo un personaje de novela y, como es natural, el relato parte de un episodio anecdótico: la expulsión injusta del colegio de ese adolescente en 1969, y su largo peregrinaje hasta convertirse en un ciudadano ejemplar tras algunas dificultades, la negativa a promocionar dentro de las Fuerzas Armadas, a través del Instituto de Ingeniería, aunque consigue publicar sus primeros relatos en Literatura Popular, y su posterior ingreso en el Departamento de Literatura del Instituto de Arte del Ejército de Liberación. Lo más curioso, narrativamente hablando, sus recuerdos de algunos de los personajes que se confundieron con su vida a lo largo de más de cuarenta años: Lu Wenli, la muchacha más hermosa de su clase, y la mejor jugadora de ping-pong, su admirado, He Zhiwu, el tipo más ingenioso de todos, otro expulsado que abandona el instituto rodando sobre sí mismo a lo largo del pasillo, y a quien le sobra arrojo e ingenio para buscarse la vida en el futuro. Y, no menos destacables, algunos individuos que formaban el claustro de profesores, Liu Tianguang, de matemáticas, alias Liu el Sapo, o el profesor Zhang y sus clases en mandarín, o el interesante padre de Lu, conductor de la granja estatal, famoso por su Gaz 51, de fabricación soviética.
       Mo Yan desdramatiza la situación real de una China totalizadora con una visión de la vida de sus ciudadanos según su extracción social, divida por el Estado en cinco categorías, y aunque no es un mero tratado de reflexión teórica, histórica o sociológica, el tema del cambio del gigante apenas está desarrollado. En Cambios esta percepción se ha dulcificado, y las relaciones humanas, o las intromisiones del poder político, parecen haberse normalizado, incluidas las posibilidades del triunfo personal en términos económicos. El protagonista de Mo Yan no parece ver en todo ello un conflicto, quizá porque solo ha pretendido que un fino humor impregnara su narración, algo que ayudara a superar la extrañeza de toda una tradición milenaria.





CAMBIOS
Mo Yan
Barcelona, Seix-Barral, 2012

jueves, 19 de octubre de 2017

Fernando Iwasaki



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TECLEADO A MÁQUINA
              
       Resulta relativamente fácil escribir sobre alguien cuya versatilidad en la literatura trasciende cualquier temática o aspecto formal, y además se inscribe en el valor mismo de unas claves que al lector le sirven para regocijo porque en sus textos siempre se haya ese movimiento perpetuo que otros muchos autores ya habían intentado ensayar y, a medias, conseguido. Literatura y vida componen, por consiguiente, la obra y por extensión la narrativa breve del peruano Fernando Iwasaki (Lima, 1961), cuyas reflexiones responden a un deseo de cambio que desde siempre ha venido impuesta por una sociedad moderna, aquella de finales de los ochenta, cuando el narrador comenzaba su andadura y propugnaba una necesaria evolución que provenía de una Modernidad emergente de comienzos de siglo, reflejada a lo largo de las décadas siguientes en la esencia más íntimamente humana que provocaría todo tipo de progreso social, artístico o cultural y científico.
       Para hablar de la génesis literaria de Fernando Iwaski bastaría compararlo con autores como Francisco de Quevedo, Ricardo Palma o Ramón del Valle-Inclán porque, sin duda, el peruano-sevillano, siente que se juega la vida con cada palabra que escribe o, al menos, eso trasciende del valor de sus textos, tan precisos como ajustados, o tan aparentemente sencillos como melodramáticos. Iwasaki plantea, al menos en su narrativa breve, contar historias de mitos con personajes de muy diversa procedencia porque pretende, sin duda, ofrecernos su visión tierna de la vida aunque repleta de un oscuro y malintencionado sarcasmo que se percibe en sus planteamientos iniciales y que ya nunca abandonará en su futuro literario.
       De vetustos, arcaicos y decadentes califica el propio Fernando Iwasaki estos dos libros de relatos, Tres noches de corbata (1987) y A Troya, Helena (1993), reeditados ahora, con mucha fortuna, bajo el título de Papel carbón (Páginas de Espuma, 2012), y que, en realidad, son la génesis narrativo-literaria del peruano como hemos podido comprobar después, en sus colecciones siguientes de cuentos, algunas de sus novelas o esas mixtificaciones que dan lugar al particular mundo jocoso festivo del escritor afincado en Sevilla. Recordemos sus títulos de relatos, Inquisiciones peruanas (1994), Un milagro informal (2003), Ajuar funerario (2004), Helarte de amar (2006) o España, aparta de mí estos premios (2009). Sin embargo, Tres noches de corbata, el primero de sus libros de cuentos, ofrece la madurez que otorga la buena literatura. En esta colección, mito, sueño y magia se combinan al tiempo que ofrecen un clima de pánico o una visión de una eterna pesadilla que posteriormente iba a desarrollar el narrador en futuras entregas. En la mayoría de los relatos, quizá en todos podíamos asegurar, planea la muerte, y aun más terminan con la muerte de sus protagonistas, como ocurre en uno de los más sentimentales, “La otra batalla de Ayacucho”, donde un abuelo decide morir porque su nieto no comprende el significado épico de los soldados y el niño se muestra más partidario de las espadas láser; y en otros, se paga el atrevimiento de sus protagonistas y muestran sin duda la fascinación del autor por transmitir al lector su visión de lo inexplicable, o aquello que siempre queda en el aire, o incluso resulta casi inverosímil. Algunas de sus obsesiones ya están presentes, sobre todo su visión particular de las Crónicas de Indias que mezcla con otras mitologías y el saber popular del mundo cinematográfico, televisivo o algunas de las mejores leyendas urbanas de la época para así lograr la yuxtaposición de argumentos varios que incluyen, incluso, el mundo de la novela negra donde el misterio o el engaño resultan lo mejor de la ficción y de la realidad del peruano. La huella de Borges o la fantasía de Cortázar patentizan, de alguna manera, esa recurrencia sorprendente al final de sus cuentos y, una vez aprendida la lección, tenderá a desaparecer en posteriores colecciones. La profundidad de estos cuentos, la huella mostrada de los maestros queda relativizada por la impronta del humor con que Iwasaki dota a algunos de estos relatos, quizá los considerados más duros, suavizándolos con expresiones coloquiales y despojándolos de una abstracción que convertirían a la historia en un sesudo ensayo sobre amplios conceptos filosóficos al más claro estilo schopenhaueriano, y sobre todo esa idea acerca de la ausencia de una identidad en algunos de los personajes.
       En el caso de la segunda colección, A Troya, Helena (1993), Iwasaki solo se repite en su afición a los mitos, aunque insiste en aportar una magistral exposición del habla popular, y ahonda magistralmente en una sensualidad que combina entre la chispa peruana y andaluza porque en estos relatos se plantea un explícito homenaje a los sentidos más humanos, además de un sibilino recorrido por el erotismo aunque en este caso la mujer siempre lleva la voz cantante, como en el caso del cuento que da título al libro en el que el marido descubre a la esposa practicando sexo anal con un antiguo alumno suyo, y dice explícitamente, “Recordé cuántas veces intenté penetrar infructuosamente en los insondables dominios traseros de Helena y reprimí un instinto homicida desde el otro lado del espejo. (...) Helena ahora se había convertido en una cocodrila, en una Melusina insaciable (...). Ahora gritaba con la cara congestionada, la sonrisa contenida, el desenfreno en cuatro patas”. Nos sumergimos en el mundo de los sentidos, por ejemplo, el oído en “Rock in the Andes!, el gusto, “Arroz a la polaca”, la vista y el tacto, “Hawai, Cinco y Medio” o “A Troya, Helena”, y el olfato en “La rueda incontinente”, cuentos donde la música, la comida y sobre todo el erotismo con los sentidos de la vista y el tacto, presuponen el valor que le otorga el narrador a sus relatos, plagados de referencias mitológicas y culturales de la segunda mitad del siglo XX que, de alguna manera, provocan un alto nivel de erudición, ingenio y sabiduría popular que tan espléndidamente combina Iwasaki para provocar una hilarante carcajada que siempre, siempre va mucho más allá. En ocasiones, el tono jocoso, humorístico, cede espacio a la amargura y provoca algunas denuncias que oscilan entre la ternura y la dureza de una existencia, como ocurre en el primero de los cuentos de la colección, “La danza de la gravedad”, que cuenta como un niño boxeador muere en el ring.
       La variedad temática en este libro es mayor que en el anterior, los cuentos ofrecen ahora una sublime propensión a transformaciones de más envergadura porque el mecanismo que las sustenta ofrece reflexiones más complejas sobre los personajes y sus acciones, o sobre los tiempos narrativos que ahora se supone se vislumbran en condiciones diferentes.






PAPEL CARBÓN
Fernando Iwasaki
Madrid, Páginas de Espuma, 2012.

martes, 17 de octubre de 2017

Jesús Esnaola



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RECUENTO FINAL
              
       El concepto de microrrelato propone una forma discursiva nueva que sitúa sus límites en la expresión narrativa misma, y corresponde al eslabón más breve en la cadena del concepto general de narratividad. Durante décadas se hablaba de novela, novela corta, cuento, relato y microrrelato, este como una forma más de esa cadena, tanto es así que Irene Andrés-Suárez, lo define como “un texto literario en prosa, articulado entorno a dos principios básicos: hiperbrevedad y narratividad, factor que permite distinguirlo de otras modalidades prosísticas desprovistas de la sustancia narrativa”. La hiperbrevedad condiciona la trama, los rasgos formales, la temática, la economía narrativa, la elisión y la concisión, que resultan características esenciales de este tipo de textos. Quizá por eso, al microrrelato lo gobiernan leyes distintas a las de la literatura, se distingue por su concisión y su naturaleza elíptica, que Raúl Brasca define como “portentoso poder de sugerencia de lo no dicho cuando lo dicho ha sido sabiamente calculado”; y respecto a la narratividad, los conceptos estructurales oscilan entre un punto de partida, la temporalidad y la unidad temática, la unidad de acción y la causalidad. Al escritor de microrrelatos, según Merino, no le interesa del desarrollo, sino el momento climático de la historia, que lo diferencia del cuento más clásico, y contar con lectores con un estado mental muy particular, dispuestos a rellenar cuantos vacíos de información le proporcione un texto de semejante naturaleza.
       Jesús Esnaola (San Sebastián, 1966) entrega, Los años de lluvia (2012), una colección extraordinaria de ochenta y seis microrrelatos escritos en un dilatado tiempo, el proporcionado al narrador para llevar a cabo un riguroso proceso de depuración, y así conseguir un buen puñado de historias. El libro está dividido en dos amplias secciones, una primera cuya característica esencial es su imaginación, y resulta tan evocadora como deslumbrante por su capacidad elíptica, que titula, “Un vago secreto”, porque en sus breves historias, mezcla misterio con horror, y en otras, esperanza con destino, un combinado de aspectos increíbles de nuestra vida cotidiana que solo pueden hacerse realidad a través de la certera pluma que nos lleva o traslada a ese lado oscuro como ocurre en los estupendos, “Duvú”, “El niño de la guerra” o “Sensaciones”, que evocan esos otros límites, incluido el horror sin paliativos; y en la segunda, “El tiempo de papel”, la realidad se concreta ahora en aquello que nos circunda, y en los breves “La mesilla”, “Familia tradicional”, “Lentejas”, aparece la apariencia y la crueldad, el humor y el sarcasmo, incluso una mordaz ironía, como ocurre en “Complementarios”. Los años de lluvia es una colección de relatos que, tras una lectura atenta, nos hacen replantearnos la vida, incluso nos llevan a realizar un recuento final indescriptible porque, en muchos de ellos, se produce esa sensación de inquietud y nos mantienen en vilo hasta la última página.






LOS AÑOS DE LLUVIA
Jesús Esnaola
Sevilla, Paréntesis, 2012

lunes, 16 de octubre de 2017

Marta Rivera de la Cruz



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MAPA DE LOS SENTIMIENTOS
              
       Existe un complicado mapa de los sentimientos donde aspectos como los celos o la envidia, la lealtad y el amor, se traducen en esos conflictos que los humanos debemos superar, conductas que Marta Rivera de la Cruz (Lugo, 1970) ensaya en forma de novela. En La vida después (2011) se pregunta si es posible una profunda amistad entre un hombre y una mujer sin que la atracción física y el sexo tengan nada que ver en ese contacto.
        Jan, el protagonista masculino de esta historia, muere repentinamente de un infarto, pretexto para que Victoria, profesora universitaria y casada con un millonario aspirante al Senado, viaje al funeral desde Nueva York. Una última carta legada del amigo, prolongará su estancia en Madrid, obligada por el encargo sentimental que deja: su relación con Marga, Solange, la hija fruto de una relación anterior, además de una excesiva suegra. Una realidad muy distinta a la situación anterior: convivir con una adolescente malcriada, cuantificará las enormes deudas y se verá obligada a asumir la posibilidad de salvar la librería heredada por la viuda. Los motivos recurrentes en la obra de Rivera de la Cruz se concretan en el paso del tiempo, en el miedo a una existencia sin sentido e insiste en la necesidad de superar los obstáculos que la vida pone en nuestro camino. Sus personajes resultan vulnerables, débiles incluso, fortalecidos en sus dificultades. Sin duda por este, y no otro motivo, la narradora gallega consigue esa capacidad de crear un vínculo sentimental entre ellos y, sin duda con  el lector, porque aquellos jamás serán conscientes de la cantidad de cosas ocurridas para encontrarse en el punto donde están, para convertirse en quienes son. Los recuerdos de adolescencia y juventud de Victoria, su experiencia universitaria, las tertulias bañadas en alcohol y tabaco, su relación con algunos hombres, incluida la sombra omnipresente de Jan, cubren la primera parte de una narración lineal, con una unidad de pensamiento retrospectivo que provoca una reflexión entre las mujeres protagonistas, una introspección que degenera en el resto de la historia: salvar la situación anímica y económica de estas mujeres para quienes, fortuitamente, se abre un nuevo camino paralelo a su destino: la librería recibe un rollo de película con escenas de una primerísima Greta Garbo, extraña historia que conlleva la posibilidad de contactar con el dueño originario de la cinta, un anticuario londinense, a quien Marga pretende conocer para ofrecerle la mitad del beneficio de su venta. En Londres, el relato retrocede en el tiempo para volver a la Europa de los años veinte y treinta, a Estocolmo y al Berlín prenazi. Es así como Marta Rivera de la Cruz abre un nuevo capítulo en la vida de sus mujeres, de Victoria que disfrutará de una vida después junto a Douglas Faraday. La novela se convierte así en un relato de suspense y, junto a una equilibrada dosis de narración tradicional, ofrece todos los ingredientes de un relato ameno, incluido el desamor, las pasiones e iniquidades en los personajes secundarios que proporcionan un aire folletinesco a la historia para que, sin que desvelemos el final, todos y cada uno de ellos disfruten de otra vida. 
                             






LA VIDA DESPUÉS
Marta Rivera de la Cruz
Barcelona, Planeta, 2011