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sábado, 17 de febrero de 2018

Sabías que...





      “Escribir no es una profesión sino una vocación de infidelidad”.
                                            Georges Simenon

viernes, 16 de febrero de 2018

Isaac Rosa



me gusta…



AÚN CUARENTA AÑOS DESPUÉS
              
       Mezclar los conceptos de historia y de ficción ha sido práctica habitual en la narrativa de los últimos años. Un ejercicio ensayado por autores de cierto renombre, cuya repercusión editorial ha supuesto que la obra y el nombre del escritor adquiriesen mayores dimensiones o llegase a convertirse en un auténtico best seller. Por otra parte, debutantes en el género han apostado por esta técnica con resultados dignos de mención en el enmarañado panorama novelesco. El caso de Isaac Rosa (Sevilla, 1974) parece el más reseñable y digno de referir puesto que en El vano ayer (2004), su segunda novela, recurre a contar una historia avalada con abundantes documentos y enriquecida por una exhaustiva bibliografía que corrobora que todo lo anotado en su narración se ajusta, como es habitual, a una verdad histórica.
       Lo sorprendente de este relato es que el autor entra en su propia relación, apela a un lector potencial y, en ocasiones, es interpelado por éste; señala los caminos posibles a seguir en su relato, intercala voces diversas y distintas, ensaya versiones contradictorias de los hechos narrados que incluyen documentos de época, realiza vaivenes de todo tipo y construye una historia que, desde el inicio mismo, el autor se esfuerza en contar sin que para ello sea necesario echar mano de un principio y de un fin; pero todo queda, perfectamente, relacionado con un tejido interno que reproduce esa verdad en que suele apoyarse la ficción, es decir, ofrecer la perspectiva suficiente y el punto de vista narrativo acertado que induce a producir esa incertidumbre de lo expuesto hasta el momento, incluido el desenlace final. Pese todo, la ficción sobresale a una abundante y abultada documentación que llevaría a pensar en una reconstrucción histórica de las actividades clandestinas de la juventud universitaria española de los 60, o una sucesión de acontecimientos y hechos que incluyen los nombres de Aranguren, Tierno Galván, Montero Díaz y García Calvo, modelos, por otra parte, elegidos para reconstruir la vida de simulación de un profesor universitario represaliado al mismo tiempo: Julio Denis, detenido y expulsado del país en aquella época, desaparecido poco después sin dejar rastro, pero que a Rosa le sirve, desde la ficción más pura, para mostrar lo brutal de un sistema policial y lo durísimo del régimen franquista, además de la corrupción moral del momento y, por otra parte, esa nostalgia que sufrieron muchos de los represaliados y de la que con libros como el presente nos vamos curando.
       El joven Isaac Rosa ha escrito una novela (porque pese a su estructura así hay que definirla) para mostrarle a su generación los difíciles años del franquismo, pero sobre todo porque un relato se construye contra esa hegemonía que niega la verdad de una memoria y solo cuando se escribe un relato con una sólida estructura se es capaz de cuestionar e indagar en la medida que aquí se hace. La necesidad de una narración como la presente se podría resumir, perfectamente, en lo que el propio Isaac Rosa manifestaba acerca de su propia obra, el derecho de una juventud a tener una memoria reflexiva, autocrítica y diseccionada de aquellas cosas que algunos muy pronto olvidaron.







EL VANO AYER
Isaac Rosa
Barcelona, Seix-Barral, 2004

jueves, 15 de febrero de 2018

Juan Bonilla



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METALITERATURA


       Juan Bonilla (Jerez, 1966) ha desplegado, desde sus primeras publicaciones, todo su talento narrativo en el arte de lo breve, en el género cuento o relato corto esencialmente. Sus mejores logros incluyen el artículo periodístico. Pero esta atrevida afirmación no conlleva menosprecio para el resto de una significativa obra: la poética, el ensayo o la novela, porque el mundo propio creado por el jerezano en todos estos géneros le han llevado a ser considerado uno de los autores más originales de los últimos años. A recopilaciones como El que apaga la luz (1994), La compañía de los solitarios (1999) y La noche del Skylab (2000), que reúnen poco más de una treintena de cuentos, se suman ahora en El estadio de mármol (2005), una decena más de excelentes relatos habitados, en su mayoría, por singulares personajes que viven una extraña supervivencia no menos intensa.
       Quizá por la propia trama de sus historias, el ángulo elegido por Bonilla para situar sus relatos es el más oscuro de toda una existencia sin que esto presuponga, a priori, una trágica visión de los hechos, aunque otorga esa verdad tangible que se le supone a la sociedad actual: un número importante de desplazados sociales cuyo patetismo vivencial elude apurar, voluntariamente, el escritor para dejar así constancia de su preocupación en forma de literatura. El narrador salva a algunos de sus personajes que sabe desubicados porque, en ocasiones, apelan a los sentimientos de redención. En un programa de radio de confesiones nocturnas el oyente-protagonista lanza contra sí mismo duras acusaciones («Hablar por hablar»), un joven se siente atraído y enamorado de su propia hermana («El dragón de arena»), una mujer inventa que su hijo sigue aún con vida («Encuentro en Berlín»), un hombre imagina atrocidades tras sus numerosas lecturas sobre el Holocausto y cae en un coma («Una montaña de zapatos»), un adolescente descubre aterrado su homosexualidad en la Italia de Mussolini («El estadio de mármol»), el ensayo de una novela fallida sobre un personaje histórico como Judas Iscariote pone de manifiesto la dificultad de una metaliteratura («Una novela fallida»), también está presente el mundo de los juegos de ordenador en («Vitíligo»), un adolescente monta una continua mentira sobre su vida para agradar a los demás («El cuarto de los trastos»), una suicida, en un juego de voces magistrales, intenta vivir sus últimos momentos con todo lujo y esplendor («La desconocida») y un hombre corre en pos el Santo Grial para salvar la vida de su hijo enfermo («El Santo Grial»). En realidad, todos y cada uno de los relatos tratan de reflexionar, bien o mal, sobre la verdad de la ficción y de la realidad, sobre lo verdadero y lo falso de nuestra existencia, algo que el escritor, pese a lo calculado, cuenta en sus historias para que el lector cuando se apropie de ellas las lleve hasta su terreno y las convierta en su propia realidad. El dolor aflora en estos cuentos como si éste formara parte de nuestra propia existencia, y junto a este sentimiento, en igual proporción, el desasosiego, la soledad o la incapacidad para sobrevivir. El cuento es quizá el mejor género que se adapta a nuestra forma de vivir porque nos somete a unas reglas difíciles de seguir y nos exige, inexcusablemente, una atención especial.






Juan Bonilla, El estadio de mármol;
Barcelona, Seix-Barral, 2005.

miércoles, 14 de febrero de 2018

Hoy invito a…




María Ángeles Pérez







amaneceres


 

Máscaras

Otro año más aterrizará el carnaval abarrotado de chirigotas, parodias y mucha, mucha diversión. Como fiesta pagana que es son días donde casi todo está permitido, de ahí nuestro afán por ir disfrazados, taparnos el rostro salvaguardando nuestro anonimato y hacernos el firme propósito cristiano de, una vez finalizado, no comer carne y llevar una vida licenciosa durante el tiempo de Cuaresma. A lo largo de nuestra vida, independientemente de que sea Carnaval o no, vamos cambiando de disfraces casi a diario tanto que, a veces, nos podemos convertir en perfectos desconocidos incluso para nosotros mismos. Por cierto, hace tiempo que no participo en esta fiesta. Este año lo haré para recordar viejos tiempos y, en lugar del disfraz típico y macabro de la muerte que está ya muy visto, he decidido ponerme el de la vida. Ninguno me vais a reconocer. Estoy convencida. Eso es justo lo que pretendo.

martes, 13 de febrero de 2018

misterio, intriga, pasión



ALGO DE MISTERIO, CIERTA INTRIGA, ABUNDANTES PASIONES


             
        Los conceptos de misterio, intriga, pasión invitan, en un primer acercamiento, a una predisposición relacionada con el mundo de lo inexplicable, lo criminal o policíaco o lo sensual y aún más, a lo erótico y lo sexual, pero en una justificación académica de estos términos llegaríamos a definiciones tales como, «cosa arcana o muy recóndita, que no se puede comprender o explicar» o, «manejo cauteloso, acción que se ejecuta con astucia y ocultamente, para conseguir un fin» y «perturbación o afecto desordenado del ánimo», respectivamente, y a estas puntualizaciones se unen otras muchas especificaciones que a lo largo de la literatura se han ido cuantificando y ejemplificando en obras de muy variada factura.

        De cualquier forma volviendo la vista a los últimos veinticinco años de producción literaria, esencialmente, narrativa, conceptos como los que tratamos de explicar o al menos de desentrañar como si de una indagación mítico misteriosa se tatara llevaron a nuevas dimensiones cuando se trataba de reafirmar el concepto de ficción y José María Merino, por citar un nombre, es excelente representante y maestro en el arte de lo simbólico, lo misterioso y lo oculto. Buena parte de la intriga y sus ramificaciones, nos la ha proporcionado un género como la novela policíaca desde los míticos autores extranjeros como Simenon, Hammett, Chandler, Cain o Highsmith, para llegar a la recuperación de un género poco ensayado en este país por autores contemporáneos y que en los nombres de Vázquez Montalbán, Mendoza, Madrid, Martín, Casals y anteriormente, González Ledesma o, más recientemente, Silva, se han justificado como una de esas tendencias fructíferas en los últimos años, desarrollando esencialmente, como alguien ha apuntado, el tema de la resolución de un delito o problema, en una estructura piramidal; aunque para muchos sigue siendo la adaptación de un género foráneo considerado como literatura menor y que solo aporta argumento e intriga, a un tema morboso y con un desenlace efectista. Para darnos una idea de la magnitud de este fenómeno, tendríamos que ampliar sustancialmente la lista de autores, sobre todo de aquellos que de alguna manera se han servido de la investigación para plantear el tema: Puértolas, Millás, Chirbes, Martínez Reverte, Muñoz Molina o Tomeo. Y, para la tercera propuesta, la pasión se ha mostrado, esencialmente, en una tendencia discursiva que proponía, a veces desde un lado más o menos erótico, la incorporación de una crítica a la sociedad en general que solía escapar del desencanto a través del amor o de esas normas emocionales de conducta para plantear esas relaciones eróticas que transparentan una realidad prohibida o, en ocasiones, un absurdo vital. La novela pasional tiende a una retórica de representación indirecta, que centra su mirada en la sensualidad y la fisiología, combinada con un proceso sentimental o pasional y que lleva, también, a temáticas heterosexuales, homosexuales, lesbianismo o el incesto matrimonial.
        Si con estas consideraciones nos acercamos a los conceptos de misterio, intriga, pasión, y establecemos un debate, por nimio que resulte, buena parte de nuestro propósito estará logrado, el resto lo dejamos al miedo, la incertidumbre, o esa perturbación del ánimo que se supone corresponde el mundo de la pasión.

lunes, 12 de febrero de 2018

Enrique Morón



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LA ESENCIA DE UNO MISMO            
        Enrique Morón (Cádiar, Granada, 1942) posee una amplia experiencia como poeta y dramaturgo, además de como hombre dedicado al noble arte de enseñanza desde su cátedra de Lengua y Literatura Castellanas. Ahora se atreve y logra dar un paso más en su amplia trayectoria literaria y nos entrega, El bronce de los días. Memorias (2003); en realidad, una audacia que solo un hombre como Morón podía hacernos llegar. No es fácil, en la literatura contemporánea, encontrar autores que decidan, cuando ha llegado el momento, ponerse a escribir sobre aquellas cuestiones por importantes o nimias que han conformado buena parte de su vida y, sobre todo, interesar y hacer partícipes de ello a los lectores, ofreciendo buena parte de esa memoria que aún siendo pública pertenece a la esencia de uno mismo. Es, pues, este un acto de escritura de una humildad absoluta porque a lo largo de los sesenta años del autor asistimos, como lectores y amigos, a cada uno de los momentos vividos por el niño, el adolescente, el joven o el hombre maduro en que se ha convertido Enrique Morón; y, por añadidura, celebramos sus éxitos literarios de los últimos treinta años.
        El bronce de los días ofrece, en una prosa ágil, los capítulos que el poeta Mirón ha considerado más interesantes y relevantes o incluso, los más insignificantes, que conforman su existencia desde esa temprana edad a donde nos devuelve en su pueblo natal Cádiar, pasando por años difíciles de una adolescencia dura, su incorporación al mundo universitario o los momentos de gloria y celebración de sus éxitos literarios y publicación de sus principales obras, Paisajes del amor y el desvelo (1970), Odas numerales (1972), su Poesía reunida (1970-1988) (1988) hasta Inhóspita ciudad (2002), tres décadas de una entrega a la poesía como queda manifiesto en las mejores páginas de estas memorias fragmentarias. Tampoco olvida el poeta, en un extenso repaso los momentos vividos tanto en el pueblo como en la ciudad de Granada, enumera a los hombres y a los amigos que han compartido con él buena parte de esos años; conserva aún hoy, el poeta, el recuerdo y la amistad de muchos ellos: algunos le deberían otorgar gratitud eterna porque se diluyen por estas páginas de una manera abundante. Sobresale, entre los abundantes datos que ofrece el escritor la manera de contar, ese humorismo que salpica unas páginas que de otra forma se volverían tediosas e imposibles de pasar; existe mucha hondura en el recuento de una vida que se ha prodigado en numerosos acontecimientos dignos de resaltar, aunque se reseñan momentos de algunos contratiempos, de cierta mesura, cuando recuerda tanto a los seres queridos como a los amigos desaparecidos; sobresale, eso sí, el ingenio de una autor que justifica tanto su vida como su obra. No puedo estar de acuerdo con el autor cuando en las últimas líneas de sus memorias cierra el volumen y no deja pie para un segundo, se despide y afirma que con este libro, cuando ya no esté en este mundo, al menos sus versos inicien ese viaje sin retorno hacia los oscuros senderos del olvido. Este libro, y el corpus que forman tanto sus entregas poéticas como sus producciones dramáticas, formarán parte de ese legado universal que todo autor otorga a la humanidad allá donde siempre pueda ser leído.
EL BRONCE DE LOS DÍAS
(Memorias)
Enrique Morón
Port Royal, Granada, 2003



domingo, 11 de febrero de 2018

Desayuno con diamantes, 133



TIERRA DE CINE

                           
        Tres nombres se asomaban, tímidamente, al panorama literario español de los años setenta, los de José Asenjo Sedano que publicaba Los guerreros (1970), Carlos Muñiz Romero, con Los caballos del hacha (1971) y el Llanto de los buitres (1971) y Julio M. de la Rosa, con Fin de semana en Etruria (1972). Los años sesenta y setenta proporcionaron, literariamente hablando, nuevas acuñaciones en el panorama cultural español, algunas tan gratuitas como boom, término genérico que se aplicó a aquello que supusiera novedad en el espacio literario y que ofreció una avalancha de narradores hispanoamericananos, fundamentalmente; pero de igual manera se acuñó un término parecido al conjunto de obras publicadas por unos andaluces que empezaban a sonar en el panorama narrativo y que fueron bautizados con el término de Nueva Narrativa Andaluza, aunque habría que apuntar que, en ningún caso, se trataba de constatar este hecho por significativo desde el punto de vista formal, estructural o temático. Salvo excepciones, pocos autores y pocas obras manifestaban, abiertamente, el compromiso social de una Andalucía castigada y como contrapartida, se potenciaba más un esteticismo heredado de los grandes clásicos que habían conformado el panorama narrativo durante siglos, casos de Delicado,  Alemán, Vélez de Guevara o Espinel o dos siglos más tarde, los ejemplares andaluces del XIX: Juan Valera y Pedro Antonio de Alarcón. El propio Asenjo Sedano apuntaba en 1971 que «es verdad que Andalucía es amplia y múltiple. Que existe una Andalucía del Este y otra del Oeste; una Andalucía del caballo y otra del peonaje; una Andalucía del Guadalquivir y una Andalucía de Sierra Nevada; todo esto es verdad. Y todo esto es muy importante a la hora de hablar de la Narrativa Andaluza».
        A propósito de su primera novela, Los guerreros (1970) afirmaba «contar las cosas con la misma intemporalidad y la misma simplicidad que mi pueblo viene contando sus historias. Esta novela será buena o mala, pero es mi parte (de la historia se sobreentiende) y una parte que mis paisanos han entendido y les has gustado. Se trata de una historia simple y llana, contada como lo hubiera hecho cualquiera de ellos». La crítica del momento hablaba de «una concienzuda aunque diluida metáfora de la realidad española»           
        Pese a todo lo expuesto y a unos treinta años vista del boom, en palabras de Manuel García Viñó, «hoy, todo ello, constituye un punto de referencia  insoslayable que obligó a escribir sobre narrativa escrita en el Sur», y dio origen, además, —como recoge José Antonio Fortes en su ensayo La nueva narrativa andaluza, citado—, a una abundante bibliografía que responde tanto a las razones políticas y económicas de Andalucía y en concreto a la situación de la novela, además del debate nacionalista de las Autonomías. Quizá hoy sí estemos en disposición de hablar de una mejor perspectiva del panorama literario andaluz sin que tengamos que aferrarnos al fetiche de un nombre que acaso se circunscriba a si resaltar si ¿existe o no una nueva narrativa andaluza? Existen un buen puñado de autores, que escriben  desde la perspectiva de la memoria, de su espacio físico y geográfico, con temas de su tierra y con técnicas que se inscriben en la línea de la mejor narrativa que se publica hoy en el marco de la narrativa española actual.
        La mejor constatación de lo expresado se muestra en la extensa obra de un escritor como Asenjo Sedano que, a lo largo de la década, continuaba publicando en 1973, Crónica, en 1976 El Ovni y conseguía, merecidamente, en 1977 el prestigioso Premio Nadal por Conversación sobre la guerra. Alguien ha afirmado que, junto con Eran los días largos, de 1982, se trataba de una prolongada reflexión sobre la guerra para, de alguna forma, dejar traslucir su profunda preocupación sobre la paz. En realidad, Asenjo, texto a texto, irá afianzándose en el panorama narrativo español del momento y pondrá en marcha una serie de historias que poco importa que sean de corte histórico, pero sí lo suficientemente objetivas, documentadas, rehechas, basándose, fundamentalmente, en la narración de los hechos y sobre todo a base de recuerdos y de cosas contadas. 
        Asenjo Sedano se integra, inicialmente, en esa llamada «Generación inocente», ese grupo de escritores que convierten las experiencias que tuvieron durante la guerra civil, siendo niños, como uno de los motivos centrales de su obra. Hay que apuntar que el escritor consigue ver la guerra civil española desde un punto de vista estrictamente literario, incluso consigue ir más allá en su obra siguiente, Eran los días largos de 1982 relatando, con  maestría, la pobreza  material y espiritual de la posguerra. A dos geografías que conoce bien José Asenjo pertenece su siguiente libro, aunque no sea en el orden de su aparición en su bibliografía. Habrá de dejar de hablar de algunos libros por no ser excesivamente prolijo: me refiero a Indalecio el Gato (aparecido inicialmente en 1983), una novelita corta que se sitúa en la Almería de postguerra y cuenta la crónica de un crimen. El volumen se completa con Gadeira y Ana Emérita Kerkade situadas en un Cádiz, fantástico y mágico. El escenario de su tierra granadina vuelve a recrearse en Joan de Dios (de 1988) el relato épico más lírico que he leído sobre la figura de este santo de los pobres granadinos. El autor declara su deuda con este personaje desde niño, aunque siempre ha considerado que no le fue fácil indagar en el alma de quien, con su santidad, fue capaz de conmover la conciencia de una ciudad y lo referente a cuestiones sociales tan vigentes aún hoy día.
        La historia de España está salpicada de personajes que, de alguna manera, contribuyeron a formar la intrahistoria de este país y así Asenjo Sedano cuenta en su siguiente novela El año de los tiros (1990) la historia de los hechos más significativos de la revolución de Cádiz de 1868, en boca del personaje Juan Francisco Llovet, hijo de una familia de librepensadores. El libro muestra la generosidad del pueblo gaditano para con sus héroes. Dos años más tarde conseguía ser finalista del Premio Andalucía de Novela con Papá César, el último naviero (1992), de nuevo la recreación de la bahía de Cádiz y de un singular habitante de la misma, Jacome Giorno, que se convertiría en el más floreciente naviero de toda la provincia. Y como de premios estamos hablando en la primavera de 1999 nos regalaba una nueva obra que conseguía el Premio Tiflos de Novela, organizada por la  (O.N.C.E); la novela es Memoria de Valerio (1999), la historia de Pía del Cid y el retrato de una Granada decimonónica que arranca con el entierro de Ángel Ganivet. El resto son toda una suerte de historias para contar desde Roma la vida de unos seres salpicados por la sombra del fascismo italiano y la figura del Duce, sobre todo en su protagonista Valerio. Otros personajes como Curzio Malaparte se asomarán en estas páginas que demuestran que la prosa de Asenjo Sedano sigue teniendo la misma fuerza de siempre. Historias del exilio (1995), recoge nueve cuentos de muy variada factura que se ajustan, perfectamente, al concepto esbozado. El autor declara que la serie referencia personajes más o menos ficticios, que bien hubieran podido ser parte de alguna de sus novelas anteriores y que por oscuros motivos, se han convertido en exiliados de su mundo narrativo. Ocurre así que, alguno que otro de los temas aquí esbozados, recuerdan a otras páginas publicadas por Asenjo Sedano de sus nueve obras narrativas extensas. Con Cuentos meridianos (1999) vuelve a repetir en su ya densa obra narrativa, ese concepto que viene ensayando el escritor y que ahora se traduce en catorce relatos de los que da referencia, él mismo, en un pequeña introducción. A excepción de dos cuentos, el resto habían sido publicados  anteriormente. Es esta una práctica común en la narrativa española contemporánea, recoger textos dispersos que de alguna manera ya no se encuentran disponibles y que facilitan así al lector su posibilidad de volver a leerlos. Esto no importa mucho si consideramos el libro como un conjunto en el que, por partes iguales, el corazón del escritor se encuentra dividido entre la ciudad de Almería, su tierra de adopción, y Cádiz, el paisaje de su juventud y aprendizaje.
        Los relatos participan de ese concepto esgrimido por el autor desde siempre, «contar las cosas con la  misma intemporalidad y simplicidad que las había venido oyendo en su tierra natal». Sus vivencias personales se trasvasan a su obra narrativa, aunque con el tiempo, es verdad, que su escritura se ha estilizado, tendiendo a una sosegada y laboriosa investigación para crear, poetizando y metaforizando, sus planteamientos literarios. Pero sorprendentemente, las historias reunidas en estos volúmenes de cuentos, si bien participan de todos los procesos apuntados, por primera vez se concretizan, viéndose obligado el autor, a determinadas  pautas de actitud y aptitud que, en general en su obra, han ido cambiando con el paso del tiempo; aparece, pues, una temporalidad manifiesta que obliga al novelista a ser concreto y a exponer de forma pormenorizada cuanto ha de describir, porque en poco más de tres o cuatro páginas, en algunas ocasiones más, se somete a una expresa concisión, como única y verdadera característica de ese relato que venimos definiendo. Hay, pues, referencias a un pasado alejado y cercano donde, nuevamente, la infancia y la niñez son los protagonistas de la historia contada, caso del cuento, «Exiliado»; de nuevo la visión de la vejez, con lo que este concepto supone en la obra del accitano, en «Mamá» o un ajuste de cuentas con el pasado y el presente, cercanos, que traspasa la frontera de la realidad para convertirse en visión onírica o fantasmagórica en esos relatos, dotados de un halo de misterio, como ocurre en «La extraña presencia», «La marisma» o «La maleta gris»; testimonio de la presencia activa de un escritor comprometido con su tiempo, capaz de llevar a las páginas de sus libros las lacras de la sociedad en la que vive, puesto que por sus historias desfilan temas como el amor, la vida o la muerte, además de la envidia, el odio, o la miseria mismas.
        Los textos escritos en Historias del exilio oscilaban en el amplio período que va entre 1979 y 1992, y no se concretizan, en modo alguno, en determinadas situaciones ni se localizan geográficamente, a excepción del titulado «Tiempo después», que el autor aclara, bien pudiera ser el epílogo a su novela corta, Indalecio el Gato, desarrollado en la ciudad de Almería. Y los textos de Cuentos meridianos se localizan, algunos de ellos entre 1972, «La corná», y 1997, «Lo que quisiste decir», la mayoría de los primeros en la ciudad de Cádiz y los segundos en la de Almería; hay otros, sin embargo, sin fechar. Desde diversas perspectivas técnicas, estos relatos sobresalen por su capacidad de transcribir un lenguaje popular, a veces escatológico, de profuso humor, capaz de fundir paisaje y personajes que, históricamente, se sostienen en el tiempo por la magia de una literatura singular, propia.
        El novelista Asenjo Sedano nos sorprende con una nueva entrega, Oeste (2003), la novela del desierto, como él mismo ha pretendido definirla, la historia y vida de un centenar de extras anónimos que hicieron posible el cine en Almería, un tiempo fantástico cuya proyección universal llevó el nombre de la ciudad y la magia de sus paisajes hasta las butacas de muchas de las salas de cine de todo el mundo. Oeste se inicia, en realidad, con la reconstrucción de parte de la vida de uno de esos actores extras, Juan Peñuela, alias el Patas Largas, y de su participación en la extraordinaria producción de Mr. Henry Master, un director innovador, que quiso crear esa nueva frontera del Western denominado «Oeste de Almería»; una idea que se le ocurrió al cineasta cuando conoció a Patas Largas y lo vio moverse con descaro ante sus cámaras. Esta es la trama que justifica todo el repaso a una época: los felices 60, además, de aportar toda una amplia información sobre los paisajes de Almería, la magia de su luz y los escenarios naturales que deslumbraron a una de las industrias más importantes del siglo XX: la cinematográfica. Pero, además, en la novela se recrea la Almería real y la de leyenda, con sus escenarios naturales y ficticios, con la imagen que los hombres de cine se llevaron de esta tierra. Al hilo, y estructuralmente, hablando, el joven periodista Silvano Mestre Domingo, realizará unas prácticas sobre el rodaje de la película Oeste y de los acontecimientos en torno al rodaje de la misma, incluida la extraña muerte del sheriff Jim, alias Patas Largas, un suceso ocultado durante años y que mucho tiempo después se pretende investigar para dar luz al asunto.
        Asenjo Sedano es un hábil narrador que ha sabido hilvanar en un solo ovillo las historias que se entremezclan en su novela: la historia humana de Juan Peñuela, uno de tantos pobres olvidados, los avatares del rodaje, fragmentos del guión de la película, los testimonios de amigos y conocidos del desaparecido sheriff, la investigación periodística del sagaz reportero, y sobre todo la atmósfera creada que confunde realidad con ficción cuando sus personajes deambulan por Rancho Texas, La Rambla o Tabernas City. En la estructura narrativa de la novela se superponen los planos que Asenjo Sedano ha ido escribiendo para dar coherencia a la historia, incluso se atreve, al final de cada capítulo, hasta un total de 29, con una pequeña descripción sumamente poética del espacio con el que ha convivido el escritor en los últimos treinta años de su vida. Así podemos leer: «¡El desierto! A través del cristal, era un loco y ondulante vértigo... Una acechante tentación, un continuo soplo de palabras... Viento... viento... viento... Un rumor, una tragedia, un misterio... Un cielo azul, azul, azul... También es la crónica social de una Almería tan romántica como paupérrima, aunque repleta de las ilusiones que muchos de sus habitantes soportaron hasta llegar a nuestros días, cuando repuesta de aquel pasado se abre a la mar y se adorna con las galas de una ciudad mucho más cosmopolita. Por las páginas de Oeste desfilan muchos de los extras del cine cuya inmortalidad quedó patente en las producciones de Leone o Lean, unidos a los nombres de míticas estrellas como Bardot, van Cleef, Kinski, Eastwood o Quinn y, también desfilan por sus páginas, los nombres de los contertulios indalianos: Perceval, Cantón Checa, Cañadas... El joven periodista viajará por los espacios naturales de Almería y recreará, en su relato, la nostalgia de un pasado repleto de figuras unidas y cercanas a la ciudad y al novelista, Bartolomé Marín, Pepe Andrés, el Padre Tapia o los más cercanos en el tiempo, rémora de ese otro pasado de esplendor y que hoy forman la intelectualidad de Almería moderna: Ceba, Nicolás, Egea, del Águila, Pérez Siquier, personajes reales que se congregan para festejar el espectáculo del cine del pasado, la memoria del extra desaparecido y, por consiguiente, la recuperación de una gloria viva. Al terminar la novela, el escritor, se permite un guiño final, cuando uno de los personajes, a punto de subir a un tren que lo llevará de vuelta a la realidad de su trabajo, le entrega un sobre con el nombre del asesino de Peñuela que no ha conseguido arrancar de muchos de los conocidos del extra, porque sin terminar sus pesquisas, contrasta que podía haberse tratado de un auténtico asesinato. Pero el joven, con miedo y más miedo, que era lo que, una y otra vez, le repetía su corazón, no quería cargar con el peso de ese nombre escrito, y haciéndolo trozos y más trozos, pequeñísimas partículas de papel, se dijo que, ese fantasma pertenecía, sin duda, al desierto...      

José Asenjo Sedano, Oeste; Almería, I.E.A., 2003; 289 págs.