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martes, 17 de enero de 2017

Eugenia Rico



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Eugenia Rico
ESOS AÑOS POR VIVIR


       Eugenia Rico (Oviedo, 1972) surgió al panorama literario reciente español tras una dilatada carrera de articulista, reportera, guionista de cine, además de otros diversos oficios relacionados con el mundo de la cultura. Tuvo la suerte de deslumbrar a un público lector que había leído hasta el momento una literatura alejada del buen estilo, de la calidad expositiva o de un buen tema, es decir esa novela espejo vivo de la más pura realidad. Los amantes tristes (2000), presentaba una historia intimista, cargada de un sorprendente lirismo que se traducía en un triángulo amoroso; según Rico, en esta novela utilizaba los sentimientos como protagonistas exclusivos para su relato; poco después obtenía el Premio Azorín con La muerte blanca (2002) y, una vez más, mostraba su capacidad para desvelar el punto de vista de un individuo que no es el único o el verdadero; y ahora con La edad secreta (2004), finalista del Premio Primavera, su capacidad interiorización se agudiza porque recorre el camino de una mujer madura a quien le han diagnosticado enfermedad y. aunque liberada poco después, del peso que supone la muerte, decide iniciar una huida hacia un mítico lugar bautizado como Nauchipán.
               Nuestra verdadera edad, señala Eugenia Rico, son los años que te quedan por vivir, y ésos nadie los conoce. Ésos, tanto para la protagonista de su relato como ella, se convierten en la edad secreta, y un día sin querer conoces tu verdadera edad. Con esa suerte de afirmaciones, comienza esta historia sobre ese concepto válido de una segunda oportunidad o sobre lo que puede suceder cuando todo parece perdido y la vida te ofrece una inesperada sorpresa. Sobre unos esquemas ensayados de road movies que recuerdan, agradablemente, a On the road, Easy Rider o Thelma y Louise, en su esencia misma, aunque Rico explora las dimensiones personales de una intimidad femenina, indaga en la desconcertada personalidad de una mujer cuya existencia se asentaba hasta ese momento sobre un vacío colectivo y personal y se sirve de ese conflicto para romper con una rutina matrimonial,  profesional y familiar, para ensayar, una vez en la carretera, acerca de las posibilidades del vivir, el sentido del placer y la sexualidad o la tremenda justificación de una nueva vida.
               A través de capítulos muy cortos, con una acertada estructura fragmentaria, con abundantes referencias a lo episódico de una existencia, se articula el relato, resuelto todo en una trama que irá sucediéndose a medida que la narradora cuenta los acontecimientos por lo que irá pasando, una nueva relación tormentosa con un joven veinte años menor, los recuerdos del pasado, las razones de su vida o la búsqueda de un destino envuelto en esa paradoja que se traduce en algo mítico o real. Sucesos que, por otra parte, determinan el final con una destrucción posible para que, una vez terminada la secuencia, de una forma aleatoria, se vuelva a repetir.






LA EDAD SECRETA
Eugenia Rico
Finalista Premio Primavera de Novela 2004
Madrid, Espasa, 2004

lunes, 16 de enero de 2017

Carmen Canet



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Todos los aciertos juntos 

                      

      









 La realidad y las formas, o a juicio de Gracián “todos los aciertos juntos que no bastan aun para desmentir un solo y mínimo error”, ejemplos de sentencias y procesos que cuatrocientos años atrás conformaban la exactitud del aforismo de un jesuita erudito del XVII, y que a día de hoy definimos como “una concreta frase breve y doctrinal que propone un principio de manera concisa, coherente, y de una forma cerrada”. A medio camino entre autorretrato y poética, a decir de Luis García Montero, enciende Carmen Canet (Almería, 1955) con su obra más reciente, Malabarismos (2016), esa pequeña llama que la almeriense equilibra con el peso del lenguaje, donde en cada palabra subyace ese destello genial, tan inesperado como magnético que se concreta en un buen aforismo.
       El horizonte habitual de las palabras se ensancha de su mano y convierte la rutina de lo cotidiano en un raro objeto de colección, en algo que nos permite sumergirnos en las profundidades de lo más íntimo, y de lo más subjetivo, al mismo tiempo que universaliza los conceptos de esa reflexión donde lo humano, lo social, lo políticamente correcto, y aun más lo intrínseco-lírico-poético ofrecen una elíptica visión de cuanto apreciamos en nuestro mundo; ese espacio concreto que Carmen Canet ha hecho a su medida, y cuando escribe construye textos inteligentes, de un soterrado humor, en ese válido juego de palabras, o con ese encubierto recurso de la ironía que observa con sumo cuidado el curioso espectáculo de lo cotidiano en una permanente búsqueda de aquellos otros ángulos que ofrece la realidad. Y como la narradora se permite con su libro orientarnos, sobrepasar esos bordes de la escritura y del sentido mismo, divide sus Malabarismos en cuatro epígrafes o calculados apartados que se concretan y desarrollan en “Destreza (en la vida)”, y entonces nos enseña, “Cuando nos equivocamos tanto, aprendemos a equivocarnos mejor”, el segundo que califica de, “Equilibrio (sobre amor y amistad)”, y, entre otros muchos aciertos, leemos, “Morir de amor es una metáfora lapidaria”, o el siguiente que titula, “Agilidad (ideas en vuelo)” que sentencia con un concreto, “La alegre militancia” o “Una supuesta naturalidad”, y que de alguna manera pueden leerse como resumen de todo el bloque, y para terminar, “Ingenio (de las artes)”, que confirma, “El poder narrativo de las enciclopedias”, y así dosifica la complejidad de un mundo en permanente construcción, pero sin embargo abocado a su propia destrucción. Memoria y olvido, reflexión y militancia con el arte de la palabra, esa permanente búsqueda de la que García Montero habla cuando escribe sobre Canet, la exigencia de una dimensión narrativa que, por su concisión y brevedad, escaparía a cualquier instante. Y pese a todo, la filóloga rompe un silencio y captura con su voz esas otras dimensiones de nuestro pensamiento como una inagotable fuente donde reconocer el sentido último de la vida, sin duda la nuestra, y por extensión la ajena.
       Carmen Canet, tan humana como profunda, explora y reflexiona sobre sus límites, sobre esos diferentes aspectos de una común existencia: el amor, y/o la amistad, el dolor o la felicidad, la vida o la muerte, el arte y el ingenio, sobre capacidad de la escritura y de su proyección en la vida, y todo resulta evidente cuando constatamos la fortaleza de sus precisos, y acertados juicios.











Malabarismos
Carmen Canet
Granada, Valparaíso Ediciones, 2016; 78 págs.

domingo, 15 de enero de 2017

Desayuno con diamantes, 94



CONTEMPORÁNEOS  O EL JUEGO DE LOS ESPEJOS

    El volumen Prosa (2004) del grupo «Contemporáneos» actualiza, en alguna manera, el valor de los narradores mexicanos que durante decenios fueron olvidados como un episodio menor de la historia literaria de México. La edición aparece en la colección «Obra Fundamental» que la Fundación Santander Central Hispano viene publicando en los últimos años.

        Modernos, contemporáneos y clásicos—ha llegado a escribir Iris M. Zavala a propósito del grupo Contemporáneos que, a principios del pasado siglo XX, cuando el ámbito social y cultural mexicano estaba aún impregnado de las reminiscencias del XIX y la política se debatía en ideologías caducas, proyectaban un México hacia la modernidad. Surge así un grupo, inicialmente de poetas, cuyos nombres, Xavier Villaurrutia, Gilberto Owen, José Gorostiza, Salvador Novo y Jorge Cuesta, sirven de referencia para la moderna y actual poesía que se escribe en el México de las últimas décadas. En España, Luis Maristany realizó la edición de una excelente antología del grupo en 1992, publicada, entonces, por Anaya&Muchnik y Blanca Estela Domínguez Sosa realizaba, en el año 2001, una nueva antología publicada por DVD. Una nueva visión totalizadora de Contemporáneos ofrece Domingo Ródenas de Moya, en una espléndida edición de la Prosa de estos escritores mexicanos; a los ya nombrados, añade ahora el crítico, a José Martínez Sotomayor y a Jaime Torres Bodet.


        En los años veinte surgen en América Latina diferentes tendencias poéticas o movimientos que vinieron a coincidir con la vanguardias europeas; leáse «ultraísmo» al que se adscribieron poetas como el peruano César Vallejo, el chileno Vicente Huidobro o el argentino Jorge Luis Borges; en México se proclama la muerte del «modernismo» y Enrique González Martínez funda en 1920 la revista México Moderno cuyos redactores y primeros colaboradores fueron Pedro Henríquez Ureña, José Vasconcelos y Alfonso Caso; poco después se incorporan los jóvenes poetas Salvador Novo, José Gorostiza y Jaime Torres Bodet. La revista, en realidad, fue el hilo conductor que más tarde desembocaría en el grupo de los Contemporáneos. Durante estos años México será el país que encabezará al mundo en pintura mural. El muralismo exalta los valores de la época prehispánica e idealiza la esencia azteca y se reproducen escenas de la vida cotidiana, rituales, cosmogonía e, incluso, ilustra episodios de la tragedia de la Revolución Mexicana. Tras el asesinato del Presidente Álvaro Obregón y la constitución del Partido Nacional Revolucionario que más tarde se convertiría en el actual PRI, los cambios en el panorama político fueron muchos hasta la llegada en 1934 del presidente constitucional Lázaro Cárdenas, durante cuyo mandato se tuvo la impresión que el gobierno se inclinaba hacia una vertiente del comunismo. Surge, entretanto, una generación de poetas cuya característica más notable, según señala Domínguez Sosa, fue no participar abiertamente en política ni estar dentro de un proyecto cultural estatal o nacionalista, sino que más bien adoptaron una actitud de ensimismamiento y regocijos espirituales.

La poesía
        Los Contemporáneos empezaron su labor bajo la protección de José Vasconcelos aunque muy pronto el grupo se distanció porque su poesía se encontraba en contradicción con el concepto de realidad mexicana que deseaba imprimir en el arte Vasconcelos. Las características comunes de la generación son una formación homogénea, proceden, en su mayoría, de revistas consideradas hoy de referencia e importancia  inequívocas, como por ejemplo Gladios, Pegaso, Ulises, México Moderno, La Falange, La Antorcha o una institución como el Ateneo de la Juventud; entre otras cosas, fueron promotores de nuevos grupos teatrales, fundaron algunos de los primeros cine clubes del país, ejercieron la crítica de arte, promovieron y adoptaron la nueva poesía internacional y tradujeron a diversos escritores internacionales defendiendo la libertad de expresión.
        La revista que les dio nombre se publicó entre 1928 y 1931 y se consolida como una revista de cultura, con un concepto moderno y un material selecto; por ejemplo, allí se publica una primera traducción del poeta T.S. Eliot y lo mejor de la literatura extranjera; algo que les lleva a ser tachados de elitistas y de alejarse del proyecto nacional de cultura. Cuando empiezan a escribir sus influencias son claramente modernistas pero dejan de ver la vida de una forma idílica y plasman en su obra una forma desgarrada y cruel de la existencia. Abordan algunos de los problemas del subconsciente, vislumbran la esencia del ser, su discurso poético gira en torno a la muerte, el sueño y el deseo. Jamás ha existido en el mundo de la lírica mexicana un grupo tan homogéneo y con circunstancias similares: edades semejantes, formación parecida, integración en torno a algunas de las principales revistas del país, exclusivismo poético, peso sobre todo, como ha señalado Héctor Valdés, la característica que estrecha aún más el círculo de amigos es que «la poesía de cada uno tiene momentos en que puede ser la de otro; es asombroso cómo existen versos, temas, imágenes que si bien no son idénticos a otros, tienen ritmos, palabras, evocaciones que los hacen semejantes, que a veces son ecos de lo ya dicho o anticipaciones de lo que se dirá entre los poetas del grupo. Un juego de espejos, de reflejos, es permanente en la producción poética de los Contemporáneos». Por otra parte, buscaron siempre el equilibrio entre tradición y modernidad. Nombres como André Gide o Paul Valéry son de obligada referencia para ellos, aunque paralelamente realizan lecturas atentas de textos de Sor Juana  y las referencias españolas del 98, la Revista de Occidente, la poesía de Juan Ramón Jiménez o los primeros brotes de la generación del 27. La lectura de autores como Marcel Proust, André Gide, el nombrado Juan Ramón Jiménez, Jean Cocteau, Gillaume Apollinaire, T.S. Eliot impulsó a muchos de estos jóvenes a llevar a cabo y a ejercer una actitud simultánea de crítica y de poesía.  Su campo de actuación, así, fue amplísimo, novela, ensayo, teatro, poesía, pintura, política, filosofía, historia, ciencias, religión, folklore, artes populares, costumbres y un largo etcétera. A partir de 1940, varios miembros, sin embargo, se oficializan, algunos mueren y otros callan.


La prosa
        En la introducción que Domingo Ródenas de Moya titula «El viaje a la prosa de los Contemporáneos» hace a su excelente edición de Prosa (2004), publicado en la colección Obra Fundamental de la Fundación Santander Central Hispano, expone que «siendo poetas la mayoría, ensayistas muchos, narradores los menos, todos contribuyeron en mayor o menor medida a la profunda renovación de la prosa castellana y a la expedición en busca de nuevas formas de narrar la experiencia». Añade, que «lo hicieron sin sujetarse a consignas de ningún tipo ni ejercer violencia en sus respectivos talentos para amoldarlos a una doctrina gregaria (...) cada uno de ellos siguió su propio itinerario, casi todos en soledad, casi todos con un talento deslumbrante (...) El rigor, el refinamiento cosmopolita y la tendencia al intelectualismo los hacían anómalos en un medio cultural desballestado tras la guerra civil» Aunque muchos de ellos trabajaron como funcionarios del nuevo Estado revolucionario, bajo las órdenes de José Vasconcelos y Pedro Henríquez Ureña, como ya hemos señalado, no comulgaron con el arte populista que promovía el estado, ejemplificado en los muralistas Rivera o Siqueiros. Así Villaurrutia se refería al grupo como «grupo sin grupo» y Torres Bodet hablaba de «grupo de soledades». Paradójicamente, como señala Ródenas de Moya, durante decenios fueron enterrados en los desmontes de la historia literaria de México, olvidados como un episodio menor, como una erupción del diletantismo narcisista.
        Entre 1924 y 1931 se desarrolla una sugestiva indagación en lo que se llamaría «nueva novela» que se resolvía en breves ejercicios narrativos de una elevada densidad poética.  Estos jóvenes que se dedicaban preferentemente a la lírica y al ensayo, se entregaron al cultivo de una prosa narrativa que nacía del mismo venero ético y estético que les ofrecía la renovación europea.  Las revistas Ulises y Contemporáneos fueron los dos medios que sirvieron para afianzar, definitivamente, lo que se había ido gestando desde algunos años antes en torno a este grupo de amigos y de sus intereses literarios. En mayo de 1927 aparece Ulises, bajo la dirección conjunta de Salvador Novo y Xavier Villaurrutia. Se publicarían seis números en total; en realidad, fue una revista de vanguardia, minoritaria y rompedora, pero volcó todo su interés en la nueva prosa de ficción que propugnaban estos jóvenes; así aparecieron fragmentos de las principales obras de Torres Bodet, Owen, Villaurrutia y Novo. Contemporáneos apareció en mayo de 1928, publicaría cuarenta y tres números, hasta su desaparición en diciembre de 1931. La importancia de las prosas de este grupo de Contemporáneos ha quedado en entredicho en numerosas ocasiones, como por ejemplo, en 1982, cuando Guillermo Sheridan admitía que recopilar los relatos del grupo era «una veleidad arqueológica» puesto que «esta vertiente casi marginal del grupo (...) apenas puede optar por un valor de tipo meramente histórico», pero en realidad, Pedro Ángel Palou y Rosa García Gutiérrez, han demostrado que se trataba de una obra minoritaria fraguada para el consumo interno de quienes participaban en un debate estético internacional. Domingo Ródenas, aclara en su «introducción» que se debería ver en «el arranque de la novela renovadora de Contemporáneos una simultaneidad con el de los novelistas de la Revolución y como una alternativa no nacionalista ni politizada sino cosmopolita y acendradamente literaria». Novelas como Margarita de niebla (1927), de Jaime Torres Bodet, Dama de corazones (1928), de Xavier Villaurrutia y Novela como nube (1928), de Gilberto Owen tuvieron una mayor repercusión fuera de México, concretamente, en España y en Francia; y lo mismo ocurrió con El joven (1928), de Salvador Novo.
        La obra narrativa y ensayística de los Contemporáneos no había sido editada hasta el momento en nuestro país. Domingo Ródenas insiste en que «sin la cual no se entendería la evolución de las letras mexicanas desde los años cuarenta». Además de los principales autores, el estudioso, incluye a José Martínez Sotomayor, autor de una de las novelas cortas más celebradas del proyecto narrativo, La rueca del aire (1930), elogiada por Gorostiza. Una somera bibliografía acompaña al estudio que nos introduce a la selección antológica y sobre todo, una amplia bibliografía introduce a los diferentes autores y sus textos para que el lector español tenga el conocimiento completo de la importancia que supuso, en una valoración objetiva actual, el grupo Contemporáneos.

sábado, 14 de enero de 2017

Caricaturas



Caricatura
nombre femenino
1.   1.
Retrato en el que, con intención crítica o humorística, se deforman en exceso los rasgos característicos de una persona.
"Cada día publican una de sus caricaturas en el periódico".
























© Kikelin








   
   
    
     
     José Luis Sampedro Sáez fue un escritor, humanista y economista español que abogó por una economía «más humana, más solidaria, capaz de contribuir a desarrollar la dignidad de los pueblos».
Fecha de nacimiento: 1 de febrero de 1917, Barcelona.
Fecha de la muerte: 8 de abril de 2013, Madrid.


 

viernes, 13 de enero de 2017

Antonio Prieto



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LA GUERRA DE TODOS


        ¿Quién o qué selecciona nuestra memoria?, se pregunta Antonio Prieto (Almería, 1930) en uno de los capítulos de su más reciente novela, Una y todas las guerras (2003). Un ambicioso proyecto para realizar un repaso heterodoxo por la historia de la humanidad en cinco etapas o capítulos: la mítica Troya, la opulenta Roma, la sociedad cortesana del XVI, el horror y las secuelas de la revolución francesa, la Alemania nazi y la figura de Hitler, que provocaría la Segunda Guerra Mundial o la reciente conmoción que supuso la destrucción de las Torres Gemelas en Nueva York. En realidad, Prieto que hasta el momento había destacado por tratar de novelar episodios y épocas de la historia muy importantes, aspira en esta ocasión a un verdadero tratado o ensayo sobre ese difícil empeño del ser humano en convertir en arte la actitud bélica y de muerte de los hombres tanto en el pasado como en el presente.
        En esta ocasión Antonio Prieto juega con el tiempo y es capaz de mezclar realidad y ficción con esa habilidad que caracteriza a su narrativa, esa ambivalencia que le otorga al género histórico y a la evocación de la memoria. El narrador, en esta ocasión, se convierte en ese protagonista, se confunde con él y reconstruye el pasado con el recurso de la memoria para así permanecer de forma anónima durante todo su recorrido. La novela recuerda algunos de sus textos anteriores, La enfermedad del amor (1993), La plaza de la memoria (1995), El ciego de Quíos (1996), ese magistral retrato de Homero, rememorado, también, en estas páginas o quizá esa polivalencia de sentido que se percibía en Isla Blanca (1997), con un narrador que se desdobla en múltiples situaciones y que justifica la ficción misma de la voz narrativa. Situado en su nuevo texto en la actualidad, desde un apartamento en Atenas, frente a la Acrópolis, ese protagonista sin nombre escribe, recuerda, recrea y vive buena parte del milenario pasado para su amada Carla, una joven italiana que se convierte en la destinataria del relato. Junto a los momentos de amor, el narrador irá haciendo un repaso de las guerras vividas y de su evolución en la historia para así constatar las ambiciones del ser humano y las manipulaciones a que se somete la humanidad; en realidad, Una y todas las guerras, se convierte en una teoría particular sobre las mentiras que ha ido ofreciendo la historia y sus justificaciones; las encrucijadas del ser humano y las múltiples manifestaciones de esa incansable pasión por mandar que caracteriza a los soberbios de la tierra; y así, desde el amor, con la mirada de la sabiduría que otorga la vejez, el narrador analógicamente distribuye su discurso aunque no puede dimensionar temporalmente su estancia junto a la amada y con esa naturalidad con que ha ofrecido su versión de una y de tantas guerras se despide de la actualidad con la imagen televisiva de la destrucción de las Torres Gemelas del World Trade Center, planteando, de nuevo, que la seguridad del mundo, una vez más, se ha derrumbado. 






UNA Y TODAS LAS GUERRAS
Antonio Prieto
Barcelona, Seix-Barral, 2003

jueves, 12 de enero de 2017

Fernando Aramburu



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VIDA DE UN PARÁSITO

              
        Existen a lo largo de la literatura de todos los tiempos comienzos originalísimos que nos llevan a repasar buena parte de nuestro pasado literario, a veces se convierten en homenajes como ocurre cuando se lee algo como lo siguiente:  «La gente cree que los piojos sólo sabemos picar y tumbarnos a la bartola entre una y otra picadura, pero no es verdad». Esta es una de las buenas disposiciones del protagonista de este relato, en realidad, un vulgar insecto hemíptero. Un curioso recién nacido, precisamente en la nuca de un maquinista, y, además, insiste, «¡Como si no tuviéramos nuestros propios sentimientos!». Fernando Aramburu (San Sebastián, 1959) es un autor con una sólida obra literaria hasta el momento, desde sus inicios en novela, con Fuegos con limón o el libro de relatos, No ser no duele. En esta ocasión explora, con magistral precisión, el mundo infantil y entrega Vida de un piojo llamado Matías (2004), en realidad, una fábula sobre nuestra propia existencia sin que por ello tengamos que ver ese doble sentido que el autor, indudablemente, ha querido otorgarle a su historia.
        Matías, es el  nombre que el propio bichito ha tomado del gigante en cuya cabeza ha nacido, y vive la existencia típica de un parásito. Desde los primeros pasos hasta la última vuelta del camino, este ejemplar personaje, de mala reputación entre los humanos pero, tal vez, algo más querido a partir de este momento en el mundo de la fábula, irá pasando por las distintas vicisitudes que recorre cualquier humano y, por añadidura, desde el ámbito de un rincón de la cabeza hasta otro espacio diferente, viajando, incluso, a través de un gorro y hasta la cabeza de un niño. Así Matías se enfrentará a la soledad hasta que un día descubre a su hermana, a la visión del poder y de la esclavitud cuando ambos son apresados por el rey de la caspa, y de nuevo a la soledad y al abandono cuando huye del lugar en la gorra del maquinista. Nuevas aventuras llevan al joven piojo hasta una estación de tránsito para empezar, desde aquí, una vida nueva.  Ahora en su existencia conocerá el amor, el odio, la amistad y nuevos peligros, como protegerse de los dedos del niño cuando recorren su cabeza una y otra vez o huir de una máquina infernal ante el rapado de la cabeza donde ha pasado los últimos días y que truncará el sueño de esa nueva vida.
        Aramburu, indulgente, con sus personajillos, lejos de atribuirles las cualidades  que pudiéramos pensar en cualquier cuento fantástico, resuelve la intención última de su narración con maestría transportando, finalmente, a su protagonista hasta el perro de la casa desde donde, Matías, el piojo, ha vivido para contar el relato de su vida que ahora contempla desde esa tranquilidad que le llevará a reencontrarse con algunas vivencias de su infancia, con apenas unas horas o unos días, y cuando cinco semanas más tarde se ha convertido en un anciano de su especie, y muestra la sabiduría que, como la humana, caracteriza a la senectud.






VIDA DE UN PIOJO LLAMADO MATÍAS
Fernando Aramburu
Barcelona, Tusquets, 2004

miércoles, 11 de enero de 2017

Hoy invito a…



José Antonio Sáez                                    
LAS CHICAS DE PRAGA

            
       Proliferan, sin duda, en nuestros días las colecciones dirigidas al público lector más joven (niños y adolescentes) y las editoriales compiten por hacerse con un mercado potencial que debe de tener bastante aliciente para la industria del libro. En este ámbito hay que situar la novela Después de Praga nada fue igual, de Pedro M. Domene (Huércal-Overa, Almería, 1954), que obtuvo el I Premio de Narrativa Juvenil «Los Pedroches». Se trata, pues, de un relato cuya protagonista es una adolescente que viaja con su familia, no de buen grado inicialmente, a la ciudad de Praga: su padre, un profesor subyugado por los atractivos de la ciudad; su madre y su hermana, a la que denomina « la pava». La fuerte personalidad de la protagonista se deja notar en esta historia, en la que compiten por ocupar el primer plano del relato, tanto la propia adolescente como la misma ciudad de Praga, la cual no aparece aquí como un decorado cinematográfico sino como verdadero ámbito, bien conocido por el autor, donde se suceden unos acontecimientos, en gran parte triviales (vividos como turistas), pero que se verán superados en la ficción narrativa por el secuestro que la joven española Marta y la checa Minze, una vendedora de figurillas de cristal,  sufrirán a cargo de una de las mafias que actúan en la ciudad, hasta que son rescatadas por el joven Jan, amigo y protector de Minze. Los personajes aparecen bien caracterizados psicológicamente y los acontecimientos resultan plenamente verosímiles, por lo que el relato se presenta sólido y creíble.
       La fascinación que el padre de la protagonista siente por la ciudad se va contagiando progresivamente al resto de la familia. Él señala los itinerarios por donde aventurarse en los recorridos diarios por las calles  de la capital checa o los lugares emblemáticos como el Puente de Carlos, las visitas a los míticos cafés donde antaño se reunieran escritores y artistas, e incluso al cementerio donde reposan los restos de Kafka y cuya tumba visitarán antes de dejar definitivamente la ciudad. La sombra del autor de La metamorfosis vaga por la narración, pero junto a ella aparecen también las de otros poetas y novelistas como Jaroslav Seifert o el mismo Milan Kundera. Del mismo modo, desfilan ante el lector algunos de los principales acontecimientos de la historia reciente de la capital checa en el siglo XX, en especial los problemas surgidos con los judíos y la ocupación nazi o la invasión de las tropas rusas en la conocida Primavera de Praga. No faltan tampoco las referencias a la difícil situación socioeconómica actual del país.
       Sin caer en una erudición innecesaria, Pedro M. Domene da sobradas muestras de conocer excepcionalmente la literatura, la historia y los valores arquitectónicos de Praga; conocimientos que sobrepasan la simple información que pueda obtenerse ocasionalmente. Los suyos responden a un  acopio de lecturas sabiamente acumuladas con el paso de los años y suficientemente digeridas como para referirse, con naturalidad aparente, a cuentos detalles vienen al caso.
               Después de Praga nada pudo ser igual porque la protagonista, una adolescente de 16 años, da el salto a la madurez a raíz de la experiencia de su secuestro compartido con la checa Minze, que había madurado con mayor prontitud debido a las duras condiciones de vida que la rodeaban. Así pues, la experiencia del secuestro resulta clave en la maduración personal de Marta, quien a partir de entonces comienza a dejar atrás tanto su rebeldía ocasional como su antojadiza y, quizás, caprichosa voluntad. La novela deja un amplio espacio para que sean muchas las adolescentes que puedan verse reflejadas en el transcurso del relato. El secuestro de Marta y Minze se convierte, quizás, de este modo, en algo simbólico, puesto que para la protagonista supondrá la entrada en una nueva etapa de su vida: en este caso la juventud, y le enseñará a ver las cosas desde otro punto de vista no tan radical y hasta cierto punto inexacto del que tenía hasta entonces.
       Después de Praga nada fue igual resulta así una primera novela que dice mucho y bien de su autor, el cual  nos deja ante la espectativa de otras historias que han de suceder a ésta con tanto interés como la presente. Pedro M. Domene da sobradas muestras en este relato de que, además de ser un buen lector y un excelente crítico literario, posee sobradas dotes para afrontar el complicado mundo del género narrativo sin complejo alguno, con más que notables dotes.









DESPUÉS DE PRAGA NADA FUE IGUAL
Pedro M. Domene
Sevilla, Algaida, 2004; 170 pp.