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lunes, 19 de diciembre de 2016

Desayuno con diamantes, 92



UNA FIESTA FAMILIAR: LA LITERATURA DE SANDRA CISNEROS

               
       La literatura chicana en E.E.U.U. salta al panorama editorial mundial de la mano de la narradora, Sandra Cisneros (Chicago, 1954), autora de algunas novelas de éxito que ahora publica su voluminosa Caramelo (Seix-Barral, 2003), el relato de toda una saga familiar.

       Un país como México sigue siendo una obligada referencia para muchos de los simpatizantes que de alguna manera nos sentimos fascinados tanto por su cultura ancestral como por sus costumbres, su geografía o su literatura. Visto desde el exterior la extensión y la variedad de este país puede parecer lo más caótico de los mundos, aunque, literariamente hablando, sus escritores, desde dentro y desde fuera, se esfuerzan por mostrar esa variedad de registros que culminan en el mestizaje de lo impresionante de su mejor cultura. Tanto es así que la lenta colonización chicana lleva años esforzándose por mostrar en su ficción la tradición literaria de origen hispano en los Estados Unidos para unir sus voces a las de sus antepasados y saltar al panorama narrativo mundial para lograr su espacio tanto en la literatura anglosajona como la hispana. Los nombres de Villarreal, Rivera, Acosta, Arias, Morales o Miguel Méndez, forman parte de esa interesante nómina con la que ya habría que contar en el panorama literario contemporáneo y a ellos se han unido las nuevas voces de Denise Chávez, Ana Castillo o Sandra Cisneros, que se han convertido, con sus obras, en estas últimas décadas en el fenómeno editorial que con su rebeldía sirve de punto de unión entre los escritores más interesantes de la literatura escrita en la Norteamérica actual.
              
Fenómeno Cisneros
       El fenómeno Sandra Cisneros (Chicago, 1954) es quizá de los más sonados en estas últimas décadas desde que publicara La casa en Mango Street (1984) o el libro de relatos, Érase un hombre, érase una mujer (1991), aunque antes había entregado varios poemarios que datan de los años 80. Cuando se le pregunta acerca de su última novela, Caramelo ( 2002), que ahora presenta la editorial Seix-Barral en una magnífica versión de Liliana Valenzuela, ella afirma que ha invertido los últimos dieciocho años en contar la historia de la familia Reyes a través de varias generaciones. En realidad, se trata de revivir la infancia en esa suerte de encantamientos que nos acompañan hasta que somos adultos y finalmente los vemos transformados en literatura. Así con su novela ha tratado, esencialmente, de recuperar ese espacio de un pasado perdido, pero además ordenarlo como algo común que afecta a ese numeroso grupo de chicanos en Estados Unidos y sobre todo porque recoge buena parte de sus ancestrales costumbres que sobreviven pese a la fuerza de la lengua y las costumbres inglesas en la que se manejan diariamente. No obstante, cuando uno lee Caramelo, lo mexicano o la mexicanidad aflora en sus páginas o cuando se regresa al país de la mano de la familia Reyes, cuando éstos emprenden su viaje desde Chicago hasta el D.F. para visitar a la abuela Soledad, uno de esos personajes matriarcales que extiende toda su vida imponiendo su carisma familiar. En realidad, y en palabras de la narradora, es la historia de una «abuela enojona», cuya vida empieza cuando su padre viudo la regaló a una prima suya para mejorar la vida de la pequeña. A partir de un recurso narrativo basado en el recuerdo de su única hija, Lala, será quien se convertirá en una moderna Sherezade que extenderá su relato a lo largo de las más de quinientas páginas del libro.


Estructura  
       La novela está estructurada en tres partes y se refiere a los continuos viajes que dará la familia Reyes enumerando, pormenorizadamente, sus orígenes en México. Sobre todo emerge la figura del padre Inocencio que ha tenido que abandonar su hogar para sobrevivir en un país cuya lengua y costumbres le son tan ajenas. La novela empieza con un elegíaco viaje a Acapulco y termina treinta años después en una fiesta de aniversario. El matrimonio de Zoila e Inocencio han sobrevivido al paso del tiempo y será su hija Celaya quien ordene y ponga el punto final a toda una saga. A modo de telenovela por sus páginas desfilan, fruto del recuerdo, todo el romanticismo de ese país, el sentimentalismo de sus gentes, así como la miseria, el dolor, la pobreza, ese sobrevivir día a día y su vehemente deseo de contacto con la cultura del Norte a donde se acude con el único patrimonio de unos brazos fuertes. Quizá por todo lo visto hasta el momento la novela engancha desde las primeras páginas y en ella se muestran y perciben los sabores, las sensaciones, los ritmos que mantienen la vivacidad del relato. También es cierto que la prosa de Cisneros es festiva, muy viva, arranca de la tradición y de los dichos populares en todo un alarde de virtuosismo coloquial, anotado en muchas ocasiones con explicaciones a pie de página que la autora se molesta en incluir para así ofrecer otro relato paralelo, el de la verdadera historia de su país, desde la Revolución, pasando por los difíciles años de las dictaduras, la emigración y su posterior inclusión en el mundo anglosajón. El universo narrativo de Sandra Cisneros está recubierto de todo ese rebozo con que se inicia el relato de esta saga familiar y cubre la historia de toda una vida, esa que nunca se ha de acabar porque nunca se dieron los últimos puntazos de ese fino bordado con que la autora nos sorprende en cada una de sus páginas. Pero sobre todo, como afirma la traductora, se trata de una novela que muestra, en versión fideligna, el acervo cultural de los muchos latinos que enriquecen la literatura chicana con sus textos y, por ende, la estadounidense y la mundial. Aunque como ha afirmado la crítica, Caramelo, es un libro sobre la memoria—la mala memoria del corazón—y los lazos familiares en torno al amor, el odio, la lealtad, el rechazo o la aceptación. Y, finalmente, es una novela sobre el poder conciliador de las historias que se cuentan en nuestro complejo mundo.


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