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jueves, 19 de octubre de 2017

Fernando Iwasaki



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TECLEADO A MÁQUINA
              
       Resulta relativamente fácil escribir sobre alguien cuya versatilidad en la literatura trasciende cualquier temática o aspecto formal, y además se inscribe en el valor mismo de unas claves que al lector le sirven para regocijo porque en sus textos siempre se haya ese movimiento perpetuo que otros muchos autores ya habían intentado ensayar y, a medias, conseguido. Literatura y vida componen, por consiguiente, la obra y por extensión la narrativa breve del peruano Fernando Iwasaki (Lima, 1961), cuyas reflexiones responden a un deseo de cambio que desde siempre ha venido impuesta por una sociedad moderna, aquella de finales de los ochenta, cuando el narrador comenzaba su andadura y propugnaba una necesaria evolución que provenía de una Modernidad emergente de comienzos de siglo, reflejada a lo largo de las décadas siguientes en la esencia más íntimamente humana que provocaría todo tipo de progreso social, artístico o cultural y científico.
       Para hablar de la génesis literaria de Fernando Iwaski bastaría compararlo con autores como Francisco de Quevedo, Ricardo Palma o Ramón del Valle-Inclán porque, sin duda, el peruano-sevillano, siente que se juega la vida con cada palabra que escribe o, al menos, eso trasciende del valor de sus textos, tan precisos como ajustados, o tan aparentemente sencillos como melodramáticos. Iwasaki plantea, al menos en su narrativa breve, contar historias de mitos con personajes de muy diversa procedencia porque pretende, sin duda, ofrecernos su visión tierna de la vida aunque repleta de un oscuro y malintencionado sarcasmo que se percibe en sus planteamientos iniciales y que ya nunca abandonará en su futuro literario.
       De vetustos, arcaicos y decadentes califica el propio Fernando Iwasaki estos dos libros de relatos, Tres noches de corbata (1987) y A Troya, Helena (1993), reeditados ahora, con mucha fortuna, bajo el título de Papel carbón (Páginas de Espuma, 2012), y que, en realidad, son la génesis narrativo-literaria del peruano como hemos podido comprobar después, en sus colecciones siguientes de cuentos, algunas de sus novelas o esas mixtificaciones que dan lugar al particular mundo jocoso festivo del escritor afincado en Sevilla. Recordemos sus títulos de relatos, Inquisiciones peruanas (1994), Un milagro informal (2003), Ajuar funerario (2004), Helarte de amar (2006) o España, aparta de mí estos premios (2009). Sin embargo, Tres noches de corbata, el primero de sus libros de cuentos, ofrece la madurez que otorga la buena literatura. En esta colección, mito, sueño y magia se combinan al tiempo que ofrecen un clima de pánico o una visión de una eterna pesadilla que posteriormente iba a desarrollar el narrador en futuras entregas. En la mayoría de los relatos, quizá en todos podíamos asegurar, planea la muerte, y aun más terminan con la muerte de sus protagonistas, como ocurre en uno de los más sentimentales, “La otra batalla de Ayacucho”, donde un abuelo decide morir porque su nieto no comprende el significado épico de los soldados y el niño se muestra más partidario de las espadas láser; y en otros, se paga el atrevimiento de sus protagonistas y muestran sin duda la fascinación del autor por transmitir al lector su visión de lo inexplicable, o aquello que siempre queda en el aire, o incluso resulta casi inverosímil. Algunas de sus obsesiones ya están presentes, sobre todo su visión particular de las Crónicas de Indias que mezcla con otras mitologías y el saber popular del mundo cinematográfico, televisivo o algunas de las mejores leyendas urbanas de la época para así lograr la yuxtaposición de argumentos varios que incluyen, incluso, el mundo de la novela negra donde el misterio o el engaño resultan lo mejor de la ficción y de la realidad del peruano. La huella de Borges o la fantasía de Cortázar patentizan, de alguna manera, esa recurrencia sorprendente al final de sus cuentos y, una vez aprendida la lección, tenderá a desaparecer en posteriores colecciones. La profundidad de estos cuentos, la huella mostrada de los maestros queda relativizada por la impronta del humor con que Iwasaki dota a algunos de estos relatos, quizá los considerados más duros, suavizándolos con expresiones coloquiales y despojándolos de una abstracción que convertirían a la historia en un sesudo ensayo sobre amplios conceptos filosóficos al más claro estilo schopenhaueriano, y sobre todo esa idea acerca de la ausencia de una identidad en algunos de los personajes.
       En el caso de la segunda colección, A Troya, Helena (1993), Iwasaki solo se repite en su afición a los mitos, aunque insiste en aportar una magistral exposición del habla popular, y ahonda magistralmente en una sensualidad que combina entre la chispa peruana y andaluza porque en estos relatos se plantea un explícito homenaje a los sentidos más humanos, además de un sibilino recorrido por el erotismo aunque en este caso la mujer siempre lleva la voz cantante, como en el caso del cuento que da título al libro en el que el marido descubre a la esposa practicando sexo anal con un antiguo alumno suyo, y dice explícitamente, “Recordé cuántas veces intenté penetrar infructuosamente en los insondables dominios traseros de Helena y reprimí un instinto homicida desde el otro lado del espejo. (...) Helena ahora se había convertido en una cocodrila, en una Melusina insaciable (...). Ahora gritaba con la cara congestionada, la sonrisa contenida, el desenfreno en cuatro patas”. Nos sumergimos en el mundo de los sentidos, por ejemplo, el oído en “Rock in the Andes!, el gusto, “Arroz a la polaca”, la vista y el tacto, “Hawai, Cinco y Medio” o “A Troya, Helena”, y el olfato en “La rueda incontinente”, cuentos donde la música, la comida y sobre todo el erotismo con los sentidos de la vista y el tacto, presuponen el valor que le otorga el narrador a sus relatos, plagados de referencias mitológicas y culturales de la segunda mitad del siglo XX que, de alguna manera, provocan un alto nivel de erudición, ingenio y sabiduría popular que tan espléndidamente combina Iwasaki para provocar una hilarante carcajada que siempre, siempre va mucho más allá. En ocasiones, el tono jocoso, humorístico, cede espacio a la amargura y provoca algunas denuncias que oscilan entre la ternura y la dureza de una existencia, como ocurre en el primero de los cuentos de la colección, “La danza de la gravedad”, que cuenta como un niño boxeador muere en el ring.
       La variedad temática en este libro es mayor que en el anterior, los cuentos ofrecen ahora una sublime propensión a transformaciones de más envergadura porque el mecanismo que las sustenta ofrece reflexiones más complejas sobre los personajes y sus acciones, o sobre los tiempos narrativos que ahora se supone se vislumbran en condiciones diferentes.






PAPEL CARBÓN
Fernando Iwasaki
Madrid, Páginas de Espuma, 2012.

martes, 17 de octubre de 2017

Jesús Esnaola



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RECUENTO FINAL
              
       El concepto de microrrelato propone una forma discursiva nueva que sitúa sus límites en la expresión narrativa misma, y corresponde al eslabón más breve en la cadena del concepto general de narratividad. Durante décadas se hablaba de novela, novela corta, cuento, relato y microrrelato, este como una forma más de esa cadena, tanto es así que Irene Andrés-Suárez, lo define como “un texto literario en prosa, articulado entorno a dos principios básicos: hiperbrevedad y narratividad, factor que permite distinguirlo de otras modalidades prosísticas desprovistas de la sustancia narrativa”. La hiperbrevedad condiciona la trama, los rasgos formales, la temática, la economía narrativa, la elisión y la concisión, que resultan características esenciales de este tipo de textos. Quizá por eso, al microrrelato lo gobiernan leyes distintas a las de la literatura, se distingue por su concisión y su naturaleza elíptica, que Raúl Brasca define como “portentoso poder de sugerencia de lo no dicho cuando lo dicho ha sido sabiamente calculado”; y respecto a la narratividad, los conceptos estructurales oscilan entre un punto de partida, la temporalidad y la unidad temática, la unidad de acción y la causalidad. Al escritor de microrrelatos, según Merino, no le interesa del desarrollo, sino el momento climático de la historia, que lo diferencia del cuento más clásico, y contar con lectores con un estado mental muy particular, dispuestos a rellenar cuantos vacíos de información le proporcione un texto de semejante naturaleza.
       Jesús Esnaola (San Sebastián, 1966) entrega, Los años de lluvia (2012), una colección extraordinaria de ochenta y seis microrrelatos escritos en un dilatado tiempo, el proporcionado al narrador para llevar a cabo un riguroso proceso de depuración, y así conseguir un buen puñado de historias. El libro está dividido en dos amplias secciones, una primera cuya característica esencial es su imaginación, y resulta tan evocadora como deslumbrante por su capacidad elíptica, que titula, “Un vago secreto”, porque en sus breves historias, mezcla misterio con horror, y en otras, esperanza con destino, un combinado de aspectos increíbles de nuestra vida cotidiana que solo pueden hacerse realidad a través de la certera pluma que nos lleva o traslada a ese lado oscuro como ocurre en los estupendos, “Duvú”, “El niño de la guerra” o “Sensaciones”, que evocan esos otros límites, incluido el horror sin paliativos; y en la segunda, “El tiempo de papel”, la realidad se concreta ahora en aquello que nos circunda, y en los breves “La mesilla”, “Familia tradicional”, “Lentejas”, aparece la apariencia y la crueldad, el humor y el sarcasmo, incluso una mordaz ironía, como ocurre en “Complementarios”. Los años de lluvia es una colección de relatos que, tras una lectura atenta, nos hacen replantearnos la vida, incluso nos llevan a realizar un recuento final indescriptible porque, en muchos de ellos, se produce esa sensación de inquietud y nos mantienen en vilo hasta la última página.






LOS AÑOS DE LLUVIA
Jesús Esnaola
Sevilla, Paréntesis, 2012

lunes, 16 de octubre de 2017

Marta Rivera de la Cruz



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MAPA DE LOS SENTIMIENTOS
              
       Existe un complicado mapa de los sentimientos donde aspectos como los celos o la envidia, la lealtad y el amor, se traducen en esos conflictos que los humanos debemos superar, conductas que Marta Rivera de la Cruz (Lugo, 1970) ensaya en forma de novela. En La vida después (2011) se pregunta si es posible una profunda amistad entre un hombre y una mujer sin que la atracción física y el sexo tengan nada que ver en ese contacto.
        Jan, el protagonista masculino de esta historia, muere repentinamente de un infarto, pretexto para que Victoria, profesora universitaria y casada con un millonario aspirante al Senado, viaje al funeral desde Nueva York. Una última carta legada del amigo, prolongará su estancia en Madrid, obligada por el encargo sentimental que deja: su relación con Marga, Solange, la hija fruto de una relación anterior, además de una excesiva suegra. Una realidad muy distinta a la situación anterior: convivir con una adolescente malcriada, cuantificará las enormes deudas y se verá obligada a asumir la posibilidad de salvar la librería heredada por la viuda. Los motivos recurrentes en la obra de Rivera de la Cruz se concretan en el paso del tiempo, en el miedo a una existencia sin sentido e insiste en la necesidad de superar los obstáculos que la vida pone en nuestro camino. Sus personajes resultan vulnerables, débiles incluso, fortalecidos en sus dificultades. Sin duda por este, y no otro motivo, la narradora gallega consigue esa capacidad de crear un vínculo sentimental entre ellos y, sin duda con  el lector, porque aquellos jamás serán conscientes de la cantidad de cosas ocurridas para encontrarse en el punto donde están, para convertirse en quienes son. Los recuerdos de adolescencia y juventud de Victoria, su experiencia universitaria, las tertulias bañadas en alcohol y tabaco, su relación con algunos hombres, incluida la sombra omnipresente de Jan, cubren la primera parte de una narración lineal, con una unidad de pensamiento retrospectivo que provoca una reflexión entre las mujeres protagonistas, una introspección que degenera en el resto de la historia: salvar la situación anímica y económica de estas mujeres para quienes, fortuitamente, se abre un nuevo camino paralelo a su destino: la librería recibe un rollo de película con escenas de una primerísima Greta Garbo, extraña historia que conlleva la posibilidad de contactar con el dueño originario de la cinta, un anticuario londinense, a quien Marga pretende conocer para ofrecerle la mitad del beneficio de su venta. En Londres, el relato retrocede en el tiempo para volver a la Europa de los años veinte y treinta, a Estocolmo y al Berlín prenazi. Es así como Marta Rivera de la Cruz abre un nuevo capítulo en la vida de sus mujeres, de Victoria que disfrutará de una vida después junto a Douglas Faraday. La novela se convierte así en un relato de suspense y, junto a una equilibrada dosis de narración tradicional, ofrece todos los ingredientes de un relato ameno, incluido el desamor, las pasiones e iniquidades en los personajes secundarios que proporcionan un aire folletinesco a la historia para que, sin que desvelemos el final, todos y cada uno de ellos disfruten de otra vida. 
                             






LA VIDA DESPUÉS
Marta Rivera de la Cruz
Barcelona, Planeta, 2011

domingo, 15 de octubre de 2017

Desayuno con diamantes, 120



 CINCUENTENARIO DE LA CIUDAD Y LOS PERROS



      
       Las vicisitudes que corre un libro hasta que llega a los escaparates de una librería, son dignas de otra crónica, sobre todo si el texto en cuestión debe sortear antes la censura como ocurría en la España de 1962, cuando la novela, La ciudad y los perros, que finalmente obtuvo, en Barcelona, el Premio Biblioteca Breve por unanimidad. José Miguel Oviedo, según podemos leer en su magnífico ensayo, Mario Vargas Llosa: la invención de la realidad (1970), ya había propuesto el original de un desconocido Mario Vargas Llosa a un editor argentino, quien no le concedió importancia alguna. Así que, el texto, circuló por la editorial barcelonesa, dirigida entonces por Carlos Barral, durante meses quizá olvidado por un informe negativo redactado por un afamado novelista de época, Luis Goytisolo. Fue el propio Barral quien salvó el original tras verse en París con el joven autor de una novela que originariamente se llamaba La morada del héroe, y que convencido por el editor, tras una prolongada deliberación, envío con ciertas reticencias al Premio Biblioteca con el título de Los impostores que, como sabemos, el jurado premió por unanimidad y aparecería en octubre de 1963. Poco después, optaría al Prix Formentor, por entonces de un gran y verdadero prestigio literario que no consiguió, derrotado por Le long voyage, de Jorge Semprún, con polémica, subterfugios y acciones poco limpias que otorgaron el premio a un libro respetable aunque el procedimiento para su obtención, según Carlos Barral, resultó infantil y mafioso. Sin embargo, La ciudad y los perros, fue inmediatamente aplaudida por la crítica y tras la sospechosa derrota del Formentor, recibió el Premio de la Crítica Española un año después, un galardón libre de toda sospecha a lo largo de muchos años y, desde luego, jerarquizador de los verdaderos prestigios literarios de la literatura española contemporánea que se prolongan hasta nuestros días. Pronto el nombre de Mario Vargas Llosa y la lectura de La ciudad y los perros, se convirtió en un hecho literario digno de atención y estudio; primero por la juventud del escritor que, prácticamente, salía de la nada y, segundo, porque la crítica especializada se atrevió con interpretaciones que convirtieron la novela en obligada lectura, no solo en el ámbito español sino en otras lenguas traducida a lo largo de los años y, además, muy bien recibida siempre por el público.

Historia de una novela     
       “En los años que viví con mi padre, hasta que entré al Leoncio Prado, en 1950, se desvaneció la inocencia, la visión candorosa del mundo que mi madre, mis abuelos y mis tíos me habían inculcado” —escribía Vargas Llosa en uno de los capítulos de El pez en el agua. Memorias (1993), y aun añade—, “ en esos tres años descubrí la crueldad, el miedo, el rencor, dimensión tortuosa y violenta que está siempre, a veces más y a veces menos, contrapesando el lado generoso y bienhechor de todo destino humano”.  Antes de sumergirse en la redacción de su primera novela, había conseguido el segundo premio de un Concurso de Teatro Escolar y Radioteatro Infantil del Ministerio de Educación Pública por su obra La huida del inca, en 1952; el premio de la Revue Française por su relato “El desafío”, en 1957, y el Premio Alas por su colección de cuentos Los jefes, en 1959. La edición, según José Miguel Oviedo, fue modesta y de una tirada corta, lo que explicó su limitada difusión en España; y en Perú, apenas si llegó a las manos de algunos escasos amigos. Algunos de estos textos habían sido publicados por un jovencísimo Vargas Llosa en el suplemento “El Dominical” de El Comercio, donde había colaborado con artículos que eran una especie de fichas bibliográficas, con apuntes críticos sobre narradores peruanos activos de la época. Se trataría de la prehistoria y etapa formativa de un escritor que mostraría un avance notable en la configuración narrativa de su novela, La ciudad y los perros, porque José María Valverde afirmó por entonces que era un escritor, “capaz de incorporar todas las experiencias de la novela de “vanguardia” a un sentido “clásico” del relato: “clásico”, en los dos puntos básicos del arte de novelar: Que hay que contar una experiencia profunda que nos emocione al vivirla imaginativamente; y que hay que contarla con arte, (…) con habilidad para arrastrar encandilado al lector hasta el desenlace…”. Este texto de Valverde aparecía en un cuadernillo de color anaranjado y encartado al comienzo del volumen, como señala Oviedo, que desaparecería en las siguientes ediciones. Podía apreciarse, además, una foto del patio del Colegio Militar Leoncio Prado con la estatua del héroe, datos informativos sobre la obra y un plano para orientar al lector sobre los lugares en los que ocurre la acción. La estrategia editorial consistía en caracterizar al joven novelista, y así ablandar a los censores, apoyándose en la autoridad de un crítico de renombre y convencerlos de la importancia de una novela que, pese a que resultaba un material peligroso y subversivo, incluso contenía una feroz crítica al militarismo, encerraba escenas de violencia sexual y muchas crudezas verbales, inaceptables para los celosos defensores del orden y de las buenas costumbres del régimen franquista, soslayó a la censura que solo suprimió cuatro o cinco palabrotas y blasfemias del total del original, y dejó el resto sin problema.


       La novela circuló con tres nombres diferentes que ninguno gustaba a Vargas Llosa, aunque había sido remitida a Barcelona con La morada del héroe, alusión a Leoncio Prado, jefe militar fusilado por las tropas chilenas durante la Guerra del Pacífico de 1879, colegio que designaba donde se desarrolla buena parte del relato; en otro momento, se llamó Los impostores, que provenía del epígrafe sartriano que encabeza la novela, y por la atmósfera de la misma, el autor consideraba que, en realidad, debería llamarse Los jefes pero no podía usarlo porque hubiera sido repetir el título de su primer libro. José Miguel Oviedo apunta en la edición del cincuentenario de la obra, editada por la Real Academia Española y la Asociación de Academias (2012) que, en realidad, el título definitivo se justifica por una pequeña historia personal: cuando volvieron a verse en la redacción de El Comercio, Oviedo llevaba anotados tres títulos de los que hoy solo recuerda dos: La ciudad y la niebla, que aludía al cielo casi permanentemente encapotado de Lima; y La ciudad y los perros, bautizado así porque cuando Vargas Llosa lo escuchó, afirmó: ¡Ese es!
       El argumento de la novela, afirma José Miguel Oviedo, es nítido y ha sido resumida en numerosas ocasiones por la crítica. Se apoya en un esquema que sigue el modelo de novela policíaca: hay un grave acto delictivo que viola las normas del colegio, el robo de las preguntas de un examen; un castigo impuesto, se suprimen las salidas de fines de semana; una delación, la del Esclavo; la muerte violenta del soplón; una acusación y un desenlace poco ortodoxo: las autoridades militares desechan la acusación para evitar el escándalo y que todo vuelva a la normalidad dentro y fuera de la institución. Pero Oviedo señala que “la historia va más allá de los lineamientos de ese esquema porque hace un vasto examen crítico de la concreta realidad peruana, que incluye el colegio, la jerarquía militar, la desigualdad de las clases sociales y económicas, las divisiones raciales o los prejuicios sexuales”.

Mario Vargas Llosa, La ciudad y los perros; edición conmemorativa del cincuentenario; Madrid, Real Academia Española /Alfaguara, 2012; 608 págs.

sábado, 14 de octubre de 2017

Sabías que...






     “Si no puedes volar, corre. Si no puedes correr, camina. Si no puedes caminar, arrástrate, pero continúa avanzando”.

viernes, 13 de octubre de 2017

José Luis Rodríguez del Corral



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CONTAR UNA HISTORIA          
       Las convicciones idealistas de una juventud desenfadada, la falta de una visión realista o la escasez de escrúpulos y, sin duda, la pérdida de la inocencia con el consabido peso de la conciencia algunos años después, son algunos de los elementos con que José Luis Rodríguez del Corral (Morón de la Frontera, Sevilla, 1959) construye su relato que, en realidad, sobrepasa el calificativo de mero documento social o incluso psicológico, para contarnos un extraño suceso que parte de una gamberrada juvenil aunque, sin sospecharlo, desembocará en una incontrolada situación con un triste final, cuya magnitud ignoran sus protagonistas y, es aquí donde empieza el auténtico relato, cuando es recordado bastantes años después por uno de ellos para redimir, del alguna manera, un culpa que pesa sobre su conciencia y la de sus tres amigos involucrados.
       El resto de la novela, y el planteamiento posterior de la historia, ofrece para el lector una proyección más amplia, presenta el retrato de unos personajes con perfiles y aspiraciones muy diferentes que, tras el suceso vivido, propugnan vivir una existencia diferente en un futuro inmediato, sobre todo porque su falso idealismo les llevará a que el dinero les facilite su vida, sobre todo a Fede, Julián y Teresa, cuyo comportamiento y perfil, será matizado en la segunda parte de la narración. Aunque Andrés, el más atormentado de los amigos, será quien relate la historia, después de pasar unos años en Londres intentando olvidar el suceso y convertirse en escritor, pero cuando vuelve a España para saldar parte de su deuda y, concretamente, al Sur, encuentra con que todo ha cambiado, incluso la situación política, o el ambiente donde él mismo se movía: su visión de la realidad resulta ahora estremecedora y ajena. Rodríguez del Corral mezcla, con suma habilidad, ambos planos temporales, el recuerdo juvenil del protagonista, las playas de Trafalgar y Zahara, con unos paisajes antaño vírgenes como ellos mismos, y el presente presidido por la especulación y el enriquecimiento personal, traducido en actitudes sin escrúpulos que han dado lugar a una degradación tanto colectiva como personal, como observa Andrés cuando recorre las calles de Sevilla en busca de un pasado que no encuentra, del que solo queda el referente del viejo amigo Matías que aun malvive en el mundo de la droga, y finalmente se traduce en una dura crítica a una sociedad degradada por la malversación y la corrupción que ha llevado a sus amigos a un cambio en sus pretensiones vitales, olvidando el secreto guardado del pasado que, al final, motivará una profunda reflexión moral pero quedará en vano intento del narrador, arrastrado a la miseria misma por el triunfo ajeno. Tan es así que las intenciones de Andrés caerán en saco roto, solo cuenta con la ayuda del periodista Arce, aunque intentará poner orden en el caótico asunto del que solo podrá redimirse contando, en forma de relato, su propia versión. Y la suya no será más que una forma más de contar una historia.







BLUES DE TRAFALGAR
José Luis Rodríguez del Corral
Premio Café Gijón, 2011
Madrid, Siruela, 2012


jueves, 12 de octubre de 2017

Medardo Fraile



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ÉTICA Y CÍVISMO

       El proceso de globalización llevó a los medios de difusión a una desterritorialización en 1975, cuando se inició la transición y se sucedieron los gobiernos democráticos de la UCD, PSOE y PP, con una distinta y evidente incidencia en el periodismo de la época, incluso en el posterior. A partir del año 1976 comienzan su andadura algunas cabeceras mediáticas, El País, Avui y Cambio 16 (1976), a lo largo de 1977 aparecerán, el matutino vasco Deia y El Imparcial. El 1 de abril de 1977 se derogan algunos aspectos de la Ley de Prensa de 1966 y el gobierno decreta la liberalización informativa. A lo largo de estos años, desaparecen antiguos medios: Informaciones, que había nacido en 1922, y cerró a finales de 1980, Pueblo que editó su primer número en 1940, lo hará en abril de 1984, y El Alcázar en 1987; Arriba, fundado por José Antonio Primo de Rivera en 1935, como semanario, se convirtió en diario tras la Guerra Civil, y se publicó hasta 1979, pero sobre todo hay que resaltar como a partir de 1984 desaparecería la denominada, Prensa del Movimiento, cuarenta medios que no lograron subsistir a los tiempos.
       Literatura y periodismo han favorecido, desde siempre, todo tipo de interconexión cultural o artística; el periodismo nace en pleno Siglo de Oro, con gacetas o noticias cortas y relaciones dedicadas a relatar sucesos. Larra a comienzos del XIX, fundaría numerosas publicaciones, sus artículos aparecerán en prestigiosas revistas de la época, y hoy son un referente literario importante. Lo mismo ocurrió con Unamuno que consideraba la labor periodística como una contribución a la historia literaria, incluso desde un punto de vista político y moral. Y, en interés proporcional, practicaron el género autores como Maeztu, Machado, Azorín, Baroja y Ortega y Gasset, impulsor de muchas publicaciones periódicas, o más tarde Azaña, Rivas Cherif, Cela, Umbral, Sánchez Ferlosio o Vicent.
       De zona fronteriza caracterizaba María del Pilar Palomo los textos periodísticos de Medardo Fraile (Madrid, 1925), actividad que ha cosechado durante años y recogido en varias compilaciones con acertado atino. Para el autor, todo texto es unitario y cada obra opera como un contexto, que no precisa demasiado de referentes externos. En general, su obra periodística sigue fiel al humanismo, al intimismo, al autobiografismo, a su amor por España y al humor. En A media página (2012) Fraile recoge sus colaboraciones en la segunda del suplemento, Cuadernos del Sur, del diario Córdoba, en realidad, testimonios, lecturas y curiosidades que distribuye en cinco apartados, “Cartelera de España”, “Los españoles como problema”, “Confidencias inofensivas”, “Saldo de reflexiones” y “La obra y su gente”. Por el estilo, característico del autor, se trata de un breviario secular que busca o nos hace pensar, deja constancia de un conocimiento propio y aun más para ajenos, es un libro que uno se cree a medida que va leyendo, o incluso provoca discusión porque el contenido general que se incluye en A media página adquiere una especial responsabilidad en el discurrir del tiempo, tanto los artículos que se presentan con un carácter documental como los de naturaleza ficcional. Medardo Fraile, atento a lo mediático, muchos de estos textos, son auténticas indagaciones sobre la naturaleza de las palabras.





A MEDIA PÁGINA
Medardo Fraile
Madrid, Huerga & Fierro, 2012.

miércoles, 11 de octubre de 2017

Hoy invito a…



José Luis Muñoz*



       Las beguinas están consideradas como las primeras feministas de la historia, mujeres que decidieron vivir su religiosidad al margen de las estructuras eclesiásticas y por esa razón fueron perseguidas desde su nacimiento en el siglo XII. Formada por mujeres laicas e inde­pendientes se volcaban, sobre todo, en la ayuda al menesteroso y en acompañar a los heridos graves o a los enfermos incurables al tránsito a la otra vida.
       Unas extrañas muertes de soldados de los Tercios de Flandes en un convento de Beguinas es el desencadenante de esta novela que podríamos encuadrar dentro del thriller histórico. No existe, tras varias semanas de interrogatorios, atisbo alguno de culpabilidad de estas trece jóvenes salvo que, bajo sus benditas manos, murieron no pocos jóvenes que habían llegado con múltiples heridas desde los cercanos campos de batalla hasta ellas.
       Novela de dos planos narrativos con la que el crítico literario Pedro M. Domene (Huercal-Overa, 1954), colaborador de las prestigiosas publicaciones Cuadernos del Sur, Artes y Letras, Turia, Literal, Latín American Voices y Narrativas, entre otras, incide de nuevo en el terreno de la ficción tras Después de Praga nada fue igual (2004), Conexión Helsinki (2009) o Las ratas del Tita­nio (2014). En un primer plano, en el actual, dos hermanos que son historiadores, investigan un oscuro Auto de Fe de la Inquisición contra un convento de Beguinas en la ciudad de Brujas a comienzos del siglo XII. Cuando Giordano, enojado por sus blasfemias, obliga a aplicarle un mayor tormento a ella, la Madre mantiene sus fuerzas para responderle en un lenguaje que el fraile desconoce, y es entonces cuando este asegura que, en verdad, se trata de una invocación al demonio. El otro plano narrativo, para mi el más conseguido desde el punto de vista narrativo, reconstruye ese proceso inquisitorial trasladando al lector años tiempos de los Tercios de Flandes y nos sumerge en una historia sentimental prohibida y de alto voltaje.
       Pedro M. Domene ilustra la brutalidad de los procedimientos inquisitoriales con un detallado compendio de torturas. Azotes, potro, garrucha, incluso la rueda, tan popular en aquellas tierras,
se sucedían día tras día sobre los cuerpos de estas mujeres que, desvanecidas y maltrata­das. Siempre eran devueltas inconscientes a sus celdas hasta que, transcurrido el menor tiempo posible, se volvía al suplicio con un nuevo interrogatorio.
       Si alguien, por piedad cristiana, se hubiera acercado a sólo unos pasos de la pira humeante, habría apreciado la mueca de horror en lo que aún pudiera apreciarse del rostro de aquellas condenadas.
       Pedro M. Domene reconstruye con rigor histórico y riqueza literaria el pasado, en el que literariamente parece sentirse cómodo con la utilización de un lenguaje arcaizante, pero no consigue que el tramo contemporáneo de la narración esté a la altura del pretérito. Debió centrarse, desde mi punto de vista, en el pasado y olvidarse del presente, que la lastra, para conseguir una novela más ajustada en interés y en lo estilístico.

El secreto de las beguinas
Pedro M. Domene
Madrid, Trifaldi, 2016.


* José Luis Muñoz (Salamanca, 1951) es uno de los veteranos de la novela negra española con 39 títulos a sus espaldas y algunos premios literarios como el Tigre Juan, Azorín, La Sonrisa Vértical, Camilo José Cela y Café Gijón. Escribe, además, artículos de opinión en diversos medios. Los frutos literarios de sus viajes son La Frontera Sur (México); Lluvia de níquel (EE. UU.); Patpong Road (Tailandia); Llueve sobre La Habana (Cuba); La caraqueña del Maní (Venezuela). Esta novela, finalista del premio Fernando Lara, nace de un viaje a Salvador de Bahía, de la negritud de la ciudad, su música, su sensualidad  y su ritmo frenético. 

martes, 10 de octubre de 2017

Sergio Pitol



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ZONAS OSCURAS
              
       Una vez más Sergio Pitol (Puebla, México, 1933) reflexiona sobre las claves y la estética del proyecto global de una escritura que se iniciaba en 1956, cuando el joven mexicano escribía sus primeros cuentos y publicaba, un año más tarde, Tiempo cercado, sus relatos sobre la infancia, el recuerdo de los largos monólogos de su abuela, un viaje familiar a Italia y sus primeras lecturas y contactos literarios. En realidad, Una biografía soterrada (2011) ofrece esa mezcolanza de géneros a los que nos tiene acostumbrados Pitol: apuntes, reflexiones, ensayos, páginas de diario, incluso el descubrimiento de curiosos autores, Andrezejewski, Gombrowicz, Brandys o Schulz, y lecturas iniciales como resultado de sus variadas estancias en Europa, tanto en Polonia o Rusia, mientras realizaba encargos diplomáticos, autores anglosajones, Henry James, Joseph Conrad, o Jane Austen, y los clásicos españoles Cervantes, Tirso o Galdós, aunque recuerda su formación mexicana con la sombra de Alfonso Reyes al fondo de su formación.
       El pequeño volumen se inicia con algunos fragmentos de un reciente diario, cuando el escritor ingresa en el Centro Internacional de Salud de La Habana, sometido a un tratamiento de enriquecimiento de la sangre con ozono, pero donde podrá leer y escribir después de un largo período de inactividad. El resto de apartados, seis en total, contribuyen de alguna manera a vislumbrar el conjunto de ese proceso de edición de sus obras reunidas, pretexto para una reflexión como la presente. Para el mexicano, el cuento fue su campo de experimentación durante los primeros años de formación, aunque paralelamente realizara tímidos intentos poéticos y algún dramático, su concepción narrativa iría evolucionando en temas, recursos, estructuras y espacios. Su concepción de la literatura se basa en el auténtico archivo de su vida: infancia, primeras lecturas, un inquieto y excéntrico adolescente, y más tarde su bautismo literario, los premios y una auténtica vejez de escritor de fama. Al hilo de sus Obras reunidas (2003-2009) esta breve entrega, ensayo o relato, conforma esa visión particular, ese «todo está en todo» del maestro que, en cierta medida, constituye una síntesis biográfica desde sus comienzos mismos hasta la actualidad, enfermo de literatura como algunos otros escritores tan próximos a él. Subyace en la obra de Pitol, ese sueño de invisibilidad que lo acompaña desde sus primeros tiempos y subsiste hasta alcanzar la plenitud de su obra; anhela, según ha manifestado el autor, a ser invisible y a moverse entre otros seres invisibles. En sus narraciones, surge como un personaje enmascarado que se mueve en los corredores, un observador de tramas que despeja la oscuridad de la obra misma, o incluso para envolverlas en las tinieblas más absolutas. Una vez más, este libro Una biografía soterrada, ilumina ciertas zonas oscuras de buena parte de su obra.






UNA AUTOBIOGRAFÍA
SOTERRADA
Sergio Pitol
Barcelona, Anagrama, 2011

lunes, 9 de octubre de 2017

Ricardo Martínez-Conde



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LA LUCIDEZ DEL MUNDO         
       Sin duda alguna, la literatura se ha propuesto, desde siempre ahondar con una suprema lucidez en el mundo que nos toca vivir, en buscar la esencia misma que nos lleve a entender la anomia o esa ausencia de actitudes contemporáneas en las que todo sirve y por extensión también nos confunde; se habla ahora de tiempos distintos, de la desaparición del autor o de los lectores de literatura, aunque la calidad y la ambición, o incluso la singularidad, nos acercan más a un género como el cuento que, en las últimas décadas, se cargaba con ribetes de un realismo renovado, y por supuesto ajeno al ensayado anteriormente; de cierto expresionismo, resuelto metafórica u oníricamente que lograba alcanzar, en ocasiones, lo puramente fantástico, que desembocaría en una discreta y acertada forma de experimentación narrativa, buscando, eso sí, emocionar a un posible lector con unas historias que se concretan en una realidad vivida, por muy distorsionada que pretendiera reflejarla su autor.
       La literatura de Ricardo Martínez-Conde se localiza en espacios reconocibles, porque nuestra vida cotidiana se construye a base de gestos rutinarios donde la melancolía y ese corazón herido del ser humano se tornan en una soledad absoluta; o tal vez, se muestre como una sucesión de desdichas como las que Martínez-Conde ensaya en sus relatos y, en ocasiones, se convierta en una auténtica angustia existencial como se percibe en algunos de sus cuentos más significativos, “Un tramo de escalera” o “La oficina”, porque, además, estas historias sugieren más que muestran, y se sustentan por esa sabia percepción capaz de elaborar una auténtica tesis, generada por un tratamiento distinto de la realidad en la que se concretan algunos de estos relatos. Algunos de ellos con un desarrollo lineal pero cuya peculiaridad se percibe en el relato contado, como ocurre en los casos de “El viejo profesor”, “La casa verde” o “La escuela”. En numerosas ocasiones, Martínez Conde recurre a aspectos que pueden estar por encima del elemento narrativo, recurre a la reducción del relato con una pura y simple digresión, en realidad, se sirve de una técnica que refuerza variados elementos casi ensayísticos, o en otras ocasiones profundiza en fórmulas de auténtica síntesis argumental y de condensación narrativa para exaltar esa capacidad de sugerencia que antes apuntábamos, algo quizá más propio de las formas poéticas puesto que, indiscutiblemente, su obra lírica y aforística podría estar muy presente en algunos de estos relatos. La suya es una concisión expresiva que resulta funcional y estéticamente elaborada según la historia a contar, otras veces su lectura se convierte en una mera impresión fugaz, en una evocación de emociones, porque en los cuentos de Martínez-Conde, el amor amplía sus posibilidades, se sustenta con una acción y estructura narrativa mínima, basa su artificio narrativo en pequeñas digresiones o leves apuntes, tan breves como acertados.





LA LUZ EN EL CRISTAL
Ricardo Martínez-Conde
Palma de Mallorca, Calima, 2011

domingo, 8 de octubre de 2017

Desayuno con diamantes, 119



LOS SUEÑOS DE DICKENS
                     
Bicentenario del nacimiento de Charles Dickens (1812-1870)




               El bicentenario del nacimiento de Charles Dickens, que se conmemora el 7 de febrero, se convertirá en el acontecimiento literario del año: exposiciones, nuevas ediciones, adaptaciones en cine y televisión, biografías, ensayos, representaciones, devolverán el esplendor nunca perdido a un clásico que siempre ha gozado del favor del público. Harold Bloom en su ensayo, Novelas y novelistas (2012, Páginas de Espuma), señala que «nunca se podrán rechazar algunas obras principales del más sólido novelista inglés». Víctor Pozanco, en el prólogo a un curioso libro, Los perezosos (1988), mantenía que muchos ingleses aun odian a Dickens. La afirmación no deja a nadie indiferente y aun más, no  sorprende cuando se piensa en la imagen que de la Inglaterra del siglo XIX transmitía el autor en muchas de sus obras, y tal vez se convirtiera en un pesado lastre para los delirios de grandeza y expansión colonial británica de la época. De ese culto al egocentrismo social inglés no han escapado autores de la talla de John Donne y William Blake, Oscar Wilde y T.E. Lawrence, y el mismísimo Anthony Burgess y se ha mostrado intransigente e implacable aduciendo un puritanismo y condenando a estos autores a sobrevivir en una sociedad que los marcó y de la que huyeron, como en el caso de Dickens, gracias al valor de su pluma, solo así comprenderemos como pudo surgir una obra como David Copperfield.
        Hoy, sin duda, se reconoce a Dickens como el observador más agudo, crítico, sutil y responsable de lo que la historia de la literatura ha definido como la ideología victoriana, una ideología que el autor criticaría duramente en sus relatos y novelas, denunciando la perversión de muchas de las instituciones y cómo se manifestaban su consecuencias en la vida de los personajes. Esta dimensión social de su obra, le convierte en el intérprete más agudo y crítico del complejo entramado de una ciudad, en el juez urbano más implacable de la Inglaterra del siglo XIX.

Vida y acontecimiento
        Charles Dickens nació en un barrio de Portsmouth, Mile End Terrade, el 7 de febrero de 1812, pero su padre, John, que era pagador de la Marina, debía cambiar bastante de residencia y la familia se trasladó a Londres cuando Charles tenía dos años. Pronto es destituido de su cargo y encarcelado a causa de sus deudas. A los doce años el futuro escritor se verá obligado a trabajar para el sustento de la familia en la Warren´s Blacking Warehouse, una fábrica que le dejaría huellas imborrables en sus recuerdos y para el resto de su vida; lo mismo ocurrió con sus visitas a la cárcel los fines de semana para ver a su padre donde debió contemplar escenas que después reflejaría en sus obras.
               En 1826 mejora la situación económica y una vez pagadas las deudas, el padre puede abandonar la cárcel y será entonces cuando observa el interés de su hijo por la lectura a pesar de los escasos libros en su biblioteca, entre ellos un Quijote y Gil Blas, y se decide por sacarlo de la fábrica y enviarlo a la escuela pero, un gesto que tampoco olvidaría el joven, enfrenta a la madre que se opone porque los ingresos de Charles era necesarios para la economía familiar. Hecho que, según los estudiosos, llevaría a Dickens a no perfilar caracteres femeninos muy definidos. Un año después entró como ayudante de unos letrados, Ellis Co. Blackmore, ofició que le serviría para desarrollar algunos de los más sabrosos capítulos de Los papeles póstumos del Club Pickwick. Durante todo este tipo, el joven intentará salir de su situación perentoria, aprende taquigrafía y se hace socio del British Museum para saciar su afán de lectura. Cuando su padre empieza a trabajar en un periódico, se le despierta su vocación, y ya en 1928 colabora en The Mirror of Parliament y True Sun, donde firmará, sobre todo, sesiones parlamentarias. A los veintidós años consigue ser reportero en el Morning Chronicle, se afianza su deseo de prosperar y será entonces cuando conoce a una joven hermosa, distinguida y de una clase social superior, aunque mantuvo su relación en secreto hasta mejorar su posición. Mary Beadnell no supo valorar su esfuerzo y pronto rompió su relación con el futuro escritor, aunque dejaría una profunda huella en él, según testimonio propio. Con sus Sketches of London consiguió un notable éxito y levantó un cierto revuelo entre los lectores, tanto que los editores Chapman & Hall le propusieron una primera novela por entregas, cuyo primer folleto se publicó el 31 de marzo de 1836, se trataba de Los papeles póstumos del Club Pickwick, con una tirada inicial de cuatro cientos ejemplares que llegarían hasta los cuarenta mil de posteriores entregas.
               En 1836 se casa con Catherine Hogarth, hija del director del Evening Chronicle, dos años más tarde publicaría Oliver Twist (1838) y Nicholas Nickleby (1839), novelas que le abrirían las puertas de la sociedad londinense. Por entonces conoció a Macrone, su primer editor. En estos años, en esos momentos de su vida, Dickens pensaba en todo, y en sus textos valoraba las descripciones de las cárceles, los lugares más sórdidos, la infancia dolorida, el abuso de los poderosos, su mirada en suma lo comprende todo y se convierte en el delator sonriente y dolorido de la cruda realidad británica. Realizó numerosas giras leyendo sus obras, donde explotaba sus facultades de actor, y conocido muy pronto por su fama realiza numerosos viajes a América, el primero en 1842, invitado por Washington Irving, cuyas impresiones provocaron sus Notas de América, un libro que no fue del gusto de los lectores norteamericanos porque señalaba ciertas lacras sociales. Poco después inicia un pequeño periplo por Europa, se instala en Génova con su familia, y vuelve a Londres después de temporadas en Lausana y París. Sigue publicando y aparece, Dombey e hijo (1846-1848), además de realizar nuevos viajes, representaciones teatrales y otros éxitos literarios, David Copperfield (1849-1850) y Casa desolada (1852-1853). Volverá a Italia después de un verano apacible en Boulogne, acompañado de Wilkie Collins y August Egg. La publicación de Tiempos difíciles (1854) y La pequeña Dorrit (1854) coincide con una estancia de seis meses en París. En 1856 consigue uno de sus sueños, adquiere Gad´s Hill Place, una lujosa mansión cercana al barrio donde nació; fue aquel un íntimo deseo suyo y una promesa a su padre que siempre le había animado a trabajar mucho para conseguirla. Aunque no todo fueron alegrías por aquel tiempo, después de veintiséis años se separa de su mujer por incompatibilidad de caracteres. A su amigo Collins le hablaba de Catherine en semejantes términos: «Esta pesadez doméstica me aturde tanto que ni puedo escribir ni estar en paz un minuto cuando la recuerdo». Los diez hijos del matrimonio fueron repartidos entre ambos, por entonces había conocido a la joven actriz Ellen Ternan y aunque esta relación no estaba muy bien vista en la época victoriana, su fama palió parte del escándalo. Su segundo viaje a América está precedido de otro de sus grandes éxitos, Nuestro común amigo (1864-1865), aunque anteriormente había publicado, Historia de dos ciudades (1859) y Grandes esperanzas (1860-1861). En la cima de su gloria, viviendo cómodamente, cuando se disponía a escribir una nueva novela, esta vez, de corte policíaco, le sorprendió la muerte el 9 de junio de 1870. Pese a su deseo de una funeral discreto, fue enterrado en la abadía de Westminster, es la «Esquina de los poetas», junto a Chaucer, Shakespeare, Dryden, Goldsmith y otros ilustres.


      Dickens mantuvo una compleja relación extramatrimonial con Ellen Ternan, en ocasiones la ocultaba bajo nombres supuestos, en distintos domicilios o viajando y exhibiéndose con ella. También mostró una fuerte tensión por el sentido de independencia de la actriz y la absorbente personalidad del escritor y, aunque con Ellen no fue todo lo feliz que esperaba, defendió siempre su relación, enfrentándose incluso a sus colegas que aprovecharon su vida privada para desprestigiarlo, desafiando a la opinión pública. Tuvo, según una de las hijas de Dickens, un hijo con ella, cuyo rastro se pierde como muchos aspectos de la vida del novelista. Los perezosos (1857) escrita a dos manos con Wilkie Collins, cuenta el vagabundeo de dos personajes indolentes dispuestos a pasar las noches de la manera más tremenda, por ejemplo, durmiendo con un muerto, con los locos de un manicomio, en una posada fantasmagórica; en realidad, muestra la doble vida de Dickens, obligado a ocultar su amor con Ellen, que aparecerá en el capítulo cuatro de esta singular obra, escrita por dos grandes de la literatura inglesa del XIX. La obra fue publicada por capítulos en la revista, Household Words, que dirigía el propio Dickens y que se tituló, originariamente, El ocioso vagar de dos aprendices perezosos, un relato ocultado durante algún tiempo por su colaboración con Collins, un opiómano y doblemente amancebado, aunque posteriormente sería el pionero de la novela de misterio, así que ambos fueron considerados como los delatores de la intransigencia social del momento e irresponsables inductores a la pereza impune.

Dickens en España
      Las editoriales españolas han tratado a Dickens con una variada fortuna que oscila entre las estupendas traducciones y colecciones de renombrados sellos, caso de la catalana Alba Editorial, junto a otras muchas ediciones para salir del paso. En Alba pueden contabilizarse hasta ocho títulos, entre ellos, algunos de sus grandes éxitos y incluida su penúltima obra, Grandes esperanzas, traducida por R. Berenguer, Oliver Twist, a cargo de Josep Marco Borillo y un equipo de la Universidad Jaime I, David Copperfield, que firma Marta Salís y con la misma calidad, Estampas de Italia, La señora Lirriper, Una casa en alquiler y coincidiendo con el bicentenario, La pequeña Dorrit, traducida por Carmen Francí e Ismael Attrache. Dos grandes editoriales de bolsillo fueron las pioneras en poner el autor inglés al alcance del lector español, Austral y Alianza Editorial, cuyos títulos más conocidos se repiten, en ocasiones, algunos con prólogo del gran conocedor de la obra dickesiana, Juan Tébar, y otras incorporan entre sus colecciones de clásicos algunas traducciones míticas de Benito Pérez Galdós, Ortega y Gasset o José María Valverde. Con el sello de Alianza aparecen Historia de dos ciudades, obra de Salustiano Masó y Tiempos difíciles, de José Luis López Muñoz, siempre espléndido. Nuestro amigo común, la última novela de Dickens, se encuentra en Espasa, traducida por C. Miró y una más reciente de Damián Alou para Mondadori, en su colección de Clásicos. Uno de los títulos más repetidos a lo largo de los años, Canción de Navidad, aparece en KRK Ediciones, Kalandraka Editora, Vicens Vives, Alianza, Castalia, Losada o Espasa. Una curiosa novedad, Para leer al anochecer, un texto traducido por Marian Womack y Enrique Gil-Delgado, en Impedimienta y una no menos, Memorias de Joseph Grimaldi, en Páginas de Espuma. Los seguidores del clásico inglés están de enhorabuena, porque aparece Dickens. El observador solitario, de Peter Ackroyd, editado por Edhasa, un volumen de más de setecientas páginas que recoge buena de su vida y su obra en una espléndida visión de conjunto. 

Características
      La progresión de la obra y la producción de Dickens es geométrica, resulta curioso que el inglés no volvió a escribir una novela como Los papeles póstumos del Club Pickwick, que treinta años más tarde traduciría Benito Pérez Galdós en España, una obra ingenuamente cómica que hunde sus raíces en la tradición novelesca cómica de aventuras y procede directamente de Cervantes, a través de sus imitadores en Inglaterra, Smollet y Fielding. Existe una excelente edición de esta traducción, de Arturo Ramoneda en la colección «Biblioteca de Autores», titulada, Aventuras de Pickwick , 2 volúmenes, Editorial Júcar, 1989, sobre la edición original española de 1868, traducida del inglés para el folletín de La Nación. Galdós siempre reconoció la importancia de Dickens para su formación literaria, junto con Balzac, autores que le proporcionarían unas recetas y unas técnicas narrativas rudimentarias, lo afianzaron en su búsqueda de un tipo de novela española que correspondiera al espíritu de los nuevos tiempos. No dudó el autor español en pregonar las virtudes narrativas de Dickens, su «admirable fuerza descriptiva, la facultad de imaginar, que, unida a una narración originalísima y gráfica, da a sus cuadros la mayor exactitud y verdad que cabe en las creaciones del arte». La expresión de su identidad herida, la denuncia despiadada de la Inglaterra victoriana coincidirán en la intensidad imaginativa y verbal cambiante de todas sus obras. En mitad de su carrera literaria, en ese período intermedio que se le supone al autor, su propósito social resulta más claro porque el narrador llevará el análisis de las complejidades de la identidad mucho más allá, porque la exploración entre inocencia y culpabilidad se hará más aguada a medida que escriba sus grandes obras, por ejemplo, Dombey e hijo, una de sus novelas más intencionadamente sociales y política si entendemos el término en un sentido amplio, y lo mismo ocurrirá con otras obras del mismo período, Casa desolada y La pequeña Dorrit, obras de tramas muy complejas, en las que Dickens experimenta intensamente con sus recursos narrativos y da rienda suelta a su imaginación desenfrenada, además de explorar todas las posibilidades del uso de la metáfora y la metonimia, modos posibles de estructurar y ordenar el caos de la experiencia. En estos libros, Dickens muestra la firme convicción de que pese a finales felices y contradictorios, la corrupción y la avaricia siempre amenazan la convivencia. El autor necesitó siempre llegar a su público, sería imposible entender a Dickens alejado de sus lectores, una actitud sobradamente comentada por la crítica que manifiesta que el inglés leía sus textos constantemente en un afán de seguir poseyendo siempre su control verbal e ideológico.