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miércoles, 31 de mayo de 2017

Ángeles Martín Gallegos



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FUENTE DE LA VIDA
              
       Todos tenemos, de alguna manera, contraída una deuda, con la sociedad y con nosotros mismos, sin ir más lejos. Esa deuda condiciona, de alguna manera, nuestras vidas, nos acompaña y un buen día nos pasa factura. Ángeles Martín Gallegos (Couiza, 1961) demuestra, con su segunda entrega, La deuda (2007), que es capaz de saldar la suya y poner voz al mundo femenino que le rodea desde una perspectiva diferente. Si en su primera entrega, Renato(2004), establecía un diálogo entre un nonato y su madre y, además, un coro de voces se iba incorporando a su relato para, de alguna manera, conformar el resto de la historia, en esta ocasión, escribe, de forma testimonial, acerca de una vida cualquiera, la de la joven opositora María Méndez Manzano. Rememora con su testimonio un episodio generacional, el de una España que despertaba de un largo sueño o, tal vez, de una pesadilla, la del franquismo, con las lacras que este había dejado casi una década después.
       Ángeles Martín ha sabido, en todo momento, condensar la acción, episodio tras episodio, encabezándolos con un título, porque lo que pretende, al menos eso parece, es contar y situar en la década de los 80, la historia de esta y otras muchas de las jóvenes mujeres de una naciente España democrática, con sus luces y con sus sombras. Pero también es la relación de una amistad, la de dos opositoras, dos luchadores, dos amigas que no quieren asumir el papel que les ha otorgado la sociedad. Escribió Rimbaud que «cuando termine la absoluta servidumbre de la mujer, cuando viva para sí y por sí, cuando el hombre la haya dejado libre ...». Quizá, por eso, ambas se rebelan, luchan por una situación mejor, cada una con sus armas, Teresa desde un sindicato y posteriormente desde la judicatura y María con su tesón y posteriormente con su dedicación a la docencia. Pero, en realidad, la narradora almeriense, lejos de contar un simple episodio, parte de la vida de estas mujeres, quiere dejar constancia de los silencios, de las mentiras, de los secretos y de la violencia experimentada por la mujer durante buena parte de su existencia. Y es así como Teresa y María sobreviven a lo largo de este relato por conseguir su dignidad frente a las dificultades que le plantea una situación personal. La deuda, también, es un extraordinario documento de la diferencia sexual, de los códigos de la mujer que ponen de manifiesto su relación con los hombres, incluidos el amor y el sexo, la convivencia y todo aquello que ha inquietado a las parejas. En estas páginas, escritas con la fuerza de un lenguaje directo, de extrema dureza, en ocasiones, se describen, además, escenas de amor y de desamor, aunque se deja un resquicio a la esperanza, con esa irónica sabiduría femenina que, solo ellas, saben otorgar a determinadas situaciones. Jalal al Din Rumí, uno de los poetas místicos más reconocidos del mundo sufí,  afirma que la mujer es el rayo de la luz divina. Valga quizá el apunte de una de las expresiones más acertadas que convierten a la condición femenina en la expresión misma de unos sentimientos que reafirman, así, lo más inequívoco.





LA DEUDA
Ángeles Martín Gallegos
Sevilla, Arcibel Editores, 2007

martes, 30 de mayo de 2017

Medardo Fraile



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PINCELADAS           
        La presencia, inequívoca, de Medardo Fraile (Madrid, 1925) en el ámbito literario hispanoamericano: Argentina, Mexico, Venezuela, Cuba o Bolivia, en esta ocasión, no deja lugar a dudas: la suya es una obra de hondo calaje en el ámbito de la lengua castellana a uno y otro lado del Atlántico. En La Paz se publica, En Madrid también se vive en Oruro (2007), una antología de sus cuentos. En una reflexión sobre el género, Jaime Nisttahuz, afirma que Fraile es de esos escasos narradores capaces de regalar en una cáscara de nuez todo un mundo de connotaciones. Sus cuentos más deslumbrantes son tristes, aunque se encuentren salpicados de humor. Melodramáticos quizá, llegan a esa intimidad tan propia de cada persona, añade el ensayista boliviano. La suya es una literatura de pinceladas, con descripciones al paso como en el cine. Nos envuelve con detalles, para darnos una imagen esencial. Esta es la impresión de los lectores de allende de los mares, características que, de alguna manera, vienen a coincidir con las apreciaciones de nuestros críticos más renombrados.
               Manuel Vargas es el responsable de la antología que recoge diecisiete cuentos en total. Los catorce primeros corresponden a los libros publicados por el madrileño a lo largo de su dilatada vida y obra, Cuentos con algún amor (1954), «El retrato», «Una camisa», «Mecanógrafa o reina», A la luz cambian las cosas (1959), «El álbum», Cuentos de verdad (1964), «Aquella novela», «Ojos inquietos», Ejemplario (1979), «El mar», «La tonta», Contrasombras (1998), «Contar los pájaros», «Defensa», Años de aprendizaje (2001), «Lecciones de inglés», «Primeros pasos», Cuentos completos (2004), «La piedra», «La carta» y, solo tres, los últimos, se publican ahora en libro: «Postrimerías», «Amor» y «El sillón»; el primero habla de ese después de haber cumplido los 65 años; el segundo eterniza, aún más, ese ambiguo concepto de cerebro y corazón y, el tercero, se cuentan los sueños y frustraciones de una familia a través de un objeto preciado, un sillón. 
               De un juego o de una invención, calificaba Ángel Zapata, la escritura de Fraile; una sorpresa o quizá un hallazgo que configura el semblante de sus textos. El planteamiento de sus cuentos, en realidad, es algo más o menos que una historia a contar, es decir, un asunto y una trama expandida hacia una enunciación incierta que desestabiliza nuestra sensibilidad. En alguna ocasión hemos leído que su estilo es llano y natural, en su brevedad ofrece, mejor que nadie, esas pizcas de humanidad y de sensibilidad tan necesarias en nuestro mundo. Excelente iniciativa, pues, la de Manuel Vargas de presentar al narrador madrileño ante un nuevo público lector: el boliviano, que sabrá apreciar cuánto sugieren  estos relatos.  






EN MADRID TAMBIÉN SE
VIVE EN ORURO
Medardo Fraile
La Paz (Bolivia), Correveidile, 2007

lunes, 29 de mayo de 2017

Yolanda Regidor



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       Una narradora anónima, ya en su ancianidad, hace recuento de su vida mientras, en una cafetería, espera reencontrarse con el hombre a quien ha amado en silencio y durante décadas, tras una obligada separación en los días posteriores al final de la guerra civil, cuando un inesperado suceso les llevó a tomar el rumbo equivocado y a una existencia sinsentido.
       Yolanda Regidor (Cáceres, 1970) publica La espina del gato (2017), su tercera novela porque hasta el momento había entregado, La piel del camaleón (2012), una narración ambientada en la Salamanca de los 90, y cuyos protagonistas, alumnos de la universidad, viven entre esos espacios preferentes de ocio: discotecas y bares de tapas; en realidad, son jóvenes impulsados por un hedonismo visceral, desinteresados por su formación académica, aunque proclives a vivir en libertad todas las infracciones que les permite su edad: sexo, alcohol y drogas; en su mayoría jóvenes de provincias que al llegar a la ciudad deciden liberarse de un anticuado sistema de inhibiciones y prohibiciones; y una segunda entrega, Ego y yo (Premio Jaén de Novela, 2014), que cuenta una intensa historia de amistad entre dos personas de las que no llegamos a conocer sus nombres y, precisamente, por no estar identificadas, se convierten en el propio lector y su amigo, ese amigo especial que parece todos tenemos sin paliativo alguno; en ambas propuestas, textos tan prometedores como de una excelente factura narrativa.
       Una foto, una imagen en blanco y negro, tres niños que posan y le sirven a la anciana-narradora para hilvanar los recuerdos que, de una forma natural y en una espléndida construcción narrativa, va recorriendo los sucesos de su infancia en los primeros días de julio en un Madrid del 36, espacio que muy pronto se convierte en un escenario tan extraño como convulso, cuando los pilares del gobierno de la República empiezan a temblar por el levantamiento militar que Franco y sus generales inician en el norte de África, o por las consecuencias posteriores con el asalto al Cuartel de la Montaña que, como a muchos otros madrileños, impulsará al padre de la niña a alistarse en las milicias, un hecho que se convierte para ella en la primera pérdida y las posteriores que irá sufriendo: la madre, los abuelos, los vecinos, o sus amigos, y termine el relato con el Desfile del Día de la Victoria, que marcará el final de la infancia de la niña.
       Con su tercera entrega, La espina del gato, Yolanda Regidor ensaya un regreso al pasado, la narración cuenta desde un registro infantil aquellos años convulsos, sin duda uno de los aciertos de la narración, pues la perspectiva de la niña, llena de candor, ingenio y humor, nos obliga a los lectores a participar constantemente en la construcción para otorgarle el sentido completo de una adulta, o tal vez a reinterpretar los episodios o sucesos que la niña desde su perspectiva inocente no siempre interpreta acertadamente, pero que forman parte de la indiscutible historia negra reciente de nuestro pasado. Solo así La espina del gato se convierte en un capítulo de esa “historia privada” de una España donde el odio y la represión fueron constantes durante más de dos tercios de siglo pasado, y una vez más se confirma que las guerras las pierden siempre los mismos, los más desfavorecidos o aquellos que aspiran a sobrevivir en una paz asegurada.
       Por encima del valor testimonial de la narración, localizada en un Madrid que resiste y con un relato muy documentado, sobresale la capacidad de Regidor para ofrecernos un texto de prosa madura, capaz de calcular la brutalidad y la truculencia de algunos pasajes con los matices más sutiles que una buena prosista pueda imaginar, calibrando la resistencia o las debilidades del relato, y solo utilizando el valor de una derrota en las escenas necesarias. Como nos suele tener acostumbrados, la extremeña le otorga a su historia un valor existencial que indaga en la condición humana pese a los avatares a que se verá sometida la niña, huérfana en mitad de las calles de un Madrid de horror y de destrucción, zarandeada por los acontecimientos que durante tres años supusieron la crónica bélica de la historia de nuestro pasado, muestra inequívoca de una insatisfacción que nunca cesa, esa otra visión de la “espina del gato”.









LA ESPINA DEL GATO
Yolanda Regidor
Córdoba, Berenice, 2017; 304 pp.

sábado, 27 de mayo de 2017

Caricaturas



Volverás a Región
Caricatura de Fernando Vicente

50 años

Volverás a Región es una novela del escritor español Juan Benet publicada el año 1967 por Ediciones Destino, que para muchos autores supuso una ruptura con todo lo que se escribía en España en esa época, cuando en la narrativa predominaba el realismo.




viernes, 26 de mayo de 2017

José María Merino



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MINIATURAS

              
     Hay que viene sosteniendo en estos últimos tiempos que el microrrelato, los hiperbreves o los microcuentos son, sin lugar a duda, la literatura del futuro, a tenor de las prisas y del escaso tiempo de ocio del que disponemos a diario. Pero nada más lejos de esta afirmación o consideraciones al respecto que para nada benefician a una literatura ensayada por autores como Juan Ramón Jiménez, Ramón Gómez de la Serna, Federico García Lorca y anteriormente buena parte de autores significativos del siglo XIX. Es indudable que las editoriales, las revistas especializadas, incluso los suplementos han incorporado textos de una extrema brevedad en estas últimas décadas y si se me apura, insistentemente, en el último lustro, pero también habrá que apuntar que algunos autores de relatos breves o de cuentos en su sentido más estricto, siempre han incluido en sus colecciones relatos de una variada factura. Buena cuenta de ello ha dado siempre, José María Merino (La Coruña, 1941) autor de una amplia narrativa breve que demostraba un especial talento para el género en Días imaginarios (2002) o Cuentos del libro de la noche (2005), además de colaborar en numerosas antologías de las que se da cumplida referencia en el final de este libro, La glorieta de los fugitivos (2007), en realidad, recuento de esos libros señalados y algunos inéditos y dispersos, además de una extraordinaria segunda parte titulada «La glorieta miniatura». Merino califica a la criatura, como él la llama, de «nanocuentos» que es otra más de esas definiciones que ya deambulan por ahí como microrrelato, minicuento, minificción, minihistoria o cuento cuántico. En realidad, poco importa salvo que los autores y, en este caso Merino lo hace sobradamente, otorgan categoría a este género de la brevedad, como ese vicio o voluntad inconfesable para someter al lenguaje a una extremada concisión.  
        Estos cuentos que se reúnen por primera vez en un solo volumen tienen un hilo común conductor, al margen de su brevedad, y es la extrañeza de lo cotidiano, el misterio que nos otorga nuestra vida diaria, además de esos otros temas que literariamente hablando suelen repetirse como la muerte, el horror, la historia, el sueño, la memoria y todos aquellos aspectos que asolan a la existencia del ser humano con sus aciertos y equivocaciones. Algunos son un fogonazo de ritmo expositivo que sorprenden por la resolución de los mismos y en ellos, precisamente, se aprecia ese valor anecdótico que el autor otorga a muchas de estas historias.  La segunda parte contiene «veinticinco pasos» que suponen su intervención en el Congreso Internacional de Minificción en la Universidad de Neuchâtel, un auténtico ensayo sobre teoría lingüística y la necesidad de la ficción como vivencia existencial paralela a la propia o, lo que es lo mismo, «la ficción, —como señala el profesor Souto, alter ego, de Merino—  primera sabiduría de la humanidad.






LA GLORIETA DE LOS FUGITIVOS
José María Merino
Madrid, Páginas de Espuma, 2007


jueves, 25 de mayo de 2017

Ernesto Pérez Zúñiga



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SOMBRAS
              
        Una anterior novela, Santo diablo (2004), situaba a Ernesto Pérez Zúñiga (Granada, 1971) razonablemente bien ante la crítica. Una historia sobre nuestra guerra civil situada en una innombrada geografía donde señoritos y jornaleros protagonizaban esa vieja dualidad de enfrentados socialmente. Es autor, también, de alguna colección de relatos y varios libros de poesía. Ahora sorprende con El segundo círculo (2007), avalado por el XVI Premio de Novela Luis Berenguer.
        ¿Es esta novela acaso otra historia de fantasmas? Literariamente, se trata, una vez más, de un descenso al infierno de Dante, a esos círculos por los que el poeta vagaba para desentrañar el alma humana; técnicamente, Pérez Zúñiga ensaya un intenso diálogo entre la vida y la muerte, entre el presente y el pasado, en medio de un ambiente rural, una aldea semi abandonada, Lumbres, muy cerca de una urbanización donde todo es moderno y nuevo. Es una novela que exige distintos niveles de lectura porque, como ha llegado a afirmar el autor en alguna que otra ocasión, para hablar y para escribir sobre el mundo psicológico de la muerte y sus consecuencias, sería necesario hacerlo de una forma muy sencilla.
        El narrador indaga en esa otra ley del deseo, en medio de un territorio mágico a donde han llegado unos advenedizos domingueros, Sandra y Joan, Helena y Ramón, para disfrutar de su duplex y su parcela o para olvidar sus problemas. La historia está narrada con esa característica cinematográfica que han incorporado algunas de nuestras mejores novelas de las últimas temporadas y se caracteriza, además, por un sentido de lo imprevisible que hace del relato su mejor atractivo para seguir leyendo. Los vivos y los ocultos conviven entre ese margen de separación que se supone entre la modernidad y lo antiguo y solo los dos adolescentes, Lorenzo y Naná, con su mirada inocente de la vida, lograrán traspasar esa frontera que no se les permite a los adultos, contagiados como están de la avaricia  y de la lujuria que se supone mantiene aislados a los últimos habitantes de Lumbres: cuatro viejos, provistos de ese alegórico deseo por alargar la memoria de otro tiempo y que, por sentirse en la más absoluta soledad, crean esa otra realidad, un mundo dominado por fuerzas superiores. Novela gótica, tragedia que dramatiza esa visión  de la soledad humana en su sentido circular como ocurre en el infierno dantesco, condenados por no haber consumado sus deseos y vagando inexplicablemente por un mundo real. También aquí se crea el ambiente propicio: la iglesia de Lumbres, una cripta, un cementerio, el más tenebroso lugar cuando uno se acerca al pueblo abandonado como característica de un relato al uso, convertido en el retrato de la más absoluta soledad humana.






EL SEGUNDO CÍRCULO
Ernesto Pérez Zúñiga
XVI Premio de Novela Luis Berenguer
Sevilla, Algaida, 2007

martes, 23 de mayo de 2017

Alejandro López Andrada



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SÍMBOLOS
              
        El ser humano siente, alguna vez en la vida, esa necesidad de una explicación, de justificar o rememorar un pasado porque, los sentimientos y las razones que, por algún motivo, han permanecido ocultos durante buena parte de su vida, vuelven en forma de recuerdos como si de una secreta esperanza invertida se tratara. Transcurrido un tiempo razonable, la adolescencia y la juventud, camino ya de la madurez, se inicia ese proceso involutivo que lleva a recuperar esa olvidada identidad para sobrevivir, finalmente, a una vida relegada por un involuntario extrañamiento.
        Alejandro López Andrada (Villanueva del Duque, Córdoba, 1957) ha construido un mundo propio desde sus inicios literarios, un mundo personal que, como ha señalado Santos Alonso, «pone en convivencia íntima la vida de las gentes y el fluir del tiempo en los pueblos con la naturaleza en plena palpitación». Localizado geográficamente en los Pedroches, la zona más olvidada y abandonada de la provincia de Córdoba, lugar donde el escritor ha construido su reino secreto engalanado con una naturaleza tan exuberante como extraordinaria. Una tierra desgarrada por los triunfos y las derrotas de tantos compatriotas, reveses que le sirven al autor para afirmar con toda rotundidad que «la memoria de los pueblos no reside en la cal y en la piedra de sus casas y de sus cortijos, sino en los hechos y en el alma de las personas». No es extraño encontrar semejantes juicios en la escritura de López Andrada, porque para él la literatura es un ejercicio intelectual y emotivo, esencialmente unido a la vida, a la experiencia humana, a la tradición y al arraigo de la tierra, todo cuanto pueda verse desde su particular Colina del Verdinal.
        Ángel Pedraza, el protagonista de El libro de los aguas (2007), vuelve a su pueblo para reconstruir parte de su pasado familiar, después de una prolongada ausencia que cubre la dictadura franquista, para justificar, de alguna manera, toda una época, esa larga posguerra que conservó, sobre todo en los ambientes rurales, parte del odio acumulado en la contienda civil. Frente a él, la imagen fantasmal de un pueblo que tras la guerra civil, en los primeros meses, le ofreció algunos momentos de contenida felicidad: el amor de la familia, el amor adolescente, perspectivas para una nueva vida, pero también le enseñaría el conflicto entre la bondad de las gentes del lugar y la villanía de los poderosos. Será en Peñas Grises, con la tía Lorenza y sus primos, donde el joven Ángel pretende reconstruir su vida, porque fallecido el tío Braulio, abandonará Bruma para siempre, alejándose de un terror profundo e irracional que le impide seguir allí. Víctima, además, de las consecuencias funestas de la guerra pronto le atormentarán  una serie de visiones y sucesos extraordinarios que se fundirán con los recuerdos del resto de su vida.
        A medida que el lector avanza en el relato, cuando la vida de Ángel se mueve entre esos parámetros de una felicidad sostenida y un futuro posible, surgen episodios que convierten la historia en algo tan terrible como poético; terrible porque muestra la realidad más dolorosa del ser humano, el aislamiento de la familia del mundo exterior, el injusto encarcelamiento del tío Ángel, los encuentros con los maquis, y numerosos sucesos que vivirá el joven y le mostrarán los desajustes sociales que conducen a la misera, al abuso, a la locura y a la brutalidad de las gentes del lugar que actuarán de una forma irracional frente a sus semejantes; y poético porque, López Andrada, dueño también de una voz lírica singular, depurada, sintética, es capaz de convertir cada párrafo en una unidad extremadamente intensa, eternizando así, a través del lenguaje, el presente narrado, de mostrar esa tremenda solidaridad con la raza humana, con el hombre, con la tierra, hasta lograr que, como lectores, nos sintamos seducidos por su tremendo amor a la vida.
        Al final de la novela, el protagonista, derrotado por el silencio y el olvido de tantos años, concibe su vida como una imagen onírica poblada de rostros y de voces del pasado, y cuando, desvanecida la atmósfera de aquel tiempo, envuelto en una luz tímida y hermosa que le provoca tantos recuerdos, mientras percibe el olor de ese fulgor en mitad de la noche, entre las viejas paredes de su casa ruinosa y rodeado por un ambiente mortecino, entonces será, y solo entonces, cuando consigue perdonarse a sí mismo y a todos los demás, a aquellos que, de una manera u otra,  dejaron su nombre escrito en el Libro de las Aguas.








EL LIBRO DE LAS AGUAS
Alejandro López Andrada
Sevilla, Algaida, 2007

Salvador Compán,2



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SEGUNDAS INSTANCIAS                             
              
        Momentos de extrañeza, impulsos o simples impresiones que justifican, algunos años después, historias inventadas en una época de tanteos, cuando el narrador busca con cada página escrita la expresión personal de una posible y futura voz literaria. Se percibe esa voluntad juvenil por encontrar expresiones artísticamente válidas y experimentar nuevos temas y formas de expresión con que reinventar argumentos universales: deseo, amor, infidelidad, libertad o locura, telón de fondo de esta colección de relatos. El libro Cuídate de los poemas de amor (2007) es, en palabras de Salvador Compán (Úbeda, Jaén, 1951), una autobiografía sumergida, aunque la heterogeneidad de los catorce cuentos va mucho más allá de esta afirmación. Él autor justifica, uno a uno, su prehistoria porque, en algunos momentos de su vida, le advirtieron que algo iba a suceder. Un espectáculo que no quiso perderse y pudo retener. Y esa «involuntaria unidad temática» esgrimida por Compán para reunir, por primera vez, aquellos textos que le proporcionaron algún premio y una no menos importante causa de satisfacción, se muestra en la fuerza y contundencia de varios de ellos, caso de «Jiménez, el Espeso» una visión más de las atrocidades de nuestra guerra civil con los inevitables fusilamientos en los pueblos de nuestra España más rural. O «Trenes» hermosa historia de amor que sobresale por el paralelismo planteado en sus dos protagonistas: Ana y Juan, cuyas voces, alternativamente, se van apagando a medida que se intensifica su relación y la acción del cuento llega al final, cuando el joven maquis cae abatido sobre la vía. Dos perspectivas ofrecen en este relato una perfecta visión de esa acción interna y secreta que continúa en otra externa y visible, un todo voluntariosamente oculto por acciones accesorias, por esa actividad que no persigue otra finalidad, sino la de conducir al lector al hecho en sí, la fatalidad. Y «La reina del carnaval» otro cuento de amor fallido con una duplicidad narrativa que propone un narrador, en primera y tercera persona, y que, de alguna manera, sirve de unión a las diferentes situaciones y está presente, como si de un confidente se tratara, para contar una alocada visión de un fortuito encuentro carnavalesco y sus funestas y dramáticas consecuencias.
               Lirismo, violencia, locura individual o colectiva como la practica Compán en los tres relatos anteriores, muestran el inequívoco talento de un autor con capacidad para sintetizar con garantía de calidad el difícil arte del cuento. El algunos casos, la economía mínima de los medios de expresión provoca una explosión y, lo insignificante y lo accidental, muestra el lado amable de la vida, como en «El limpiador de cristales», relato característico por su brevedad, por sus alusiones, convertido casi en un poema en prosa, que vertebra el tema a otros relatos en Cuídate de los poemas de amor. Finura literaria, en suma, manchas de conciencia para dejar constancia de una meditación que suavice algunas actitudes de nuestra vida y, por añadidura, siembre algo de verdad en nuestra existencia porque, los argumentos de este libro y los personajes, trasiegan en lo verosímil y, también, en lo inverosímil mostrando las pasiones que arrastran. Los cuentos de Salvador Compán, al menos, los se que incluyen en este volumen, no ayudan a soñar, sino realizar aspectos de una existencia cualquiera que sea esta.







Salvador Compán; Cuídate de los poemas de amor; Córdoba, Almuzara, 2007; 120 págs.

lunes, 22 de mayo de 2017

200.000 visitas


     Gracias amigos lectores... esta mañana llegamos a 200.000 visitas, y la alegría de saber que siempre hay algún lector en cualquier rincón del mundo.

domingo, 21 de mayo de 2017

Desayuno con diamantes, 111



EL EROTISMO COMO POSIBILIDAD

         Libro deslumbrante, curioso y audaz, Por amor al deseo. Historia del erotismo (Espasa, 2006) que el granadino Gregorio Morales entrega y con el que propone sumergirnos en lo más variado del mundo del erotismo, en cuanto a imaginación y realidad.

              
         No resulta nada fácil escribir y teorizar sobre la variedad de las prácticas sexuales o acerca de las curiosidades del mundo del erotismo. Gregorio Morales (Granada, 1952), autor de un completísimo libro anterior titulado El juego del viento y la luna. Antología de la literatura erótica (1998), y de numerosos trabajos sobre sexo y erotismo, publica ahora Por amor al deseo. Historia del erotismo (Espasa, 2006), un extenso ensayo donde desglosa la historia del erotismo desde puntos de vista tan curiosos para poder vislumbrar aspectos tan comunes como  «La historia de la mamada» o la  «Historia del 69» y se incluyen, entre otros interesantes capítulos, un repaso documentado de las grandes ninfómanas de la historia, el curioso mundo de los sex-shop, las lolitas o las chicas de calendario o se describe el mundo de los susurros, los suspiros y los jadeos que pueden rastrearse en las grandes obra de la literatura, como el oportuno apartado dedicado al erotismo en El ingenioso hidalgo don Quijote de las Mancha. Morales sostiene en su libro que, en la actualidad, hay un exceso de pornografía y una gran escasez de erotismo y afirma que lo afrodisíaco constituye la esencia de cuanto nos rodea. El cine X o la Historia de la Literatura Erótica, también, forman parte de otros de los más interesantes capítulos de este volumen.

¿Qué es erotismo?
         Se pregunta el autor al comienzo mismo del tratado para situar al lector desde las primeras líneas y en el prólogo mismo acerca de lo esencial de su libro. Para Morales el erotismo no es acto, sino la pura potencialidad del mismo y, al mismo tiempo, la posibilidad. Reside, por tanto, en lo invisible, en aquello que no se ve y se agota cuando puede verse y medirse.  Y responde por consiguiente a: erotismo o verdad, imaginación o realidad y deseo o fisiología. El erotismo se convierte en un juego, como afirma el autor, si por jugar entendemos la capacidad de fabular, de ensayar por medio de la ficción otros mundos y otros lugares. La historia del erotismo nos da los suficientes ejemplos de hasta qué punto hombres y mujeres de todas las épocas han centrado su atención en el otro, porque el deseo nos lleva a cifrar nuestros anhelos en otras personas. Gregorio Morales llega a la conclusión de que el hombre occidental está tan falto de erotismo como de amor y esta Historia del erotismo, que él mismo escribe y presenta, es una oportunidad para aunar con la propia experiencia el bagaje que va desde los antepasados de todos los tiempos hasta la más absoluta contemporaneidad, reavivando siempre una fuente en plena efervescencia.


Ninfomanía
         Cantidad, compulsividad, insatisfacción, fuerza irreprimible de deseo, transposición de los límites, larvada o patente potencia..., así queda calificada por el autor la ninfomanía de la que escribe un interesante capítulo dedicado a las grandes ninfómanas de la historia, empezando por María Magdalena y ese concepto esgrimido por la Biblia de ser una mujer habitada por siete demonios que ungió los pies de Cristo. Pero será Mesalina la ninfómana por antonomasia, casada con el emperador Claudio a los dieciséis años se dio a todo tipo de excesos y buscaba a los hombres con las artes propias de una meretriz hasta el punto de que muchos de los varones de Roma llegaron a temer por su seguridad y la de sus familias o el caso de Anula, la «viuda negra», reina del antiguo Ceilán durante los años 48-44 a.C., cuya principal actividad, además de la ninfomanía, fue la de ir envenenando a los distintos reyes con quienes se casaba: príncipes, guardias de palacio, carpinteros, leñeros incluso un sagrado brahmán, todos ellos sucumbieron al excesivo apetito sexual de una reina que nunca tuvo suficiente con un solo hombre. Algo semejante se puede afirmar de Cleopatra que llegó a tener un templo especial donde residían vigorosos jóvenes, cuya misión consistía estar al servicio sexual de la reina, y la lista que Morales añade a este capítulo sigue en Catalina la Grande, Gala y su castillo de Púbol, lady Jane Ellenborough, la actriz Vivien Leigh, sin olvidar algunas jóvenes en la actualidad como Annabel Chong, Jasmine St. Clair, o una tal Houston que ha batido el récord hasta el momento: seiscientas veinte veces ininterrumpidamente.

Sex-Shop
         La curiosidad de los sex-shop data de los años sesenta, pero parece ser que, ciertos artículos eróticos, se vendían de los tiempos más inmemoriales: fundas, aumentadores, anillos, y preservativos de toda clase y especies. Y aún más antiguos, muñecos, filtros de amor, cinturones de castidad o consoladores de la antigüedad griega y romana o la Edad Media. Está constatado cómo a partir del siglo XIX las principales capitales europeas albergaban lujosos prostíbulos que se servían de abundante material erótico, por ejemplo, las «sillas del amor» donde era posible practicar algunas de las posturas más inusuales. Hoy se utilizan piercings, cremas y ampollas y, cada vez más, los artículos de lencería que ocupan un lugar primordial con atrevidos, fantásticos y afrodisíacos diseños. Y sobre todo en los modernos shops abundan los artículos para homosexuales, sin olvidar ese tipo de artilugios que se concretan en bozales, fustas, correajes, esposas, máscaras, cadenas que dan lugar a lo que moderna y comúnmente se denomina como erotismo colectivo.
         Aún cabe esperar más del desarrollo del cibersexo, un proceso parecido al que llevaron a cabo las cabinas privadas y que nos trasladarán a realizar nuestros caprichos virtualmente y nos transportarán a nuevas experiencias, aunque como señala el autor, lo interesante de todo este proceso es que tiendas y objetos seguirán cumpliendo ese objetivo propuesto que constituye incentivar nuestra fantasía, quizá el motor más importante del erotismo.

Lolitas
         ¿Qué es una lolita? se pregunta Gregorio Morales en uno de los más interesantes capítulos de Por amor al deseo. En realidad, es una preadolescente que desgarra los corazones de los hombres maduros. Fundamentalmente de la novela de  Nabokov, Lolita, publicada en 1955, proviene, realmente, el término y, sobre todo, el escándalo que produjo la obra y las prohibiciones que se sucedieron con respecto al nombre de la protagonista, la niña de once años. Pero en realidad, fue Lewis Carroll uno de los primeros varones atraídos por lolitas y lo mismo le ocurrió al rey David, eclipsado por la belleza de Abisag o Mahoma cuando vio por primera vez a Aixa, una niña de siete años.  El cine moderno ha alimentado el mito durante estos últimos años y a las versiones de la obra de Nabokov, la filmada por Kubrick en 1962 y Lyne en 1997, el tema se ha repetido una y otra vez, vuelve en Taxi Driver (1976), de Scorsese, en Pretty Baby (1978), de Malle, Las edades de Lulú (1990) o American Beauty (1999). A parte de la explicación jungniana del anima masculino y el animus femenino, existe una explicación mitológica, según la cual el complejo de lolita estaría relacionado con el mito del vampiro, y esa suerte de dráculas que, agobiados por los años, tienen esa continua necesidad de sangre fresca. O una explicación biológica, cuando uno descubre pelo, piel suave, grandes ojos, mejillas sonrojadas, nariz pequeña que nos atrae por los recuerdos del bebé y nuestra inclinación biológica a amar por encima de todo; una antropológica que nos remonta a la historia de la humanidad y esos matrimonios celebrados en la adolescencia, entre los doce y quince años; y una final, psicoanalítica que habla, en realidad, de una homosexualidad disfrazada, ya que lo que realmente amarían sería al andrógino o efebo. 
                 Un repaso interesante por las «chicas de calendario» calificadas de simpáticas, guapas, pícaras, hospitalarias, frágiles, alocadas, maternales y tentadoras. Calificadas, también, como pinups , así se definen como esa chica de quince años en un cuerpo de veinte.


El cine X
         Unas semanas después de las primeras proyecciones de los hermanos Lumiére en 1895 se rodó una película Bain (1895) protagonizada por una bailarina de striptease, la francesa Louise Willy. Desde esta fecha hasta la Segunda Guerra Mundial no existió la censura en Europa y el cine vivió su época dorada hasta que el 1975 fue relegado a las famosas salas X.  El porno vivió en la clandestinidad y durante años fue impulsado y distribuido por verdaderas mafias, pero los tiempos cambiaron y poco a poco la pornografía se legalizaría en Austria, en Dinamarca, en Estados Unidos y en España, finalmente en 1983. El capítulo extenso que dedica Morales al tema es lo suficiente ilustrativo como para no reproducirlo aquí, y está lo suficientemente documentado como para que el lector pueda tener una idea clara al respecto. Quizá una última y valiosa reflexión debida a Patricia Highsmith que no duda en afirmar que, en su opinión, «la pornografía ha sustituido a las religiones».
         Términos como «kiki», «fast web», «aventura», «cipote de Archidona» son explicados con esa gracia que aboga por una vida sexual plena. Incluso la literatura no queda al margen del análisis de Gregorio Morales que, resulta obvio, dedica en un extenso capítulo a la figura y obra de Don Quixote. El ensayista Alexandrian en su Historia de la literatura erótica (1989) reflexionaba sobre numerosos textos con indicaciones biográficas que subrayaban la psicología de sus autores y el objeto que planteaba al evaluar dicha literatura. Sin olvidar que esta había nacido en Europa precisamente importada de Oriente de donde había llegado tras otorgarle un sentido profano. Existen, pues, obras maestras griegas, latinas, francesas, italianas, inglesas y alemanas porque la censura de la Inquisición en España relegó el género a la literatura sentimental y caballeresca. El libro de Alexandrian hace un minucioso recorrido por el arte de amar en la antigüedad, la lujuria en la Edad Media, el Renacimiento, la Ilustración y la edad de oro del libertinaje, o los grandes libros clandestinos del XIX, incluida la literatura erótica femenina hasta llegar al erotismo surrealista. Morales añade, también un somero repaso por «Historia de la literatura erótica» para terminar con el curioso capítulo de la «Historia del cinturón de castidad», ese invento u objeto del que se empezó a hablar, precisamente, en la Edad Media, cuando el flujo de hombres a las cruzadas dejó a cientos de mujeres que podían ser violadas o entregarse a sus furores eróticos. 

         Un documentado «Diccionario del Erotismo» cierra el curioso libro Por amor al deseo, con entradas tan variadas que recogen nombres propios relativos al mundo del erotismo, películas famosas y actores o simplemente voces que explican ese sentido que no se les da en los diccionarios al uso.
         El mundo erótico o la literatura, pese a lo esgrimido por numerosas voces, no es síntoma de decadencia porque como es sabido ha florecido en los grandes períodos de nuestra civilización, el siglo de Augusto, el Quatrocento, el Siglo de las Luces, incluso no se puede calificar como un signo de inmoralidad o abyección puesto que numerosos autores, entre otros el cristiano Ausonio, lo cultivaron sin remordimiento alguno. Nos quedaría quizá pensar en si, todo lo relativo a lo erótico, tiene algo de corruptor puesto que este siempre fue el motivo invocado para pasar a la proscripción. Que cada cual juzgue tras la lectura de este interesante libro y practique, en la medida de lo posible, la fantasía de su propia sexualidad.