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jueves, 21 de septiembre de 2017

King/ Hawthorne



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HOMENAJE A UN CLÁSICO: Hawthorne/ King.

Stephen King publica El hombre del traje negro, ilustrado por Ana Juan en Nǿrdica/ Libros.


       No siempre Stephen King pretende asustar a sus lectores con sus historias, en ocasiones, y valga el ejemplo, somete su escritura a un severo proceso que sirve de homenaje a un clásico como Nathaniel Hawthorne y a uno de sus cuentos más populares y conocidos, “El joven Goodman Brown”, aunque siguiendo esas características esenciales, también, podamos clasificar este de relato de terror.

El clásico
       Cuenta como el protagonista del cuento, llamado Goodman Brown, realiza un viaje hacia lo más profundo del bosque, acompañado por un lúgubre caballero, en realidad, por el diablo que intenta convencerlo de vivir en un mundo lleno de hipocresía puesto que, quien el joven Brown cree los más destacados miembros de la fe, son adoradores del mal, y finalmente descubrirá que los viejos cultos ancestrales, como el baile de las brujas y los rituales satánicos, siguen vigentes en la silueta que estos hombres proyectan. Aunque se resistirá a los requerimientos del diablo, terminará esa noche con un cambio profundo en su carácter, e incluso llega a pensar, ¿lo he soñado o lo he vivido? Goodman Brown no podrá volver a contemplar, desde ese lúgubre episodio, a sus convecinos, ni siquiera a su esposa como antes.


Nueva versión

       King escribe algo diferente pero guarda ciertas similitudes con el cuento clásico del XIX, aunque alejado en el tiempo, la historia se inicia en 1914 y su protagonista, Gary, solo tiene nueve años cuando en la bifurcación de un río se encuentra con un hombre vestido con un elegante traje negro, un siniestro hombre de ojos anaranjados y aspecto terrible, que le dejará una huella de terror para el resto de su vida. Cuando Gary es ya un anciano, pone por escrito este inquietante encuentro, aterrorizado por la posibilidad de encontrarlo de nuevo.
       Este relato escrito por King está ilustrado en esta ocasión con genialidad por Ana Juan (Valencia, 1961), una ilustradora que como siempre ha trabajado sus obras con esa curiosa mezcla de realidad y sueño, fiel a su estilo oscuro que llena aun más de misterio las páginas ilustradas cuando como con el niño pensamos que el diablo vive dentro de nosotros. En 2010 recibió el Premio Nacional de ilustración. Ha publicado numerosos libros y especialmente destacados son sus trabajos para The New Yorker.
       Stephen King publicó su cuento en 1995, y ganó entonces el World Fantasy Award al mejor relato corto de ficción.






Stephen King, El hombre del traje negro; ilust. Ana Juan; Madrid, Nórdica, 2017; 128 págs.


martes, 12 de septiembre de 2017

Sabías que...







         Vieja madera para arder,
                viejo vino para beber,
                 viejos amigos en quien confiar,
                 y viejos autores para leer.
                                   (Sir Francis Bacon)

lunes, 11 de septiembre de 2017

Javier Mijé



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CONTAR HASTA DIEZ
              
       Javier Mijé (Sevilla, 1969) es una narrador que siempre cuenta hasta diez para añadir una sola palabra en cualquiera de sus cuentos, y además cuando juega y realiza artificios lingüísticos, con evidentes alusiones a una auténtica prosa poética, lo hace muy seriamente, con un estilo irreprochable, donde cada frase y cada párrafo están cuidados con una obsesiva alusión a la gracia y finura literarias. Hace unos años publicaba una primera colección de relatos, El camino de la oruga (2003), que muy pronto llamó la atención por el dominio de lo íntimo en sus historias, y por su capacidad para retratar la soledad en algunos de sus protagonistas. Recientemente ha vuelto al terreno del cuento con, El fabuloso mundo de nada (2010), un título con la suficiente ironía como para tratar en sus páginas fragmentos, acontecimientos, vacilaciones donde la confusión abunda, y la monotonía contemporánea es tolerable. Con ecos del mejor Carver, señalaba la crítica especializada, aunque las comparaciones con autores de renombrado prestigio nunca facilitan las cosas, el estilo de Mijé posee la brillantez propia suficiente y una especial capacidad para adecuar las alusiones del lenguaje a sus textos, muestra inequívoca tanto del dominio de la realidad como de la imaginación del narrador.
       En El fabuloso mundo de nada Javier Mijé amplia su horizonte geográfico: Londres, Lisboa, Mallorca, Barcelona, aunque su estilo particular, la coherencia en lo huidizo y lo alusivo, es suficiente como para mantener la tensión de estos doce relatos que nos hablan de amor, de soledad, esa que resulta totalmente destructiva, de la incomunicación, del desencanto, del fracaso y de las estrategias de poder, incluso de violencia, tan presente en la actualidad. Sus personajes, de una asombrosa actualidad, muestran un vacío existencial y una insatisfacción crónica, muchos protagonizan parejas rotas, envueltas en una melancolía casi sentimental, cuentan una infelicidad que se traduce en miedo al compromiso, como ocurre en los cuentos «Las tres y diez» o «Asiento de ventanilla» o «Análisis». Son historias cotidianas que aluden a ese desamor apuntado, rupturas sentimentales, aburrimiento o, incluso, hastío. Y una lectura diferente, tan lúdica como esperpéntica, que formaría parte de esa metáfora de la vida, una representación teatral como sucede en el presente, donde la monstruosidad alienta nuestras vidas y, quizá, por este motivo no resulta raro que Mijé ambiente cuatro de sus relatos en el espacio del circo, donde lo monstruoso y lo feo, ejemplifican ese mundo de nada, espectáculo y vida, como ejemplos de un espacio concreto, que incluye fantasía y risa, o representa el continuo movimiento de las caravanas circenses, ejemplificado magistralmente en «Cuento de la mujer barbuda, la luna y el león» y «Un disparo mortal».






EL FABULOSO MUNDO DE NADA
Javier Mijé
Barcelona, Acantilado, 2010

domingo, 10 de septiembre de 2017

Desayuno con diamantes, 116



¿DÓNDE ESTÁS MARILYN?

       Textos inéditos de Marilyn Monroe, Fragmentos (Seix-Barral), escritos entre 1943 y 1962.

               
       Marilyn Monroe continua siendo un misterio, un conjunto de paradojas que rodearon a toda una vida, convirtiéndola en un icono sexual. Fue una rubia tonta a quienes millones en todo el mundo admiraron, la actriz que se casó en varias ocasiones: una de ellas con un escritor de izquierdas perseguido por el maccarthismo de los años cincuenta; en realidad,  un personaje público atormentado por una oscura existencia, con una extensa lista de amantes: políticos, actores y mafiosos. A casi cincuenta años de su desaparición, mucho se ha rumoreado y se ha escrito sobre su vida y el enigma sobre la muerte de una de las mujeres más hermosas de Hollywood, convertida en auténtico mito de varias generaciones de admiradores.
       Norma Jeane recibió su primer nombre por la admiración que Gladys, su madre, sentía por la actriz Norma Talmadge, joven hermosa de ojos de gacela, protagonista de más de sesenta películas, melodramas lacrimógenos, una estrella de belleza expresiva y luminosa. Para Gladys, una operaria de laboratorio que codiciaba la fascinación que ejercían las actrices, el nombre de Norma expresaba una especie de anhelo totémico, una bendición al futuro de su hija; de igual forma, la madre consideró que Jeane era un complemento adecuado. Dos semanas más tarde de su nacimiento, entregaría a Norma Jeane a una familia adoptiva que vivía a unos veinticinco kilómetros: las pautas morales y estéticas de los años veinte, su trabajo, su vida agitada y nómada, eran las premisas más inadecuadas para dedicarse a la maternidad. Las familias de la época completaban sus ingresos cuidando niños adoptivos, así el 13 de junio de 1926 (nació el 1 de junio), Norma Jeane Mortensen fue entregada a Albert e Ida Bolender: él era cartero y ella se dedicaba a sus tareas como madre de un hijo, ama de casa, madre adoptiva, y miembro activo de una parroquia protestante. Para añadir más dramatismo a la vida de la futura Marilyn, antes de cumplir los diez años había pasado por una docena de hogares adoptivos, aunque el dato forma parte de leyenda de Hollywood, y se sabe que vivió, al menos siete de sus primeros años, con la familia Bolender. Las fotografías de los primeros años muestran a una niña encantadora de pelo rubio ceniza, sonrisa atractiva y ojos claros de color azul verdoso. Pero afirmaba que «en casa de los Bolender nadie le dijo jamás que era bonita». Su familia adoptiva le permitió tener un perro callejero, si ella se ocupaba de atenderlo: lo llamó Tippy y siempre estuvo acompañada de su mascota. Al cumplir los siete años, la vida de la pequeña Norma Jeane cambió porque un vecino molesto con la ladridos del perro cogió un revólver y lo mató, la niña quedó en profundo estado de dolor; los Bolender llamaron a Gladys, esta ayudó a su hija a enterrar al perro, pagó la pensión del último mes y se la llevó a un pequeño apartamento que había alquilado para pasar el verano, en Hollywood, cerca de los estudios donde ella y su amiga Grace trabajaban como cortadoras independientes. En el otoño se mudaron a una modesta casita, la vida cambió para ellas, aunque realquilaron el inmueble y lo compartieron con otra pareja: unos actores con poca fortuna. Allí era fácil hablar de cine, las cenas en las largas noches de verano se pasaban fumando y bebiendo cerveza, mientras la pequeña Norma recogía las botellas vacías y las llenaba de flores del pequeño jardín trasero. Por entonces, Gladys conoció la muerte de su abuelo, se había suicidado en un pueblo de Missouri, su padre murió a causa de la locura y, su madre, también por una extraña psicosis maniacodepresiva. Fue cuando comprendió que en su familia existía una verdadera plaga de enfermedades mentales: asustada se negó a comer y a dormir, y cayó en una profunda depresión. A principios de 1934 ingresaría en una casa de reposo en Santa Mónica, y poco después en el Hospital General de Los Ángeles. Norma quedó al cuidado de Grace y de los jóvenes actores, la familia Atkinson. Grace adoraba a Norma Jeane, y de no ser por ella —recuerda Leila Fields— Marilyn Monroe no habría existido. Se deshacía en elogios sobre la niña como si fuera su propia hija, y aseguraba que Norma Jeane iba a ser una gran estrella de cine. Tenía esa impresión, era una convicción. «No te preocupes, Norma Jeane», le decía. «Cuando seas mayor vas a ser un chica hermosa, una mujer importante, una estrella de cine».



Nueva vida
       En 1941 conocería a un apuesto joven de ojos azules, pelo castaño, casi un metro ochenta de estatura, y bigote fino. Era James Dougherty, vivía con su familia muy cerca de Norma Jeane. Actuaba en las obras de teatro del Instituto, pertenecía al equipo de fútbol, incluso había sido elegido presidente de los estudiantes. Limpiabotas, empaquetador de bocadillos y empleado de una funeraria. A finales de 1941, Jim trabajaba en Lockheed Aircraft y para la joven Norma, era «un hombre de ensueño». La fiesta de Navidad de ese año fue un momento especial en la relación de ambos jóvenes, bailando, aseguraba Jim, «ella se apretó contra él muy fuerte, con los ojos cerrados». A partir de entonces iban al cine, paseaban y hablaban de la guerra, y Norma Jeane, de quince años, se sentía halagada por la atención que le prestaba un hombre tan apuesto. Un desagradable acontecimiento iba a llevar a la joven de vuelta al orfanato hasta que cumpliera los dieciocho, cuando pensó en casarse con Jim, hecho que conmocionaría a profesores y compañeros. Sería en junio de 1942 cuando cumpliera los dieciséis, la edad legal en California para contraer matrimonio. Dejó las clases y su formación académica a mitad del décimo grado, circunstancia que provocaría en ella un complejo de inferioridad que muchos supieron más tarde explotar. La ceremonia se celebró el 19 de junio, y en un modesto restaurante, se celebró un pequeña recepción.
       Jim fue destinado a ultramar y cuando volvió dieciocho meses más tarde, Norma Jeane se había convertido en una cotizada modelo, e iniciado una meteórica carrera. Pronto la Twentieth Century Pictures requirió sus servicios como prometedora principiante y a lo largo de 1946 y 1947 aparecería en dos pequeños papeles que no dejaron huella en la filmografía de la posterior actriz. Las fotografías de 1949 se convirtieron en iconos reconocibles a lo largo de la historia, y en diciembre de 1953 Tom Kelly la fotografió para la revista Playboy donde aparecería con un desnudo central y un desplegable en el interior. Tras cuatro pequeños papeles, llegaría La jungla del asfalto (1950), Eva al desnudo (1950) y los grandes éxitos, Niágara (1953), Los caballeros las prefieren rubias (1953), Río sin retorno (1954), La tentación vive arriba (1955), Con faldas y a lo loco (1959), Vidas rebeldes (1961) y la inacabada, Something´s got to give (1962). 


Muerte de un icono
       La noche del 5 de agosto de 1962, el sargento Jack Clemmons prestaba servicio en la comisaria de oeste de Los Ángeles, cuando a las cuatro y veinticinco minutos sonó el teléfono comunicándole que Marilyn Monroe estaba muerta, se había suicidado. Dado que era una noche tranquila, decidió investigar el asunto personalmente. Diez minutos más tarde llegó el policía al 12305 de Fifth Helena Drive, donde encontró a Marilyn en su habitación, desnuda, boca abajo y sin vida, tapada con una sábana. Muy pronto circuló la trágica noticia, periódicos y servicios de noticias habían interceptado las frecuencias de radio de la policía. El lunes 6 de agosto por la mañana, los restos de Marilyn Monroe aún seguían en el depósito de cadáveres del condado de Los Ángeles, sin ser reclamado. El cuerpo deseado por millones de admiradores no pertenecía a nadie. Joe DiMaggio asumió la tarea de ocuparse de los últimos detalles. Durante el sepelio, un organista ofreció unos pasajes de la Sexta Sinfonía de Chaikovski, y después la melodía favorita de la actriz, «Over the Rainbow», del Mago de Oz. Poco antes de cerrar el ataúd, Joe se inclinó y lloró abiertamente mientras besaba a Marilyn y decía: «Te amo, cariño..., te amo», y colocaba entre sus manos un ramillete de rosas.

Fragmentos
       Ahora que se editan Fragmentos, poemas, notas personales, cartas (Seix-Barral, 2010), observamos que Marilyn Monroe fue una mujer compleja, de profundo y hondo espíritu, víctima de un estereotipo fabricado por la industria del cine, y que en su soledad más absoluta escribía poemas, notas personales, cartas y devoraba libros como demuestran algunas de las fotografías recogidas en el volumen. El material reunido en la presente edición, con un prólogo de Antonio Tabucchi, procede de los efectos personales que dejara la actriz tras su muerte en 1962, y fue Lee Strasberg quien durante años guardara el material hasta que pasó a manos de su tercera esposa, Anna, quien los custodiaría durante años. Además de los escritos, la sala Christie subastaría ropa, cosméticos, fotos y otros documentos que no han aparecido en este libro.
       Fragmentos se edita y aparece en las librerías del mundo casi simultáneamente, y en la versión en español se reproducen los textos originales en inglés con su respectiva traducción. Se han editado en un orden cronológico, y cuando en los textos se advierte una palabra en rojo, el editor ha corregido la ortografía o añadido cualquier otra palabra. En realidad, como afirman los editores, esta recopilación nos descubre a una joven que no se daba por satisfecha con las apariencias superficiales y buscaba a través de sus sentimientos la verdadera razón de una tormentosa existencia, refugiándose en la lectura (parece que su biblioteca personal contenía más de cuatrocientos volúmenes), y en personas como Lee Strasberg, a cuyas clases empezó a asistir en 1955, con apenas treinta años, y con el que mantuvo una estrecha amistad y del que aprendería mucho, sobre todo por los métodos que empleaba el maestro: el autosicoanálisis para que el actor sacara de sí los recuerdos y llegara a un autoconocimiento que le llevarían a proyectar mejor los personajes a interpretar. En una entrevista fechada en 1960, el periodista francés, Georges Belmont, le preguntaba a Marilyn por los comienzos de su carrera, y sus notables ausencias en galas y fiestas, ella respondió que, ¡sencillamente, estaba en la escuela! No había completado su formación y asistía a las clases nocturnas de la Universidad de Los Ángeles. De día hacía papelitos en el cine, de noche asistía a clases de Historia, Literatura e Historia de los Estados Unidos. En aquellos momentos leyó clásicos como Milton, Dostoievski y Whitman, así como modernos, Hemingway, Beckett, Kerouac. El dramaturgo Arthur Miller desempeñaría, años después, un papel importante recomendándole nuevas lecturas: la biografía de Abraham Lincoln, de Carl Sandburg, aunque se vanagloriaba de haber leído en 1952, el Ulises, de James Joyce. En estos poemas, en estos papeles, los editores señalan, Marilyn está más viva que nunca.
       ¿Cómo habría sido la historia si Marilyn, en lugar de poseer esa extraordinaria belleza que la hizo famosa para el cine, hubiese sido una mujer de aspecto corriente? —se pregunta Tabucchi en el prólogo. El narrador italiano la compara con Silvia Plath, quien afirma haberse suicidado porque era demasiado sensible y demasiado inteligente. Quizá tras la lectura de este libro, la imagen de Marilyn en el mundo haya cambiado por completo porque estas páginas esconden unos sentimientos que pocos sospechaban. Como afirma Tabucchi, en realidad, estos documentos revelan la complejidad de un alma que se encontraba detrás de una imagen. Poemas, cartas, apuntes y diarios íntimos, notas tomadas al azar, completan la imagen de un bello rostro y radiante.  «Conjugar su apariencia visible —escribe el italiano— con lo que se escondía detrás hace su rostro y su cuerpo aún más hermosos, aún más digna de ensueño».
       Una «Nota personal», de 1943, sirve de inicio de Fragmentos, seis páginas escritas a máquina en la que relata su relación con James Dougherty, acompaña una foto de ambos en Catalina Island, otoño de 1943. En ella se plantea interrogantes sobre el matrimonio, sobre sus expectativas futuras, o se vislumbran desilusiones desde las primeras líneas. Sigue un apartado titulado, «Poemas sin fecha», aunque calificados como «faltos de maestría», para ella, sin duda, estos pequeños textos, poemas o esbozos, simplemente, le permitían expresar sensaciones, deseos o frustraciones, porque como llegó a firmar, Arthur Miller, para sobrevivir, tendría que haber sido más cínica o estado más cerca de la realidad. Pequeños apuntes acerca de la vida, anotaciones sobre la muerte, la soledad, el hastío, sobre hojas sueltas o en papel de hotel. De los años 50, data un cuaderno negro «Record», con ciento cincuenta páginas de las que utilizó doce, en distintas épocas, en las primeras arranca con un desesperado, ¡Sola!, y reflexiona sobre el miedo, diversas sensaciones, y probablemente, anotaciones sobre sus clases de teatro, escenas de películas, incluso abundantes notas sobre aspectos del Renacimiento, puntualizaciones sobre un libro de esa época. Otro cuaderno, de la misma marca, corresponde a 1955, solo utiliza las primeras páginas, aunque han desaparecido la tercera y la cuarta. Puede que daten de sus primeros contactos con Lee Strasberg porque en sus reflexiones lleva a cabo un esfuerzo de introspección, vuelve una y otra vez sobre una infancia plagada de miedos, y el recuerdo de su tía Ida Martin que la obligaba a considerar la vida con un profundo sentimiento de culpa. Por algunas de estas notas, se supone que habría empezado el psicoanálisis: subraya la tendencia a olvidar. Marilyn se alojará durante unos meses en el Waldorf-Astoria de Nueva York a donde ha decidido trasladarse para crear su propia productora junto a Milton Green. Las notas, en esta edición, corresponden a hojas sueltas con el membrete del famoso hotel, un largo poema en prosa, notas sobre las charlas de Strasberg, y una lista de frases que son títulos de canciones, documentos con alguna discontinuidad. La «Agenda Italiana» corresponde a 1955 o 1956, recoge varias hojas con inscripciones de color verde en italiano y ellas Marilyn escribe lo que se le ocurre, entonces su relación con el dramaturgo Miller parece idílica.
       Tras la celebración del matrimonio Miller-Monroe, se trasladan a Londres donde rodará El príncipe y la corista, película de Laurence Olivier. Se alojaron en el Parkside House, y todo funciona bien hasta que la actriz descubre un diario de su marido donde este anota su decepción con respecto a ella. Las notas de «Roxbury» (1958) son de un tono especialmente desencantado, sigue el «Livewire» de color rojo del mismo año, trabaja en los proyectos de El ruido y la furia, aunque pronto le llega la propuesta de Billy Wilder, Con faldas y a lo loco, para cuyo rodaje se traslada a Los Ángeles, en julio. Allí utilizará cinco páginas de este cuaderno de espiral. Abundantes «Fragmentos y Notas» sin orden ni concierto en hojas sueltas, sobres, tarjetas, páginas de directorio dan muestra de su capacidad de observación, automotivación o introspección. En su vida cotidiana, frente a la imagen de mujer desordenada y caótica, Marilyn Monroe se ocupa de ciertos aspectos con mucha meticulosidad: decorar una casa, cenas de cumpleaños, decoración de mesas, equipamientos de cuartos de baño y, además, le encantaba cocinar y para eso anotaba recetas e ingredientes. Diversas cartas a los Strasberg, a la doctora Hohenberg, al doctor Greenson y una entrevista a la que responde por escrito (1962) completan estos Fragmentos. Algunas de las portadas de sus libros y su foto preferida completan el volumen y el «Elogio fúnebre» de Strasberg, fechado el 9 de agosto de 1962, desvela que la Marilyn que conocieron sus amigos era una «persona cálida, impulsiva, tímida y solitaria, sensible y temerosa del rechazo, pero siempre ávida de vivir y de alcanzar la plenitud. 

viernes, 8 de septiembre de 2017

Leticia Sánchez Ruiz



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UN EXTRAÑO JUEGO
              
       Muchas historias empiezan donde terminan otras, o eso se desprende, al menos, de la lectura de un libro tan singular como enigmático, Los libros luciérnaga (2009), título con que su joven autora, Leticia Sánchez Ruiz (Oviedo, 1980), ha bautizado su debut literario, ese libro que, como manifiesta uno de los personajes de esta novela, todos guardamos en nuestro interior y que, con una suerte de paciencia, algunos logran sacarlo de muy dentro y escribirlo. La prensa ha calificado a esta joven asturiana de escritora secreta, nadie conocía su existencia, algo obvio cuando uno entrega su primer libro y, además, lo hace por la puerta grande, con el aval de un prestigioso premio como el «Emilio Alarcos Llorach» de Novela.
       El incendio en una biblioteca provoca que, cincuenta años más tarde, un singular personaje, Ulises Font, inicie la búsqueda particular de una serie de preguntas sin resolver a lo largo de su vida. Convocado por su hermano, Melquíades Espí, ambos regresan a Vieja Ciudad para desvelar el misterio de sus propias vidas; aunque es, también, la historia de la joven Lucía y de Pian, de los esfuerzos de la primera por convertirse en escritora, bajo la tutela del profesor, y de Felipe, el joven que a lo largo de su vida tiene pendiente una revolución. Tres historias que, de alguna manera, se entrelazan y convergen solo al final porque cada uno de estos personajes se cuestionará a lo largo de los capítulos alternativos su razón de existir. La propuesta de Leticia Sánchez Ruiz es arriesgada y a los lectores, pese a la densidad y el volumen de su novela, les devuelve ese sentido por las viejas historias en las que el mundo del libro y la invención cobran especial relevancia. Pero no menos importantes resultan sus personajes, los hermanos Ulises y Melquíades, tan antagónicos como semejantes en su búsqueda de un extraordinario tesoro, un raro ejemplar del que Padre siempre hablaba, o la relación entre la joven narradora y su Pigmalión, la admiración y el amor que surge entre la adolescente y el maestro, y no menos hermosa la relación entre el niño Felipe y su enigmática abuela, Antía cuya estela se extiende incluso después de su muerte, aunque también es la historia de un soñador que se ha pasado la mitad de su vida esperando que ocurriera algo y nunca lo ha logrado: terminará poniendo un bar y enamorándose de una extraña mujer, llamada Tormenta.
       Un narrador omnisciente cuenta dos de las historias, y el joven Felipe será quien relate su relación familiar y el misterio en torno a la vida de su abuela. Los libros luciérnaga resulta, finalmente, una historia coral que alcanza su destino y su sentido solo cuando cerramos el libro, y entre otras muchas cosas, celebra la magia de la literatura con palabras hermosas y precisas, construye su arquitectura literaria en el límite mismo de su equilibrio porque las significaciones con que dota la autora a su texto exploran la hondura de la auténtica fábula y se imponen a las múltiples sugerencias y metáforas esgrimidas que, de alguna manera, se cierran en un universo imaginario propio, y, por supuesto, a los lectores se nos dota de una libertad absoluta.





LOS LIBROS LUCIÉRNAGA
Leticia Sánchez Ruiz
Sevilla, Algaida, 2009

jueves, 7 de septiembre de 2017

Juan Villoro



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EL PLACER DE LA LECTURA
              
       Ni la lectura nos hace mejores personas, ni siquiera el mejor lector es el que más ha leído y, por supuesto, que existen libros nobles y libros malignos. Estas son, sin duda, algunas de las ideas o pensamientos que desarrolla  Juan Villoro (Ciudad de México, 1956) en El libro salvaje (2009), una fábula sobre el mundo del libro, cuyo protagonista, Juan, que pasa una temporada con un extraño tío y una no menos extraña mansión repleta de libros, donde  sobrevive a la separación de sus padres.
       El libro salvaje cuenta la historia de Juan, un niño de 13 años que en las primeras páginas observa la inminente separación de sus padres. Entonces, la madre decide llevar a Carmen, la hermana menor, a casa de su mejor amiga, mientras que a Juan lo “confina” en la casa del tío Tito, un anciano extraño, medio loco y apasionado por los libros. Pero gracias a este capricho  de la madre, pasará las vacaciones en compañía de un tío lejano y el adolescente  vivirá dos de  las mayores aventuras de su vida: se iniciará en el placer de la lectura y se enamorará de una niña llamada Catalina. Cuando llega a la enorme casa del tío Tito, descubrirá que toda ella es, en realidad, una infinita biblioteca, un laberinto o un bosque de páginas que le hará replantearse su relación con el mundo de los libros. El tío Tito llega a afirmar en una de sus páginas: «Cada libro es como un espejo: refleja lo que piensas. No es lo mismo que lo lea un héroe a que lo lea un villano. Los grandes lectores le agregan algo a los libros, los hacen mejores». También, de esta forma, el narrador  confirma su amor por Catalina, la muchacha que trabaja en la farmacia que queda enfrente de la casa de su tío. Cada libro que Juan le presta, ella lo modifica con su lectura y será en estos cambios donde él percibe las marcas que la hermosa muchacha va dejando de su propia vida. A partir de este momento se nos revela el eje de la historia: el tío Tito ha llamado a Juan a su casa para que le ayude a encontrar un libro que aún no está concluido y que, además, no se ha dejado leer por ningún lector. Ese libro no es otro que El libro salvaje. ¿Cuáles son las características de este libro? ¿Cómo es posible que no se deje atrapar por ningún lector? ¿Por qué Juan parece tener poderes especiales que hacen que los libros se muevan de sus estantes y lo ayuden a superar distintas pruebas?
       Esta historia pretende, entre otras muchas pretensiones, devolvernos a la memoria aquel o aquellos libros que leímos siendo niños y que, de alguna manera, han quedado en nuestra memoria como ese primer ejemplo de una aventura no calculada de la que nunca nos hemos repuesto. Es también esa puerta abierta a la intimidad y un posible puente hacia otras experiencias de vida, tan valiosas como las páginas en blanco que vamos escribiendo a diario sin apenas darnos cuenta.








EL LIBRO SALVAJE
Juan Villoro
Madrid, Siruela, 2009


miércoles, 6 de septiembre de 2017

Hoy invito a…



Máximo Higuera (Villanueva de Córdoba, 1953). 
Actualmente vive, lee y edita sus colecciones en Trifaldi (Madrid). Traductor del francés, su última colección de poesía lleva el título de Ay del Seis.



DE LA CALLE DE ALCALÁ AL AVISPERO GRANADINO.
     Cuando paso por el número 96 de la calle Alcalá de Madrid, miro siempre un poco sobrecogido hacia las ventanas del séptimo y último piso. De allí salió Federico García Lorca la tarde del 13 de julio de 1936. No solo no volvería a pisar Madrid, sino que moriría asesinado en Granada apenas un mes después de esa fecha. Le imagino recogiendo apresuradamente una partitura, o el manuscrito del PÚBLICO, cuya versión definitiva ha estado leyendo a algunos amigos. Esa tarde le acompaña a la estación de Atocha Rafael Martínez Nadal, a quien había dicho: “Está decidido. Me voy a Granada y sea lo que Dios quiera”, y también días antes: “Hay visos de tormenta y me voy a mi casa, donde no me alcancen los rayos”. ¡Pobre! ¡Huyendo de la tormenta de la capital fue a dar en el infierno de odios locales de Granada! La luz crepuscular sobre estas ventanas recuerdan el peor rasgo de un país fratricida. 





 



martes, 5 de septiembre de 2017

Medardo Fraile



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LA VIDA Y OTROS ENCUENTROS
              
       Unas memorias, estrictamente autobiográficas, se escriben por el encargo expreso de una editorial  o porque, como el propio autor apunta, se llega al borde del abismo y uno se da cuenta de que después de tantos años ya ha transcurrido la mayor parte de su tiempo. Instintivamente, uno mira hacia atrás y se sorprende de las cosas que le han ocurrido, de otras que cayeron en el olvido y paulatinamente han ido despareciendo como esos tiempos muertos que solo se conservan en esa nebulosa frontera que nos otorga la memoria de las cosas y el recuerdo, salvando episodios rescatados para el presente con mucho esfuerzo. Las autobiografías de los escritores quizá solo le interesan a los escritores, o a los lectores habituales de literatura, e incluso a algunos de los amigos que vuelven a vivir, de alguna forma, ese pasado conjunto y, en última instancia, a los seres queridos a quienes, directa o indirectamente, vamos nombrando y forman una gran parte, inexcusable, de esa selección de vida.
       Por lo general uno se limita a tomar notas, a recordar acontecimientos, a repasar papeles y recortes de periódico, y en ocasiones reproduce conversaciones u opiniones textuales, aunque las observaciones que se van haciendo nunca se escriben para ser irrefutables, obedecen a esos obligados registros de la memoria y por consiguiente forman parte de otras biografías, tantas como gentes y personajes se han conocido. El periodo al que se refieren siempre, suele ser esa parte importante de nuestra vida en la que los acontecimientos se convierten años más tarde en espléndidas exposiciones de un pasado histórico que convive con reflexiones que, en un futuro, puedan interesar a unos posibles receptores, esto es un lector. Medardo Fraile (Madrid, 1925), ha escrito una voluminosa autobiografía a la que ha considerado como «una mínima parte de los múltiples testimonios de una época parecidos o dispares (...) aunque ha intentado ser tan justo y piadoso como le permitía su naturaleza y la parcela de verdad que le corresponde y le debe al lector (...), aunque no pretende haber dicho la última palabra, ni la penúltima». Desde el punto de vista crítico-literario, Fraile pertenece a la denominada generación del medio siglo, compañero de Aldecoa, Martín Gaite, Sánchez Ferlosio, Fernández Santos, y como queda suficientemente expuesto en El cuento de siempre acabar. Autobiografía y memorias (2009), sobre todo, miembro fundador del grupo «Arte Nuevo» que con Gordón al frente pretendía «renovar el teatro» del momento, junto a Sastre, Paso, Palacio y una corte de actores consagrados y nuevas actrices: Nieves Berdejo, Carmen Geyer, Amparito Gómez Ramos y Ángeles Montenegro. Fraile dedica dos amplios capítulos para, suponemos, esta parte importante de sus comienzos en el mundo del teatro y de la literatura en general. Narra sus idas y venidas por un Madrid en guerra, una capital cercada, donde en la memoria del escritor no hay odio o animadversión al hecho histórico en sí, sino que plantea este episodio de su vida como un fresco tan realista como vital, con numerosos y significativos capítulos familiares de tíos y tías, primos y primas que iban y venían del pueblo; pesa, sobre todo, la figura enigmática de Dolores Vázquez. Y el recuerdo de una larga postguerra, en una capital hambrienta, bohemia y esperanzadora, su paso por academias, el bachillerato o la universidad a donde conocerá a la mayoría de los mejores cuentistas de los 50, hasta abrirse camino en el difícil arte de relato breve. 


       El cuento de siempre acabar es una memoria literaria, repleta de referencias a su generación y a los maestros que de alguna manera influyeron en su formación, las citas de Aleixandre, Menéndez Pidal, Luis Rosales, o Concha Lagos, que ocupará un lugar importante en la vida del escritor, sobre todo durante la etapa de Cuadernos de Ágora, con abundantes viajes por la geografía española, las tertulias de los viernes o las plumas que visitaron sus páginas, Dámaso Alonso, Claudio Rodríguez, Carlos Bousoño, José Hierro, Jorge Campos y la indiscutible labor de un jovencísimo Fraile que mejorará el contenido de una revista con monográficos importantes: Gerardo Diego, Miguel Hernández y Antonio Buero Vallejo, entre otros. Primeros libros publicados, y los nombres que varias décadas después han ocupado y encumbrado las páginas literarias del final del siglo XX y del periodismo español: Umbral, Gala, Arrabal. 
       Medardo Fraile pese a escribir lo que piensa y siente en muchas de estas páginas, consigue otorgarle un auténtico matiz literario a una autobiografía compartida y lo hace con una prosa ajustada, medida, certera, dueño de una espléndida disposición tanto de contenido como de estructura, y con páginas repletas de enjundia y sabiduría; y todo porque, además, realiza un auténtico esfuerzo de reconciliación y de justicia literaria aunque tampoco elude poner en solfa a quien entonces y ahora se lo merece, como suele ser habitual y se desprende de quien lee, tanto su prosa de ficción como sus ensayos dedicados a la literatura y el cine; excelentes y buenos ejemplos, las alusiones a Sastre, Carrillo, Rosales, todo en un discurso pormenorizado y fluido hasta los 60, años en los que quizá, para ampliar horizontes, solicitará en el Ministerio de Asuntos Exteriores un lectorado en el extranjero: primero en Monrovia, Oslo, y finalmente en Southampton, en el otoño de 1964. En esta fecha, con sus vicisitudes británicas, acaba realmente Autobiografía y memorias, el resto: una enumeración, somera, de los acontecimientos vividos por el madrileño durante sus continuadas visitas al Madrid del final de siglo, sus apuestas literarias y los nombres que a lo largo de estos años se han ido sumando a la nómina de una extensa biografía anterior, sobre todo quienes nos hemos incorporado a su mundo más reciente, y gracias a su generosidad convivimos con él en estas páginas, testimonio de una época, entonces y ahora, tan dispar como para que nos siga dando satisfacciones con su literatura tan piadosa, porque somos legión los que siempre esperamos un nuevo libro de Medardo Fraile.






EL CUENTO DE SIEMPRE
ACABAR. AUTOBIOGRAFÍA
Y MEMORIAS
Medardo Fraile
Valencia, Pre-Textos, 2009; 616 págs.

lunes, 4 de septiembre de 2017

Ricardo Menéndez Salmón



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ANIQUILACIÓN
              
       Ricardo Menéndez Salmón cierra con El corrector (2009) una trilogía sobre el horror que había comenzado con La ofensa (2007), una novela que sorprendió, quizá sea lo mejor del autor, porque en ese texto se realizaba una reinterpretación acerca de hecatombes mundiales, proseguía con Derrumbe (2008), donde, desde una perspectiva distinta, se interrogaba sobre nuestros miedos, tanto los presentidos como los imaginarios, o sobre la crueldad, la violencia y el dolor, y así continuaba su ensayada visión sobre el concepto del mal. En esta ocasión concibe una historia en la que un implacable narrador, un yo consciente en todo momento, cuenta en primera persona, el presente vivido, el relato del horror vivido el 11 de marzo de 2004, los atentados terroristas cometidos en las estaciones de Atocha, Santa Eugenia y el Pozo del Tío Raimundo, de Madrid, pero más que una crónica se convierte, sobre todo, en un repaso de las suposiciones, medias verdades y mentiras que siguieron al suceso por parte de los políticos y autoridades españolas de la época.
       Vladimir se encuentra corrigiendo las galeradas de Los demonios, de Fedor Dostoievski, la mañana en que el primer tren saltó por los aires y un aluvión de sangre, cólera y miedo se expandía por el centro de Madrid, cuando Uribesalgo le comunica la noticia por teléfono: el primero, sorprendido, abre su ventana para que entre el mar en su estudio, el segundo continúa con su relato desde la capital del país. Nuevas llamadas se suceden en las siguientes páginas, en un angustioso avanzar en la jornada: la madre del narrador que se interesa por su seguridad y, sobre todo, llama Robayna, su mejor amigo, que desde hace cinco años vive en Madrid y se convierte en la mirada atenta en la distancia. Quizá esta, y no otra de la trilogía, sea la novela de mayor implicación de Menéndez Salmón con la sociedad, por esa tabla de salvación que le supone al asturiano el mundo de la literatura tanto cuando es capaz de realizar autorreferencias como cuando consigue crear una estética en torno al relato que está contando. Y aquí se reflexiona y se denuncia en torno a la monstruosidad y el sinsentido de algunos aspectos y actitudes de esta vida, aunque sintamos esa necesidad de corregirnos, de reescribir nuestra existencia precisamente, a través del amor y, como es habitual en la ficción, este sentimiento cobra la suficiente importancia para que en estas páginas se relacione el mundo privado de Zoe y de Vlad, desde el difícil punto de vista que conlleva la convivencia de los artistas.
       La vida como historia de esa crónica de sucesos con aires redentores que rememoran la mejor prosa del austríaco Bernhard y matizan, de alguna manera, nuestra esperanza para sobrevivir al dolor de las heridas, a todos los problemas con que nos aqueja el mal, a esa especie de sortilegio que convierte en tinieblas nuestros corazones aunque con la esperanza de sobrevivir a cualquier aniquilación.
                                  





EL CORRECTOR
Ricardo Menéndez Salmón
Barcelona, Seix-Barral, 2009


domingo, 3 de septiembre de 2017

Desayuno con diamantes, 115







 ¿QUIÉN CUENTA EL CHISTE?

       La historia del México contemporáneo y cotidiano puede escribirse de muy distintas y variadas perspectivas; por ejemplo, de una forma hilarante, y considerablemente melancólica. Los temas que se suceden en su narrativa, por esa necesidad de constatar una realidad inmediata, se concretan en auténticas tragicomedias; y es verdad que, asuntos aparentemente serios: narcotráfico, secuestros, o corrupción, pueden ser vistos y analizados de una manera sarcástica, en una sociedad donde lo políticamente correcto ha establecido demasiados límites al humor, y en un contexto vivido en lo literal sin percibir la ironía, la parodia o los segundos sentidos. Pero si nos alejamos de clichés establecidos, no hay límite alguno para el humor, la propuesta del escritor la completa el lector con sus referentes culturales, y sus nociones de cuanto se considera fundamentalmente correcto.
       Juan Pablo Villalobos (Guadalajara, México, 1973), compañero de generación de notables nombres de la narrativa mejicana actual, Yuri Herrera, Julián Herbert, Daniela Tarazona, o Emiliano Monge, considera que tanto narcotráfico como violencia pueden ser tratados como una fábula, un cuento que se convierte en una alegoría, ocurre en su primera novela, Fiesta en la madriguera (2010), un relato visto desde la perspectiva de Tochtli, una mirada infantil, pero no menos cruel y prepotente que un adulto; el cinismo de un niño acostumbrado a que su padre, el gran capo, le conceda todo porque se desenvuelve en un mundo tan sórdido como patético, y no menos nefasto; Si viviéramos en un lugar normal (2012), su segunda novela, parte de una trilogía crítica sobre México, sostiene que el humor permite acercarnos a la realidad, lo convierte en un arma contra el poder; otra manera de entender la actualidad, y no sólo una cuestión de ese entretenimiento que nos proporciona la ficción; retrata a una familia desmembrada y empobrecida que aun puede hundirse más en la miseria; y Te vendo un perro (2014), que cierra la excéntrica mirada de Villalobos sobre alguno de los tópicos de la sociedad mejicana, cuenta las rencillas y tertulias de un grupo de ancianos en un ruinoso edificio de México D. F.; otra farsa en la que el escritor no deja títere con cabeza, aunque bajo esa expresa sordidez aflora su particular compasión por la marginalidad.
       El escritor mejicano alcanza con, No voy a pedirle a nadie que me crea, su última entrega y Premio Herralde de Novela 2016, el tono y el ritmo ensayado en su narrativa precedente, y asegura que la única manera de afrontar estos tiempos tragicómicos es con un humor cáustico, rozando lo verosímil y lo surrealista, como si se escribiera con la más absoluta sensatez del mundo por más extravagante, e hilarante que resulte; actitud acrecentada ahora en No voy a pedirle a nadie que me crea, titulo que, una vez más, nos arranca una carcajada. Se trata de contar un juego tan lúdico como perverso que, superadas las primeras páginas, se transforma en un auténtico delirio, sin que sepamos bien cómo ha transcurrido todo porque nada parece normal, pese a como se expresa en su título, los distintos personajes que conforman la historia advierten que tal vez nadie sea capaz de creerlos; paralelamente, el lector percibe que la novela ofrece otra visión, una mirada latinoamericana sobre la sociedad europea, en una ciudad como Barcelona, a donde ha llegado el personaje Villalobos con su novia para estudiar con una beca un doctorado en Literatura Comparada en la Universidad Autónoma, y así recuperar la obra olvidada de Jorge Ybargüengoitia; en realidad, lo hará todo menos eso, arrastrado a un mundo delirante por un prometedor estafador que le propone un negocio al que nadie podría resistirse. El resultado una sucesiva cadena de situaciones a cual de ellas más insospechadas, incluidos peligrosos mafiosos, y rematado por la neurosis creciente de su novia, Valentina, que le da por leer Los detectives salvajes de Roberto Bolaño, o una niña casi de película de terror que recita versos de Alejandra Pizarnik, y una perrita bautizada como Viridiana. Y otra de las muchas preguntas, al margen de ese profundo humorismo, que planea sobre sus páginas es si consideramos que Villalobos ha intentado escribir una novela mejicana sobre Barcelona, o una novela barcelonesa sobre México, porque si en su anterior obra exploraba, de manera explícita, la realidad mejicana, este relato es una suerte de auténtica salida literaria, eso sí con un trasfondo latinoamericano, y las inmejorables perspectivas de una visión mediterránea.
       Al Villalobos-personaje de No voy a pedirle a nadie que me crea lo acecha una mafia tenebrosa, capitaneada por el Licenciado y sus secuaces, Chucky y el Chino, un primo fallecido que aun muerto no deja de provocarle problemas, un político catalán corrupto, y una madre que habla de sí misma en tercera persona, el retrato de una variada clase social, alta sociedad catalana, y una novia que estudia el género del diario íntimo, otro planteamiento interesante del narrador Villalobos, porque añade un nuevo frente que su novela incorpora: la auto-ficción, que justifica su título. Se ofrece la cara verdadera de la urbe, manifiesta en los catalanes que quieren imponer una aparente superioridad, a través de la lengua propia, a un número indeterminado de latinoamericanos expatriados perdidos en el ambiguo escenario de la cosmopolita Barcelona, a chinos que sobreviven de negocios ilícitos, a pakistaníes capaces de cualquier cosa por permanecer lejos de su tierra, y se testimonia la verdad sobre mossos d’esquadra corruptos, vagabundos okupas conectados con la mafia y políticos tan honestos como a nadie nos cabe pensar que puedan serlo.
       El giro paródico del libro resulta ingenioso, y justifica esa multiplicidad de registros genéricos: cartas, fragmentos de una supuesta novela autobiográfica, notas de diario, incluso mensajes de voz en un teléfono, y se añaden los estilísticos porque Villalobos es muy hábil imitando acentos y jergas, o convirtiendo las numerosas muletillas de las que hacen gala los personajes, como un recurso tanto rítmico como cómico.

Juan Pablo Villalobos, No voy a pedirle a nadie que me crea; Premio Herralde de Novela; Barcelona, Anagrama, 2016.